“Isjir”, novela sobre un migrante iraquí en México

Dos libros de Ediciones Proceso serán presentados esta semana en la 41 edición de la Feria Internacional del Libro de Minería de la UNAM. Las autoras son nuestras colaboradoras: Susana Cato, quien dará a conocer este jueves 27, a las 19:00 horas, en la Capilla del Palacio de Minería, una biografía novelada de sus antepasados, Isjir, de la cual se ofrecen fragmentos. Y Florence Toussaint, quien el sábado 29 a las 19 horas presentará la historia de la telenovela en México (ver recuadro).

La Tierra, desde los tiempos más antiguos, ha sido acariciada por los incesantes pasos de los amorosos, arriesgados, lastimados, locos, felices o desafortunados migrantes. A ellos, a todos ellos, les dedico este relato.

El fotógrafo de León

Tu rostro es preludio del poema.

Nizar Qabbani

Nacido en tribu nómada, Jorge Morat Cato fue siempre un migrante. Cruzó desiertos, continentes y mares, y a los cincuenta años se aposentó por fin, con su familia, en otro mundo, México.

Terminaban los años cuarenta, que en León, Guanajuato, no habían tenido el esplendor (Viva la elegancia) de los “tiempos locos” franceses o neoyorquinos, ni siquiera el sufrimiento caótico de la Gran Depresión ni la melancolía y el libre despertar tras el largo gobierno de Porfirio Díaz. Como todo México, esa zona había vivido la primera revolución del siglo XX y los ideales que lograban construirse sobre ruinas comenzaban a ser amenazados por la llamada “guerra cristera”, entre un gobierno laico y los fervorosos soldados de una Iglesia ya temblorosa, pero que había dominado pueblo, cielo y tierra durante más de tres siglos.

Morat caminaba por las calles polvorientas y tranquilas como por cualquier barrio pobre de su muy lejana Telkef, aquella ciudad iraquí de pasos arenosos (y buena fama cultural) donde vivió su niñez y adolescencia. Aquí, las casas rurales con paredes de adobe en un claro color tierra se parecían, con todo y los nopales que las rodeaban. Así las mujeres morenas envueltas por largos mantos tejidos (que aquí se llamaban rebozos), y así los campesinos, con sus relucientes trajes de algodón blanco y también con la piel café. Una iglesia, como allá, y un sol tranquilo que no pide nada. 

Lo único que mostraba otro mundo era que en México no había agotados camellos, sólo agotados burros, y los vendedores indígenas inundaban los caminos cargando despeinadas aves que remataban a gritos soltando al aire un pregón que a Morat le parecía muy divertido, en náhuatl y español: “Chichicuilotitus vivuuus!” Y más anuncios repetidos por incansables gargantas a viva voz que sólo terminaban al anochecer: “¡Flores para su amor!”, “¡Sabrosos camotes del mero Silao, muy bien enmielaos!”, “¡El que prueba mis tamales, olvida sus males!”

Del barrio donde salían los vendedores, Morat pasó a las elegantes colonias del centro y sus residencias afrancesadas con balcones de enseñoreada herrería, frescos patios al centro, carmenes y mosaicos estilo mudéjar que los árabes llevaron a los españoles y los españoles a este lado del mundo. 

 Se ofrecían al necesitado paseante, de vez en vez, bancas barrocas de negro hierro forjado, que tenían inscrito en el espaldar el nombre de quien las había donado. Morat eligió para sentarse justo esa que decía en letras que no sabía leer, pero que en algo reconocía: “Donada por Don Jorge Morat Cato y familia”. Tras un rato sentado allí, miró sus zapatos. Imaginó que si éstos, los mocasines que más le gustaban, pudieran cobrar vida, escaparían cuando nadie los viera, caminando sin parar, a Veracruz, para embarcarse en el buque que los regresara a Iraq. ¿A dónde se dirigirían las sandalias doradas, las que le encantaban a Tarfa, su esposa? No irían con él, se separarían, correrían quizá a la parte vieja de Damasco, o al patio donde le dieron su primer beso, o a pisar el frío piso de mosaicos de los baños árabes que ella tanto extrañaba. ¿A dónde irían los zapatos si no fueran esclavos?

No quiso imaginar más, se levantó y sus zapatos de migrante (ya elegante) obedecieron la dirección: tres calles hasta el local de don Camel Bazzi, un fotógrafo muy reconocido en la ciudad, y al que su amigo, el único otro caldeo que vivía en esta ciudad de León, David Cashat, le había recomendado. […]

 ¡Halahal!

Apenas en el mundo/ un Niño cabe;/

      pedacitos de cielo/ son sus pañales.

