La premisa es simple: A Diego (Willem Dafoe), director argentino-brasileño, le diagnostican un cáncer que parece terminal, y Seattle le ofrece un tratamiento de transplante de médula; antes de viajar, se casa con Livia (María Fernanda Candido), su novia por varios años, y habrá que aprender a vivir con el dolor y la amenaza de muerte.
Diego es un tipo de pulsiones intensas, buena mesa, vino, arte, poesía y mucho sexo; pocos lo soportan, pero en el hospital conoce a un niño hindú con el que traba amistad.
Se trata de la última cinta de Hector Babenco, realizada poco antes de morir en 2016: Mi último amigo (My Hindu Friend; Brasil, 2016) es un trabajo autobiográfico, especie de auto-ficción, como diría Almodóvar, que puede leerse como testamento poético, y donde el director juega ajedrez con la muerte en clara referencia a Bergman, ego trip, pero de un director que realizó películas como Pixote (1980) o El beso de la mujer araña.
Narrado desde la perspectiva de Diego, tipo obsesivo, poco grato, Babenco esquiva la resbalosa pendiente del sentimentalismo y la lástima de sí mismo a la que invita el verse morir, con quimios truculentas y lágrimas de rabia que reclaman compasión; escenificar la propia muerte es un arte delicado. A pesar de una buena dosis de surrealismo y visiones provocadas por las drogas, el tratamiento es realista; Babenco puso al neorrealismo en el aparador latinoamericano, y su éxito en Hollywood no le hizo perder el interés por grupos y gente marginal.
Pese a lo sombrío del tema, Mi último amigo mantiene la atención del público sin llevarlo a lo solemne; la intuición que sostiene el drama de este artista en proceso terminal es eso que destapa el enfrentamiento con la muerte, lo más oscuro y tierno del personaje. El niño hindú, el amiguito a quien Diego cuenta cuentos y le inventa historias, personaje real o imaginario, funciona como fuerza creativa en la psique del artista moribundo.
Se ha vuelto un lugar común que en períodos de crisis personal, un director de cine haga su propio Ocho y medio, modelo copiado de la célebre obra de Fellini, a manera de catarsis; All that jazz (Fob Fosse) y Stardust Memories (Woody Allen), son dos ejemplos entre muchos del artista abrumado caminando en el filo de la navaja. Diferente al canto de la muerte del cisne, el síndrome Ocho y medio es una forma de rabieta, e inflación de la propia importancia; la belleza de la propuesta de Babenco, sin embargo, no es la reconciliación con la muerte, si la afirmación vital, el canto a la vida.
Historias de asuntos de familia, relaciones amorosas, problemas de trabajo se extienden como ramas del mismo árbol, el cuerpo torturado del director que culpa a otros hasta de su cáncer linfático; y a diferencia de cintas del género enfermedad mortal donde se impone la luz fría de quirófanos y cuartos de hospital, Babenco maneja diferentes planos de luz, claro-oscuros sostenidos por la música de Preisner, el compositor polaco de la trilogía de colores de Kieslowski.








