En este relato entregado a Proceso, la autora italo-mexicana de las novelas Los Inválidos, Heridas de agua y Donde termina el mar, y del volumen De lecturas y vidas, ochenta entrevistas sobre el poder de los libros, nos comparte su recién y estremecedora vivencia en torno al covid-19 en Francia y Mónaco, entre el terror y el amor. Arquitecta, también conduce el segmento literario del noticiero televisivo Es de Mañana en ADN40.
Por no faltar a una cita amorosa recorrí la ruta del virus a lo largo de dos continentes, me sometí a dos cuarentenas en un mes, que deberían de llamarse quincenas pues eso dura la incubación del covid-19, y he visto a la mayor parte de los líderes del mundo equivocarse en sus predicciones: Mezquinas, cortas, políticas (tal vez su peor adjetivo).
Soy una romántica empedernida que esperaba el 9 de marzo con la ilusión de una colegiala enamorada. Ese era el día del encuentro tan planeado y deseado. Las mujeres mexicanas decidieron que en esa fecha ninguna se movía. Desacaté la orden, al fin y al cabo mi vuelo salía a las 23:45. Pasaría el día en casa en solidaridad con un movimiento con el que no me identifico, pero que respeto, e iría al aeropuerto lo más tarde posible. Así se lo decreté a mi amado: Ni las feministas ni el coronavirus impedirán mi llegada. El domingo 8 de marzo, el norte de Italia, segundo destino de mi viaje, cerró sus fronteras para declararse “Zona roja de alto contagio”, provocando un éxodo masivo hacia el sur, que a la postre llevó a la militarización del país con multas desde 200 euros hasta 12 años de cárcel por evadir el confinamiento.
Por un breve momento esperé que él me dijera “mejor no vengas”; pero cuando no lo hizo me alegré. Él también andaba temeroso, me confesó después, pero las ganas de vernos pudieron más que la cordura. Ambos estábamos comprometidos con la cita, con la relación, con esa palabra que asusta y regocija a la vez: El “nosotros”. Así que me armé de valor, y de todo lo necesario para que una persona precavida y algo paranoica pudiese viajar en semejantes circunstancias: Tapaboca N95, conseguido en Amazon a precio de robo, goggles de pintor, guantes quirúrgicos, toallitas alcoholizadas en todas sus versiones y el relativo gel desinfectante de a litro (adentro de la maleta eso sí, para evitar que me lo quitaran en los controles). Subí al avión como astronauta en tierra de ébola y me propuse tomar todas las precauciones del caso.
Apenas aterricé en París me sentí ridícula. Desobedientes como italianos (o mexicanos), los franceses daban la impresión de pensar que lo de Italia era un lamentable descuido local o que el sistema de salud de mi país de origen no estaba a la altura del suyo y por eso vivía una propagación tan letal. Nadie guardaba “Su-sana distancia”, ni distancia alguna. Entré en el espíritu del desafío, o de creer que el amor lo puede todo, lo que viene siendo lo mismo: Aflojé la guardia y anduvimos revoloteando como tórtolos en primavera. Hasta nos presentamos en el teatro para ver a Mónica Bellucci interpretar a María Callas, y si no fuera porque La doña italiana canceló la función 15 minutos antes de comenzar, hubiéramos convivido con ella a pocos centímetros de los demás asistentes.
Pero poco a poco el entorno fue deteriorándose: Los ciudadanos galos, y los del mundo, empezaron a sentir el rigor del acecho, el miedo de lo que podía venir. Cuando escuchamos a Macron decir que a pesar de la amenaza no veía motivos suficientes para cancelar las elecciones del domingo 15, desconfiamos, pero hasta que no declaró lockdown total no nos detuvimos. Entonces vino la propuesta, la más preciada declaración de amor en tiempos de coronavirus (la que se hace de rodillas con un rollo de papel de baño en vez de anillo de compromiso): Pasemos la cuarentena juntos, dijo, en el Principado de Mónaco, su residencia.
Pensé que era lo más romántico que había escuchado hasta entonces. Desde Allí esperaría yo la primera oportunidad para acceder a Italia, cuya frontera se encuentra a 20 minutos de su casa –a un par de horas de mi ciudad natal, La Spezia– y que ya había cerrado sus puertas como país y ni con pasaporte italiano me dejaba entrar. Pero la situación siguió empeorando, ahora muy rápidamente: Más muertos, confusión, contradicciones en las posturas de países, estados y regiones, desesperación y zozobra de sus gobernantes que, poco a poco, vieron el efecto dominó alcanzarles.