   Carlos Pellicer (Cosillas para el Nacimiento)

Pero todo pasa. Los pájaros volvieron a agitar las alas y a cantar. Los tigres, a asomarse con su sigilosa elegancia. Y poco a poco, el atardecer, de un intenso rosa, volvió a encender el desierto enamorado.

La pobre tribu Cato no alcanzaba aún a recuperar la calma cuando sonó en el aire (tan fuerte que hasta los ladrones, ya lejanos, lo escucharon) el llanto imparable del recién nacido. La abuela Saro estaba dentro de la tienda cortando el cordón umbilical cuando todos aparecieron en la entrada y allí se quedaron. Las mujeres no tardaron en soltar la primera exclamación de júbilo con la que un humano es recibido en este mundo, ese femenino gorjeo que semeja el apasionado solfeo de un pájaro. 

 Y este grito o canto, Halahal, estremece las gargantas especialmente si el recién nacido es el primogénito o varón, y éste era ambas cosas. ¡Éle brona! anunció con júbilo Saro elevando al bebé en brazos y ofreciéndole a Jajo Butres eso que, como acababa de exclamar en caldeo, era un niño. Aunque a ella, como a Jajo, le daba igual que fuera niño o niña. […]

 Babali y Jajo decidieron entonces que al bebé color aceituna que cargaban aún desnudo, pero ya cubierto de amor, lo llamarían Morat, pues ningún otro nombre podía poseer en ese momento más que lo que significa esa palabra: “Deseo cumplido”. Era así, en su piel canela, sus ojos empestañados, sus labios rosas, sus manos largas y cada uno de sus dedos. Así, idéntico a lo deseado. […]

Un jardín de Babilonia

Las rosas son mejillas;/las margaritas, bocas sonrientes,/

mientras que los junquillos/ reemplazan a los ojos.

Ibn Hafs al-Yaziri 

Un día, después de haber caminado toda la mañana junto a la Hazouera, una vertiente tranquila del Tigris, Morat vigilaba desde una roca y sin ganas a las cabras; mientras éstas buscaban desfallecidas en el hoy árido terreno cualquier brote de hierba para pellizcarlo con la punta de los dientes, arrancarlo y mascarlo con fruición, apareció a lo lejos Farid. Acababa de cumplir diez años y corría hacia Morat cargando un espejo largo y brilloso que, al parecer, le pesaba mucho.

 Cuando se acercó, Morat distinguió que aquella larga carga deslumbrante no era un espejo, sino una espada curva. Era hermosa, una shamsir con esmeraldas y turquesas en el mango tallado, como aquella que les había contado el narrador de cuentos que portaba el príncipe del caballo de ébano en las inacabables Mil y una noches. “Las Mil”, como corregía siempre Farid, pues “la primera noche le pertenece a Aláh”. […]

  –¿Qué es esto? –le preguntó. 

 Farid miró el shamsir de punta a empuñadura y, apretando su mano derecha en ella, dijo con voz sorprendente:  

 –Es para matarlos a ustedes, los infieles […] Con ésta mi tío mató a tu tío y mi abuelo a tu bisabuelo. Mi papá la guarda en una caja forrada de seda y la limpia todos los lunes. Cuando seamos grandes a mí me toca matarte a ti. 

 –¿Por qué? –preguntó Morat. 

 –Porque eres cristiano. 

 –No es mi culpa. 

 –Tampoco es mi culpa ser musulmán. “Aláh dispone los días y las noches”.

–Dios también. […]

 –¿Y si cuando seamos grandes me defiendo y yo te mato? –preguntó con bravura.

–Mi hijo, enfurecido por la muerte de su padre, matará a tu hijo. 

 –¿Y si mi hijo se defiende y mata a tu hijo? –insistió Morat. 

–Mi nieto matará a tu nieto –respondió Farid. 

Y entonces, sólo de imaginar que alguien atravesaría con otra bella espada a su bisnieto o a su tataranieto, Farid comenzó a llorar. Morat dejó caer la espada, lo abrazó y también estalló. Un llanto intenso, imparable. […]

Anocheció y la llamada “luna turca”, cuya forma imita la blancuzca cimitarra, apenas les insinuó en un lánguido ambiente brumoso el camino a casa. Farid se secó los ojos y corrió a esconder la espada en el interior de la caja forrada de seda para que su padre, quien llegaba al día siguiente, no lo descubriera.   

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*  La autora estará acompañada del doctor, poeta y narrador de origen iraquí Ulises Casab, el historiador Carlos Martínez Assad y el editor Juan Guillermo López.