#8-9M: Unidas en una explosión de hartazgo

Una ola de indignadas –con botas estilo Dr. Martens, shorts y medias de red, encapuchadas o no, con los torsos pintados con frases como “que arda todo”, con playeras moradas o pañuelos verdes, con las fotos de mujeres asesinadas y desaparecidas– tomó la principal arteria de la Ciudad de México y juntó todas las voces en un grito: “¡Ni una más!, ¡Ni una más!, ¡Ni una asesinada más!”

La indignación acumulada por una violencia machista normalizada, silenciada e invisibilizada, encontró salida en una explosión de hartazgo.

Marcharon y su marcha se confundió con las jacarandas de avenida Juárez; gritaron y cantaron; lloraron por las que no están y exigieron justicia para las víctimas de todas las violencias; en el Zócalo prendieron una enorme fogata y alrededor de ella corrieron, saltaron y bailaron; celebraron una especie de ritual contra un sistema patriarcal, machista y desigual en el que 10 mujeres son asesinadas diariamente a causa de su género.

Cuando varias pintaron monumentos y muros, rompieron vidrios a martillazos e intentaron tirar vallas a patadas, algunas protestaron: “¡No violencia!”; pero otras apoyaron: “¡Fuimos todas!”. Fue un síntoma natural de la brecha generacional y la heterogeneidad de un movimiento. 

El ambiente de lucha cómplice se tornó en desconfianza y temor cuando estallaron explosivos frente a Palacio Nacional, dejando mujeres heridas. 

El episodio no opacó la histórica marcha feminista: más de 100 mil mujeres unidas.

Un día después de que miles marcharon, millones pararon: no salieron a las calles, no tomaron el transporte público, no asistieron a clases, no trabajaron, no abrieron sus negocios, no pisaron sus oficinas, no consumieron, no publicaron en redes sociales… 

Con su ausencia se hicieron visibles. Mostraron al sistema económico que las oprime, a las instituciones que las ignoran y a los hombres que las maltratan, que sin ellas la vida se detiene.