La antropóloga acaba de dar a conocer su libro Cultura, transacciones internacionales y el Antropoceno, donde propone que la cultura, tal como está planteada, debe ser modificada “para volver a ser de utilidad en la formulación de políticas públicas”. Se ha convertido, dice en entrevista, con la idea del multiculturalismo, en un instrumento para distraer del crecimiento de la desigualdad social creado por el neoliberalismo. En recuadro, quien fuera una de las fundadoras de la revista fem, plantea la tarea fundamental que le espera al feminismo.
En opinión de la antropóloga Lourdes Arizpe, es momento de superar la “visión benigna” de la cultura porque se ha vuelto un arma política para discriminar, y aspectos como el multiculturalismo sirven ahora para exacerbar las diferencias y enfrentamientos, y distraer de problemas como la desigualdad social.
La exdirectora de Cultura de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), entre 1994 y 1998, y profesora–investigadora del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM, dio a conocer su más reciente libro Cultura, transacciones internacionales y el Antropoceno, publicado por la propia universidad en coedición con Miguel Ángel Porrúa.
El volumen de 449 páginas (presentado en la pasada Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería por el doctor Jorge Sánchez Cordero y el antropólogo Antonio García de León) analiza las reuniones sobre políticas culturales a las cuales asistió como directora de Cultura en la Unesco en lugares como Davos, Suiza, el Vaticano y el país Vasco, entre otros.
En entrevista con Proceso, la investigadora explica que más que un libro de antropología se trata de un intento por hacer etnografía, ya no de un determinado pueblo o comunidad sino de los procesos culturales actuales, pues se necesitan instrumentos para analizar y entender el mundo de hoy:
“La conclusión a la que llego es que la cultura, tal como está planteada actualmente, debe ser modificada para volver a ser de utilidad en la formulación de políticas públicas.”
Expone entonces cuáles deben ser los puntos que deben modificarse. En primer lugar, dejar atrás la visión “benigna de la cultura”, la idea de que es buena en toda circunstancia, porque la realidad es que se ha convertido en un arma política que puede hacer lo contrario. Es un instrumento para discriminar, como lo hicieron los nazis, los afrikáners en Sudáfrica o los criollos en la Nueva España, y aun en la actualidad con los campesinos y la clase trabajadora.
La identidad cultural, destaca, define una pertenencia hacia adentro de una comunidad, pero genera discriminación hacia afuera. Y todas las naciones tienen como un atributo natural la multiculturalidad:
“Pero ahora se ha forjado una ideología llamada multiculturalismo, impulsada por la derecha, que busca llevar las viejas prácticas políticas de divide y vencerás a una plataforma cultural, donde todos tenemos una identidad, para crear choques de culturas. Es un programa que desde los años noventa (del siglo XX) formuló el profesor Samuel Huntington (El choque de civilizaciones).
“Ahora se utiliza para exacerbar la rabia de los jóvenes blancos en Estados Unidos, que votan por Donald Trump. Eso explica el atentado de El Paso, donde un joven blanco manejó 600 millas para llegar, hacer una matanza espantosa y proclamar que estaba ahí para matar a latinos y mexicanos. Ése es el uso del multiculturalismo y sirve para distraer acerca del crecimiento de la desigualdad social, de la desigualdad en la calidad de las escuelas que hace que la gente no pueda competir en el mercado, es decir se enfatiza la identidad cultural para disfrazar las grandes desigualdades que ha creado el neoliberalismo.”
Como segundo punto, la doctora advierte que se debe detener “a toda costa” el crecimiento de la crueldad en México, a la cual considera como un fenómeno cultural “sin precedentes”, porque además participan en él jóvenes sicarios del narcotráfico, entrenados para “torturar de las formas más horrendas, en esta guerra entre cárteles de la droga, que están vinculados al Narco Estado que se creó a principios de este milenio en México”.
Es un asunto que no corresponde a las fases históricas de la cultura mexicana, cuyas características son la solidaridad, la cultura comunitaria, de protección, y enfatiza:
“Ahí tenemos que actuar muy rápidamente, eso no lo detiene la cultura, se deben emplear otras maneras sobre todo políticas, pero es una cuestión cultural que hay que erradicar para que no se reproduzca en las siguientes generaciones.”
El tercer punto es una “prioridad cultural”. Se trata de detener los feminicidios y borrar la idea de que las culturas tradicionales ––indígenas o católicas–– cuidan y protegen a las mujeres, pues lo hacen sólo si ellas aceptan reprimirse y admitir condiciones de sumisión y de servidumbre:
“Me parece que es también un fenómeno cultural lo que está ocurriendo, cuando los hombres de su propia familia asesinan a mujeres por rehusarse al sometimiento. Eso es nuevo, se debe a que se resquebrajó el techo de hipocresía que nos tenía ahogados en una ideología doctrinal que ya no corresponde a la situación actual, donde las mujeres participan en la educación, el mercado, las empresas, pero todavía existe esa doctrina por parte de una institución que recluta a través de prácticas de pederastia y por tanto impulsa un machismo misógino terrible, que es la que está detrás de este machismo. Eso debemos tenerlo muy claro.”
––¿Se refiere a la Iglesia?
––Sí, la Iglesia. Y es una práctica cultural. Se usa a la cultura como arma para detener cualquier movimiento nuevo que se adapte a las condiciones actuales del mundo, porque esto sucede con las mujeres en todos los países.
