Este discurso fue pronunciado por la escritora Rosario Castellanos en el acto conmemorativo del Dia Internacional de la Mujer, celebrado en el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México el 15 de febrero de 1971. El texto se publicó en Diorama de la Cultura del periódico Excélsior, que dirigía Julio Scherer García, el siguiente 21 de ese mes. Se reproducen fragmentos con la autorización de Gabriel Guerra Castellanos.
La aportación de la mujer a la cultura en México ha sido muy importante si la consideramos únicamente desde el punto de vista cualitativo. El genio de Sor Juana cubre tres siglos de vida colonial y logra, con la riqueza de sus manifestaciones, la variedad de sus medios expresivos, la hondura de su pensamiento y con su don de simpatía universal, que no echemos de menos el silencio que la rodea […]
El primer argumento que acude a los labios de las feministas más airadas que reflexivas ––al comparar su situación propia con la del hombre–– es la exigencia de la igualdad. Una exigencia que, en tanto que metafísica, lógica y prácticamente imposible de satisfacer, proporciona un punto de partida falso y arrastra consigo una serie de consecuencias indeseables. Además de que, en última instancia, no es más que un reconocimiento del modelo de vida y de acción masculinos como los únicos factibles, como la meta que es necesario alcanzar a toda costa. […]
Esta investigación va a conducirnos a un descubrimiento muy importante: el de que no existe la esencia de lo femenino. Porque lo que en una cultura se considera como tal, en otra o no se toma en cuenta o forma parte de las características de la masculinidad. Pero entonces, si no existe la esencia de lo femenino, tendremos que admitir que lo que existe son las encarnaciones concretas de la femineidad […]
En México, cuando pronunciamos la palabra mujer nos referimos a una criatura dependiente de una autoridad varonil: ya sea la del padre, la del hermano, la del cónyuge, la del sacerdote. Sumisa hasta la elección del estado civil o de la carrera que va a estudiar o del trabajo al que se va a dedicar; adiestrada desde la infancia para comprender y para tolerar los abusos de los más fuertes, pero también para restablecer el equilibrio interior tratando con mano fuerte a quienes se encuentran bajo su potestad, la mujer mexicana no se considera a sí misma ––ni es considerada por los demás–– como una mujer que haya alcanzado su realización si no ha sido fecunda en hijos, si no la ilumina el halo de la maternidad… La abnegación es la más celebrada de las virtudes de la mujer mexicana. Pero yo voy a cometer la impertinencia de expresar algo peor que una pregunta, una duda: la abnegación ¿es verdaderamente una virtud?
Y me apresuro a aclarar que mi duda no es gratuita. He observado, en las abnegadas, una excesiva autocomplacencia, un evidente disfrute de este estado, lo que hace lícito suponer que sus esfuerzos no se dirigen tan certera y completamente hacia el bien del otro como hacia el propio bien.
Y esta suposición se confirma cuando palpamos los resultados: ¿Cómo es el hijo de esta madre que lo ha hecho todo por él, que lo ha sacrificado todo por él? Por lo pronto, es un niño menos apto para resolver sus problemas, para bastarse a sí mismo, para enfrentarse a las emergencias, para superar los obstáculos que aquellos que no han tenido a alguien tan solicito revoloteando siempre a su alrededor. Esto los vuelve, naturalmente, menos seguros de sí, más lentos en su evolución, menos urgidos de alcanzar la independencia y la madurez. Por lo que no es raro el caso de quienes permanecen en una infancia perenne con la consiguiente pérdida del contacto con la realidad y la también consiguiente búsqueda, no del establecimiento de ese contacto sino, al contrario, de modos de evasión o de compensación. […]
Yo insisto en que si la abnegación es una virtud, es una de esas virtudes que dice Chesterton que se han vuelto locas. Y para su locura no existe entre nosotros otra camisa de fuerza más que la ley. Todas las disposiciones legales que hemos ido elaborando a lo largo de nuestra historia tienden a establecer la equidad política, económica, educativa, social entre el hombre y la mujer. […]
No es equitativo el trato entre hombre y mujer en México. Pero nos damos el lujo de violar la ley para seguir girando, como las mulas de la noria, en nombre de la costumbre. Aunque la ley se haya hecho, y lo sepamos, para corregir lo que la costumbre tiene de obsoleto, de viciado y de injusto. Si la injusticia recae aun sobre las mujeres mexicanas, no tienen derecho a quejarse. Ellas lo han escogido así. Ellas han despreciado las defensas jurídicas que tienen a mano. Ellas se niegan a asumir lo que los Códigos les garantizan y la Constitución les concede: la categoría de persona.
Pero no hay que desesperar. Cada día una mujer ––o muchas mujeres–– gana una batalla para la adquisición y conservación de su personalidad. Una batalla, que para ser ganada, requiere no sólo lucidez de la inteligencia, determinación en el carácter, temple moral, que son palabras mayores, sino también otros expedientes como la astucia, y sobre todo, la constancia.








