“Testimonios”, de Margarita Peña *
En su libro titulado Los recogimientos de mujeres, Josefina Muriel describe el rol que la prostituta desempeñaba en la sociedad prehispánica. Este tipo de mujer ocupaba un lugar básicamente distinto al que se le ha señalado en nuestras sociedades cristianas y puritanas. En principio. no se le menospreciaba, ni mucho menos, se le estigmatizaba como es costumbre entre nosotros. El hombre prehispánico estaba consciente de que ella tenía una función social que cumplir y respetaba el papel que le había tocado jugar en la vida. Se le conocía con el bimbre ––ya en sí positivo, exultante––de “alegradora”, y varios poetas le cantaron señalando, no sin melancolía, su papel transitorio en la vida de los hombres a los que daba placer, así como su destino de soledad final.
Algunos poemas dan testimonio de ello, como el que le dedica Tlacatecatzin; poeta de Huauchinango, Puebla, en el que se refiere a la “alegradora” en un tono a la vez, de encomio y de nostalgia:
“Dulce sabrosa mujer,/ preciosa flor de maíz tostado/ sólo te prestas/ /serás abandonada/ tendrás que irte/ quedarás descarnada”. (…)
No podemos negar la realidad de que la alegradora era fundamental vista como un objeto de placer. Pero como un objeto de placer altamente estimado. Participaba en los convites de los príncipes y en las reuniones reservadas usualmente de los hombres. Unas líneas recogidas por Miguel León–Portilla nos ilustran sobre este punto. Dice, en Trece poetas del mundo azteca:
“Al lado de las flores preciosas, por encima del cacao que beben los príncipes y del humo del tabaco que anima la reunión de los amigos, está la admirable criatura, la dulce y preciosa mujer…”
Sobrevino la conquista, llegaron el soldado y el misionero, y al advenimiento del cristianismo con su carga de pecado y culpas, la mujer pública fue herrada, como lo fueron la mayor parte de los indígenas, y encerrada en la Casa de Mancebía, que se creó por cédula real en la capital de la Nueva España, en 1538. Ya no se le volvió a llamar “alegradora” sino peyorativamente “prostituta”, “ramera”, “buscona” o “cortesana”, en el mejor de los casos. Las Elicias y Aeusas de importación poblaron los burdeles del país, junto con las jóvenes indígenas violadas y arrojadas a la “mala vida”. Más tarde los españoles quisieron reparar el yerro y crearon los “recogimientos de mujeres perdidas”, especie de reclusorios–conventos, cuya finalidad era correccional y punitiva. Pero la “alegradora” prehispánica, la “preciosa flor de maíz tostado”, la dulce amiga de los príncipes, había desaparecido para siempre.. (…)
Sin duda alguna. en el siglo XVIII. como en el primero de nuestra era. como en el XX. o como en la antigüedad judaica, la mujer ha sido temida porque se ve en ella la ocasión de pecar. al tiempo que. por otra parte. se le ha convertido en objeto de placer. ¿Hasta cuándo, nos preguntamos, continuaremos viviendo para nuestro perjuicio en el terreno de las ambivalencias, de las contradicciones y, lo que es peor, de las separaciones sexistas?
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* Doctora en letras (1937–2018), fue una de las fundadoras de fem. El artículo, del cual se toman fragmentos, apareció en el número 2 de la revista en 1977. Este domingo 15 de marzo al mediodía se le rinde homenaje con la presentación del libro Una flor a varias voces, recopilación de sus trabajos a cargo de su hijo, el periodista Federico Campbell Peña (Ediciones La Cuadrilla de la Langosta).








