Un poema al día

 

Es lugar aceptado pensar que la poesía tiene muy pocos seguidores, por más que José Emilio Pacheco dijera que hoy, como nunca, la gente accede a todas las canciones del mundo, generalmente escritas en verso y con rima. Para enfrentar el reto de hacer leer poesía a sus alumnos de literatura y a los aspirantes a escritores, el autor de estas líneas, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, recoge a partir de esta semana –en el sitio de internet Chócalas.mx– cientos de poemas recopilados en tres años, diariamente, e invita a cualquier lector a incorporarse.

¿Por qué tanta gente se resiste a leer poesía? Con esta pregunta salimos todos a la calle.

Hace tres años, el 21 de marzo de 2017, en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, en la Ciudad de México, participé en la presentación de un libro de Alejandro García sobre la poesía de Benjamín Barajas: Umbral de los relámpagos. Hubo mucha gente y el acto terminó en una apasionada discusión: ¿Por qué la poesía tiene tan pocos lectores?

Había un buen número de maestros y a muchos nos preocupaba el tema. Nos costaba enorme trabajo hacer que los alumnos leyeran poesía y, en su mayoría, como allí lo confesaron, los maestros mismos estaban lejos de ser lectores de poesía. Salimos del Villaurrutia convencidos de que algo tendríamos que hacer.

Esa noche me costó trabajo dormir. Tenía un mundo de recuerdos y de ideas. En especial, recordaba unas líneas de Antonio Alatorre: “En mi casa, en Autlán, había libros que mis hermanos y yo leíamos, por ejemplo, Genoveva de Brabante, Robinson Crusoe y la María de Jorge Isaacs. Pero fue la escuela la que más me sirvió. La primera hora, todos los días, era la de lectura en voz alta; y dos o tres veces por semana escribíamos algo, a veces sobre un tema señalado por la maestra, y a veces con tema libre (que era lo que más nos gustaba)”.

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He sido maestro por más de medio siglo, y durante ese tiempo dos preocupaciones me han acompañado siempre: formar a los alumnos como lectores capaces de escribir con claridad y corrección; y acercarlos a la poesía. En el CUM, la UNAM, la Ibero de Torreón, la Universidad Veracruzana, varios planteles del Tec de Monterrey, El Colegio de Sinaloa, la Sogem (Sociedad General de Escritores de México), y diversos foros de cultura de todo el país he dado cursos y talleres de literatura, producción editorial, historia e historia del arte, formación de lectores y escritura.

Siempre, en todos estos lugares, y en incontables conferencias dentro y fuera del país, y en media docena de libros sobre la formación de lectores, y unas 30 antologías, he hecho cuanto he podido para enamorar de la poesía a mis estudiantes y a mis lectores.

Me siento obligado a enamorarlos de la poesía porque no hay ningún otro uso del lenguaje que sea más alto. En ninguna otra forma de decir ni de escribir están las palabras más cargadas de sentido ni de significado. Quien puede leer poesía esforzándose por entenderla –de otro modo no hay lectura–, puede leer todo lo demás. Las palabras de los poetas dicen más de lo que dicen; nos enseñan a distinguir lo que sentimos; nos ayudan a conocernos, a conocer al otro y, muchas veces, a ocupar su lugar. Las voces de los poetas nos llevan, por momentos –mientras leemos y recordamos nuestras lecturas–, a ser otros.

Leer poesía es una de las formas de la felicidad. Quienes no leen poesía no pueden sentir ni comprender esto, así como quien nunca se ha enamorado no puede imaginar lo que eso significa. La lectura, como estar enamorado, es una experiencia, algo que se vive.

¿Cómo se interesa a otros en la poesía? ¿Cómo se contagia el gusto por leerla? La manera más eficaz es la lectura en voz alta: para los demás y para nosotros mismos. Leer en compañía de otros. Hablar de lo que leemos. Guardar en la memoria los versos y los poemas que nos tocan. Ponérnoslos encima para que nos acompañen toda la vida.

Cuando salí de aquella presentación del libro de Alejandro García, y durante toda esa noche de insomnio, me bailaban en la cabeza ideas, recuerdos, propósitos.

