El hombre culto siempre tiene al alcance los datos que pueden hacerle comprender el universo físico y espiritual que lo rodea, así como las peripecias esenciales que nos han llevado o traído a ese conocimiento en generaciones sucesivas, a partir del primer hombre que se preguntó quién era y por qué estaba en el mundo. […] Hombre culto es el que está con los demás en comunicación activa. Un centro emisor de humanidad con ideas y actitudes que se ajustan armoniosamente a la realidad de cada día.
Esto lo escribió Juan José Arreola, paradigma de un hombre culto, en su libro La palabra educación. Me gusta lo que dice, pero está claro que no es esto lo que entendemos por cultura en la vida de cada día.
Si hablamos de la cultura de una etnia, una época, una comunidad, nos referimos a su modo de vivir, sus creencias, su organización social, su habla, que les dan una identidad que las distingue de otros grupos humanos.
Si hablamos de secretarías, institutos, programas, centros, talleres, comités, casas de la cultura… cultura significa la organización, la administración y explotación política y comercial de grupos, orquestas, cursos, escuelas, museos, teatros, galerías, auditorios, funciones, becas, foros, bibliotecas…
Eso es la cultura: las maneras de vivir, o una esfera de la administración, la pública en especial, que tiene que ver, más que con las artes con las industrias culturales, los espectáculos y, de manera abrumadoramente creciente, la producción y la difusión de estos materiales en versiones electrónicas.
Ésta es la perspectiva de los 37 ensayos que Jorge Sánchez Cordero publicó en la revista Proceso y ha reunido después en el libro que estamos presentando: Rupturas culturales. Los grandes desafíos. Estos ensayos examinan 37 casos de conflictos jurídicos concretos, históricos, reales, que atañen al comercio de la cultura.
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Para las élites dominantes lo más importante es conservar la homogeneidad cultural necesaria para la unidad y la prosperidad, no de las diversas etnias, sino del Estado nacional. Lo que prevalece en Colombia, Panamá, en América Latina, es la idea de indivisibilidad y de unidad nacional, así como la de igualdad formal ante la ley de todos los ciudadanos.
Lo más importante es legitimar la independencia y la unidad de los Estados nacionales, al tiempo que se busca evitar, a toda costa, la fragmentación que promovería la autonomía de las etnias, con el consiguiente menoscabo territorial.
Las élites dominantes han sido permanentemente negligentes para defender los intereses indígenas.
Es posible que en el discurso oficial, y aun en la legislación, se reconozca el multiculturalismo, pero estará siempre subordinado a un objetivo político mayor: la estabilidad social de las sociedades multiétnicas.
¿Es justa esta situación? Desde el punto de vista de las élites dominantes, sí, aunque pase por encima de los intereses de los productores.
En el caso de México, aun después de la insurrección zapatista y de la adecuación de las leyes mexicanas a las reglas del Tratado de Libre Comercio de América del Norte el margen de autonomía de las comunidades indígenas es muy pequeño.
Hasta aquí llega ese primer ensayo de Sánchez Cordero. Por eso, esto lo agrego yo, en México –y en todas las naciones multiétnicas–, las comunidades indígenas sirven para alimentar una retórica hueca de reconocimientos, supuesto respeto, ceremonias folclóricas, pero ninguna de ellas está en camino de convertirse en una nación, que es lo que les correspondería.
Como puede verse cada vez con mayor claridad a medida que se avanza en la lectura del libro, el margen de autonomía de México frente a los Estados Unidos, su principal socio comercial, la élite dominante, en comparación con el que había en tiempos de Salinas, tras la firma del primer Tratado, se ha ido reduciendo cada vez más, como resultado de una criminal falta de atención, de la incapacidad para negociar, de la debilidad de nuestro gobierno actual. De hecho, más allá de lo que el libro revela, con el nuevo tratado comercial con los Estados Unidos y Canadá, firmado en fecha posterior a la aparición del libro, pero ya reseñado por Sánchez Cordero en por lo menos dos de sus ensayos en Proceso, la situación ha visiblemente empeorado. La falta de protección legal que sufren nuestras industrias culturales, en especial las del ámbito cibernético, nos permite suponer que el futuro irá siendo peor. Sobre todo, porque no puede vislumbrarse ninguna mejora en el ámbito de la educación, el más importante para aspirar a un futuro mejor.