Víveres medidos, parques y playas cerrados, colas a distancia en farmacias y supermercados, falta de tapabocas y gel, certificación para salir, policía en la calle, desplazamientos no permitidos más que a 200 metros a la redonda con comprobación de domicilio, interconexiones rabiosamente virtuales y un clima de neurosis colectiva nunca antes visto. Encima, la amenaza de los cuatro hijos de mi amado de venir a pasar la quincena-cuarentena (o los meses que dure este encierro) a la casa familiar. Un “nosotros” demasiado amplio para quien está acostumbrada a huir de ese anhelado pero temido pronombre. Fue entonces que la que repatrió, en una gesta heroica y cobarde a la vez, fui yo.
Mientras tanto y como era de esperarse, cada país fue enseñando, en su representante máximo, los más característicos rasgos de su respectivo pueblo. En Italia reinó la pugna entre los poquiteros que desde hace siglos se la contienden: Antes se llamaban Estados feudales, ahora son micro-partidos listos a pulverizar el voto en pro de una conveniente repartición de recursos; en Francia pudo más la soberbia de un hombre que pensó que la alcaldía de París y las elecciones municipales eran más importantes que la vida de sus habitantes; en España siguieron su simbólica “marcha” que los identifica como el país más fiestero de Europa; en Inglaterra le apostaron, con su salvajismo rapaz y añejo, a la inmunidad de grupo, o eso pretendía Johnson hasta que fue atacado por el mismísimo virus; Alemania guardó celosa o egoístamente su férrea disciplina (y su dinero), y Trump privilegió la manufactura de autos antes que a sus tripulantes, mientras que nuestro tata-chamán-pastor-tlatoani, haciendo alarde del más vivo valemadrismo-todolopuedo-y-si-no-loignoro (tan nacionalmente arraigado como surrealista), presumió sus abrazos y los santitos que tanta burla provocaron en el resto del consternado mundo.
La cuestión es que la mayor parte de los mandamás subestimaron la amenaza, sin encontrar un equilibrio plausible ante la disyuntiva de colapsar su economía o privilegiar la vida. Se mostraron pequeños en sus visiones, solitarios en sus compromisos, carentes de un “nosotros” como planeta. Ciudadanos incluidos, no hubo quien no se quedara corto ante la precariedad del mundo que, con tanto ahínco y a pesar de las fallas, hemos construido.
Hace unos días recibí un texto que alegaba que no estamos en el mismo barco, algunos usan la cuarentena para concederse un agradable descanso, otros se encuentran en la desesperación de haber perdido su trabajo, de no saber cómo pagar sus cuentas o, aún peor, enfermos o muertos, rezaba el escrito. Difiero. Creo que por primera vez en nuestro tiempo el mundo entero está en la misma metafórica nave, enfrentándose a la tormenta perfecta. Tal vez a algunos les haya llegado la hora de naufragar antes que a otros, pero todos tenemos la misma posibilidad de hundirnos. Si algo tiene una pandemia de esta magnitud, es un compromiso democrático de igualdad republicana: Somos iguales frente a la amenaza y, como en cualquier democracia imperfecta a pesar de sus buenas intenciones, se impone la ley del más fuerte.
Más allá de las múltiples diversidades, todos estamos en riesgo, expuestos a morirnos y a ser afectados de un modo u otro. ¿Será entonces que por fin reconciliaremos nuestras diferencias para encontrar un orden mundial que nos homologue como especie y que lleve el rumbo de este planeta hacia un armonioso “nosotros”, ese que tanto miedo da? Una concertación planetaria, amorosa y conjunta, que tanta falta hace para afrontar debidamente cualquier circunstancia, pero en especial modo a la más dramática situación que hemos de vivir.
Al leer el encabezado del más reciente artículo de Yuval Noah Harari, el nuevo gurú pandémico: “En la batalla contra el coronavirus, la humanidad carece de líderes. El antídoto contra la epidemia no es la segregación, sino la cooperación”, acabé de convencerme de que sólo un solidario y firme “nosotros” puede ser la solución, antes de acordarme que ni con un “nosotros” de más de dos pude lidiar.








