Hay feministas maravillosas en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Mujeres empoderadas, mujeres inspiradoras, mujeres que han dejado una buena huella tras de sí. Nadine Gasman, de Inmujeres, tan lúcida y sensible. Luisa María Alcalde, tan inteligente y visionaria. Malú Micher, tan congruente y auténtica. Rosaura Ruiz, tan preparada y pujante. Tatiana Clouthier, tan vital y entrona. Paula Soto, alzando la voz desde hace años. Ellas y tantas más llevan años pavimentando el camino para las que vienen detrás. Llevan años iluminando, empujando, proponiendo, demostrando a través de su propia trayectoria cuánto se puede hacer y cuánto es necesario proponer. Han contribuido a crear un México más abierto, más libre, donde las mujeres crecen viendo y entendiendo que son tan capaces como los hombres parados delante de ellas.
Las feministas progresistas que ahora participan en la Cuarta Transformación tienen motivos para estar orgullosas. Gracias a muchas de ellas nuestras hijas saben que sus opciones van más allá de ser secretarias o esposas o madres o monjas. Entienden que su vida puede estar determinada por su talento y no por su género. Ellas, guerreras, han parido a las hijas de la pluralidad y la democratización y el pluralismo y la oportunidad. Son las progenitoras de tantas que marchan y paran, de las que pintan monumentos y rompen vidrios, de las impacientes que ya se cansaron de esperar, de las que exigen y claman y gritan porque las están matando. Y su reciente Manifiesto feminista, firmado por quienes ahora están en el poder, así lo expresa. Reconoce las luchas colectivas de otras, reconoce el imperativo de la irrupción en el espacio público, reconoce la necesidad de seguir luchando para que México sea una democracia completa para sus mujeres.
Lástima, entonces, que las feministas de la 4T distorsionen la crítica legítima –proveniente incluso de la propia izquierda– al comportamiento del presidente. Lástima que descalifiquen los reclamos, presentándolos como un complot conservador. Lástima que mimeticen el discurso presidencial, tan ajeno a la realidad de lo que se vive y se siente y se respira en la calle, en las universidades, en las redes sociales. Ahí hay un nuevo feminismo trasgresor, que trasciende partidos y afiliaciones políticas, que brinca encima de la lealtad a un hombre o a un partido. Es un feminismo confrontacional, punzante, enfocado en los abusos y las ausencias del Estado y de los hombres. No necesita permiso para organizarse ni autorización para movilizarse. No tiene en la mira a AMLO ni está peleándose con él. Sus metas y sus objetivos son más grandes y más ambiciosos. El feminismo de la cuarta ola busca –como lo argumenta Ana Laura Magaloni– cambiar la correlación de fuerzas entre hombres y mujeres. Busca tumbar el heteropatriarcado, replantear las relaciones laborales, familiares, sexuales, personales. Busca repensar al país.
Basta escuchar lo que se gritaba en la marcha, las consignas diseminadas, los cantos compartidos. “Querían detenernos, nos hicieron imparables”. “Si desaparezco, destrúyelo todo; quiero ser la última”. “Nos quitaron tanto que acabaron quitándonos el miedo”. “No puedo creer que siga protestando por esta mierda en 2020”. “Yo quería envejecer con mi mamá; me la quitaron”. “Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente”. “Mamá, tranquila. Hoy no voy sola por la calle”. “Disculpen las molestias pero nos están asesinando”. “Cuando nos dejen de matar, regreso a limpiar tu monumento”. “Marcho con mis hijas para no marchar por ellas”. “Tranquila, ésta es tu manada”. “No nací mujer para morir por serlo”. “No somos histéricas, juntas somos históricas”.
Las mujeres de México ocupando el espacio público y redefiniéndolo. Empezando nuevas conversaciones con nuevos interlocutores. Obligando a las universidades a escuchar, obligando a las empresas a reflexionar, obligando a los hombres a cuestionar, a cuestionarse. En las casas y en las sobremesas y en los taxis y en las aulas y en los consejos de administración, empieza a cuajar una verdadera revolución. Y sí, es una “revolución de las conciencias” pero no se está dando gracias al presidente, sino a pesar de él. Porque AMLO ha insistido en los cachitos de la rifa, en la hipocresía y el oportunismo de la derecha, en cómo es humanista. Pero no ha hablado del dolor o la rabia o el enojo o la tristeza de las mujeres de su país. Ha actuado como operador político y no como líder empático. Ha centrado la atención en él, no en ellas. Ha impulsado políticas y posiciones antitéticas al feminismo, dañando la causa de todas.
Y por eso el Manifiesto feminista de las loables voces progresistas de la 4T se lee más como un documento aspiracional que como un retrato de la realidad. Al igual que el telar de Penélope, lo que ellas tejen en la noche, el presidente desteje en la mañanera. Lo que ellas impulsan desde abajo, él elimina desde arriba. Lo que ellas dicen, él desdice. No importa cuántas conferencias de prensa lleven a cabo, cuántas buenas acciones tengan en mente e intenten propulsar, el feminismo de la 4T acaba estrellándose contra el conservadurismo de AMLO. He ahí su oposición a la despenalización del aborto, su instrucción de cerrar refugios para víctimas de violencia y estancias infantiles, su decisión de recortar el presupuesto para programas dedicados específicamente a mujeres, el decálogo presidencial tan cerca de los Diez Mandamientos y tan lejos de políticas públicas concretas y contundentes para encarar la pandemia feminicida. Las feministas de la 4T argumentan que se abre como nunca antes la posibilidad de avanzar en la agenda de nuestros derechos y tienen razón. Pero al mismo tiempo critican a un sistema político y económico que “nos ha marginado históricamente”. El problema para ellas y para nosotras, es que el propio presidente lo encarna.








