La tecnología digital y particularmente internet han opacado la existencia oportuna de un medio cuya eficacia para comunicar, en especial a las localidades aisladas del país, a las depauperadas de México y de muchas regiones pobres del planeta, es indiscutible. Ello hace indispensable su sostén y crecimiento. Se trata de un aparato de bajo costo en su operación, capaz de ser portavoz de las necesidades comunitarias, floreciente en materia de contenidos informativos, de arte y de entretenimiento. Los programas de radio siguen alimentando la imaginación con sus sonidos, ficciones, relatos. La voz no sólo dice, señala, describe, también evoca.
En México la radio tiene larga historia. Hoy alcanza a cubrir más del 90% de los hogares. Se ha desagregado en múltiples facetas: altamente mercantilizada y con hondura de planteamientos culturales. La hay universitaria, en donde encontramos las propuestas de vanguardia creativa; está la educativa, la noticiosa, de polémica. Mucho antes que los dispositivos móviles, la radio iba a todas partes acompañando al escucha. Hoy puede insertarse también en esos dispositivos sin perder su individualidad.
Pese a sus innegables virtudes, la radio ha sido, como toda la estructura mediática del país, constreñida casi por entero a una sola función: servir de mediadora –vía los anuncios– del consumo y en consecuencia del acrecentar la ganancia. Por esa razón y por las políticas públicas del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT), a partir de 2014 las concesiones únicas siguen estando distribuidas de manera inequitativa, a favor de lo comercial. Al menos así lo indican las cifras siguientes:
En 2019 se registraban 586 públicas frente a mil 466 comerciales, lo que hacían un abultado número de 2 052 frecuencias o estaciones radiodifusoras. Un porcentaje de alrededor de 65% para el lucro, es decir, más de la mitad en todas ellas. Dentro del rubro de públicas, ahora separadas en tres fracciones destinadas a poblaciones diferentes encontramos que en 2019, la distribución era así: uso social 177, público 305, social comunitarias 81 e indígenas 10. La comercialización de las públicas está seriamente restringida en todos sus rubros, ninguna puede tener por vocación el lucro.
La novedad de la Ley de 2014 fue la figura de “uso social” destinada a la sociedad civil. Antes solamente organismos públicos podían aspirar a un permiso para usufructuar una frecuencia, de radio o televisión. Y las comunitarias e indígenas no estaban tipificadas como tales, pero sí en la misma condición de sólo poderse obtener con el aval de una institución. Ahora comunidades y grupos indígenas las pueden conseguir; en estas circunstancias es al menos decepcionante el que existan tan pocas. En cambio destaca el número de “uso social” que en cinco años casi haya alcanzado a las públicas; éstas últimas es probable que ya existieran y hoy sólo han cambiado de permiso a concesión única.
Con todo, es pertinente que al tenor de un día internacional se revalore un instrumento eficiente y útil para la mejor convivencia social.