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Al día siguiente, miércoles 22, a las ocho y media de la mañana tuve mi clase en el Centro de Enseñanza para Extranjeros, de la UNAM, un taller de escritura que he llevado hace tiempo: entre 12 y 15 alumnos y alumnas, en su mayoría adultos. Resistentes a todos mis trucos para que leyeran poesía. Esa mañana les propuse un pacto: si se comprometen a leerlos, yo les enviaré un poema cada día. Por la tarde hice lo mismo en los dos talleres que en ese tiempo impartía en la Sogem. El primer poema se los envié en la madrugada del viernes siguiente, el día 24: “Los poemas”, de Víctor Sandoval. Dirigido a treinta y tantas personas: mis alumnos que querían convertirse en escritores sin leer poesía.

En esos días la SEP había lanzado una campaña contra la memoria; en lugar de ocuparse de que los alumnos entendieran lo que leían y lo que se les explicaba, había hecho de la memorización un delito. Me avergonzaba oír esos dislates y recordaba la facilidad y el gozo con que mis amigos poetas podían pasar horas recordándose unos a otros los versos que llevaban encima. Ese interés por defender la memoria me llevó a completar el nombre de mi página electrónica: Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria. Me consta que muchos de sus lectores lo hacen.

De ahí en adelante me he dedicado a reclutar lectores que estén interesados en recibir un poema cada día. Durante 2017 y 2018 fui y vine por el país, como lo había hecho a partir de 2003, para asistir a ferias del libro, dar conferencias y talleres y cursos, colaborar con programas de lectura en diversos estados, presentar libros… y en ese ir y venir pude armar un buen número de grupos de lectura. (En 2019 estas actividades desaparecieron; en todo el país, de un día para otro, se suspendieron los fondos que las sostenían.)

Hubo otras formas de aumentar a los lectores. Por mi cuenta, al través de WhatsApp, Facebook y correo electrónico mando los poemas cada día a más de 12 mil lectores, muchos de los cuales los reenvían a grupos de amigos y de alumnos. En junio de 2017 Radio UNAM empezó a transmitirlos cada día; unas semanas antes lo había hecho Radio Universidad Autónoma de Querétaro; ese mismo año la Academia Mexicana de la Lengua los incluyó en su página electrónica. Ya que soy creador emérito, siento que recibo para mi página el apoyo del Fonca. Y también lo he tenido de Canal Once, y de la editorial de Miguel Ángel Porrúa.

El pasado 24 de abril, cuando se cumplieron tres años de “Un poema al día”, envié a mis lectores “Mujeres del mundo, uníos”, de Teresa Calderón, una poeta colombiana. Con éste, fueron  mil 96 días en que he puesto, sin interrupción, “Un poema al día”.

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Éstos son días de fiesta. En esta semana –inesperada celebración de sus tres años– “Un poema al día” ha logrado tres ampliaciones excepcionales de sus receptores.

La primera es que el Tecnológico Nacional de México –una comunidad de más de 620 mil estudiantes en 266 instituciones de todo el país–, dirigido por Enrique Fernández Fassnacht, ha sumado dos iniciativas que promueven la lectura: una creada e impulsada por normalistas, #ViralicemosLaLectura, y nuestro #UnPoemaAlDía. En la primera semana en que se han empalmado estas dos estrategias en el TecNM, se registraron 285 mil 501 impactos en cuentas registradas de redes sociales de la comunidad.

La segunda contrasta: sumará a “Un poema al día” un número claramente menor de lectores: algo así como 250. Pero son lectores de importancia especial para el mundo de los libros y la lectura; son los socios afiliados a la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, la Caniem.

La tercera es que “Un poema al día”, a partir de esta misma semana, queda al alcance de todo el público en otro lugar electrónico: Chócalas.mx. Allí podrán irse leyendo las poesías seleccionadas.

Como yo estoy convencido de que leer poesía mejora la vida de todos, seguiré buscando gente que quiera leerla. Un poema al día –un poema distinto al de ayer– es una dosis justa, accesible, suficiente. Es una invitación que puede atenderse. Hay poemas que nos van a entusiasmar, y otros que tal vez no nos sean tan accesibles o, sencillamente, no nos gusten. Hay poemas de los poetas mayores y otros de autores que apenas son conocidos. Hay poemas de amigos muy queridos y otros de gente que nunca he visto.

Todos me gustan; merecen más
lectores.