Desastre anunciado
––Usted habla de la cultura como un fenómeno global, pero las políticas culturales en México siguen considerándola como lo que las instituciones llevan, lo que presentan en sus espacios, sus teatros, en Bellas Artes…
––Porque cuando se creó la Secretaría de Cultura se hizo sobre bases sumamente estrechas que se ocupan solamente de la antropología, sobre todo como investigación arqueológica, etnográfica, museológica y del arte. Está muy bien, se necesita eso, pero tendría que estar analizando lo que sucede a nivel nacional con la cultura, relacionada con estas otras fuerzas.
Menciona entre ellas lo que está sucediendo con las mujeres y con las empresas que abusan de sus consumidores. Otra es la degradación provocada por la guerra contra el narcotráfico iniciada por Felipe Calderón, cuyo resultado “es un impulso cultural muy fuerte, que no se ha podido detener porque la solución no es ni punitiva ni militar como ha dicho el presidente López Obrador”.
El problema, considera, es que al eliminarse “las cabezas” con las cuales negociaban las instancias gubernamentales, el narcotráfico se volvió una cuestión “puramente de criminales”, y luego el siguiente régimen “dejó crecer esta criminalidad organizada” en la cual además estaba involucrado el propio gobierno. Y muchas de sus acciones se han ido convirtiendo en “prácticas culturalmente aceptables”.
Una situación que anunciaba desde hace unas décadas lo que sucede actualmente, fueron las maquiladoras que se instalaron en estados como Michoacán y en la frontera, porque requerían del trabajo de jóvenes obreras “que quedaron en total abandono y eran maltratadas, vejadas, violadas, tuvieron hijos, incluso no deseados, que fueron creciendo y se volvieron el semillero de los cárteles… Era una crónica anunciada del crecimiento de la criminalidad, de la crueldad en México, y todos estos gobiernos no quisieron detenerlo, no quisieron porque sí lo sabían, pero se involucraron con los cárteles de la droga”.
Lo que se debe hacer hoy, a decir suyo, es repensar quiénes son las fuerzas principales de la sociedad nacional y crear un esquema de negociación con ellas, pero sólo podrá hacerse “con un gran poder político, hay que reconstruir la sociedad, a los partidos políticos, y eso va a llevar muchos años de negociación”.
––Si requiere un gran peso político, ¿el presidente de la República tendría que comprometerse en un proyecto así?
––Yo creo que va más allá. Él debe dar la autorización nacional, pero deben involucrarse un gran número de personas: políticos que sepan negociar, que no sean improvisados; académicos, a los cuales ahora se ha dejado fuera de toda discusión, pero conocen los nuevos estudios y teorías políticas y sociales que se están aplicando en otros países; las mujeres como actores de primera fila; los indígenas; o sea un esquema de negociación multicultural para una nación que debe organizarse ahora sobre otras bases, sobre las bases de la diversidad. Va a requerir muchos años, pero se debe ir construyendo.
Añade que parte de la reconstrucción que propone está relacionada con el Antropoceno, concepto que define nuestra era y al cual dedica el último capítulo de su libro. Explica que se ha mencionado la sustentabilidad como un factor para preservar el medio ambiente frente al cambio climático, pero en su opinión no basta con ser sustentables, hay que transformar, y para ello se requiere revisar la historia de la evolución humana. En ese sentido establece que no somos sólo homo sapiens y homo faber los que pensamos y hacemos, que es lo que los científicos hombres habían propuesto. Ahora tenemos que aceptar que la evolución social se debe a la transmisión de la acumulación de conocimientos.
“Y esto sólo es posible cuando hay una sociedad, quiere decir que las mujeres han sido claves en este proceso de transmisión de conocimientos. Sugiero entonces que hablemos de un homo trasformador y un homo amator, un hombre capaz de amar, hombre o mujer, para construir una sociedad que permita hacer ciencia, organizar socialmente la reproducción y hacer reglas de intercambio con todos los grupos. Esto es lo que necesitamos forjar hacia el futuro, y para eso necesitamos poder vivir creativamente y dejar atrás las ideologías represivas, las ideologías doctrinales atrasadas, como muchas de las que tenemos en México, las ideologías sexistas, las ideologías de una masculinidad que necesita el poder para sentir que existe.”
Se le pregunta acerca del supuesto papel transformador de la cultura que se le atribuye en los discursos oficiales, y de que podría contribuir a terminar con la violencia, aunque siendo México un país culturalmente rico, terminó por arraigar ésta. Sí considera a la cultura como transformadora, pero señala:
“El problema del narcotráfico es demasiado pesado como para afectarlo con la cultura. De ninguna manera, si acaso con psicoterapias intensivas, psiquiátricas. Es un asunto tan por encima de la actividad cotidiana de los ciudadanos que no hay manera de pararlo. Digo, si Estados Unidos lo está propiciando no lo vamos a parar aquí.”
Lo ve como un edificio de diferentes niveles en el cual las familias y comunidades están en el primer piso, y en el último la violencia que ya nadie puede alcanzar ni tocar.
––¿Tendría que ser entonces un programa que englobe política, economía, educación, cultura y esos aspectos psicosociales que menciona?
––Sí, pero la cultura no puede anular los efectos tan brutales del crecimiento de la violencia, no puede anular los efectos del desastre del manejo gubernamental del narcotráfico y sus secuelas… pero todavía tenemos solidaridad comunitaria y social, y visión política como ciudadanos mexicanos, que pueden mantener los miles de proyectos económicos, ecológicos, urbanos y familiares con los que se sostienen y relacionan miles de mexicanos”.








