Para los lectores del novelista y dramaturgo –el teatro hecho para durar también se lee– Ignacio Solares, El juramento es un regreso a la fuente, al joven Solares, el de Anónimo, El árbol del deseo, Puerta del cielo… Quién iba a pensar en aquellos ya lejanos años que el autor renovaría la novela y el drama histórico, una saga que se inició con Madero el otro.
Pero un autor es siempre el mismo y otro, y en las obras de Ignacio Solares ha estado presente siempre el yo-mismo y el yo-otro; la vigilia y el sueño como un buen descendiente del surrealismo que sabe que la identidad inestable se vive y se construye sobre una radical, misteriosa, casi inaprehensible mismidad. En sus obras el principio de no contradicción de los pensadores occidentales va de consuno con el encuentro de los contrarios del mundo oriental, tan entrañablemente próximo de la mente multidimensional de los maestros mesoamericanos, en su caso de sus paisanos tarahumaras. (No hay que olvidar que Solares ha sido también el autor de una novela entrañable que reúne a tarahumaras y jesuitas, No hay tal lugar.)
El protagonista-narrador de El juramento es un adolescente, ese momento en la existencia en que el hombre es prisionero de sus sueños que le abren las puertas de la libertad. Un joven tocado por esa sensación que, creo, hermana a los grandes novelistas: la realidad no es tal si no la nombro, de donde nace un enamoramiento del absoluto, la necesidad de una verdad que fundamente y dé sentido a nuestro camino. Ya lo intuyó Léon Bloy: “Sólo hay una tristeza, no ser santos”. El novelista carga así sus obras como el Cristo la Cruz.
El protagonista-narrador vive enamorado de la idea y la vivencia de Dios pero, educado en un colegio jesuita, se resiste al Dios-persona, a Dios encarnado, a Cristo Dios uno con el Padre. Pero es un novelista, no un filósofo ni un político, permanece en esa verdad que porta más de un rostro. Qué dicha tan grande poder creer sin fisuras en que Cristo es Dios, que su muerte y resurrección dan consistencia y sentido a la humanidad toda. Y en la vida de pulsiones de su ser adolescente, cede al encanto de Merton, de Jäger, de esa participación en la divinidad como las gotas de agua se vuelven una con el mar. Y, sin embargo, “amo a Cristo como fundador de la religión más humana que hayamos podido concebir”.
Pero el protagonista-narrador es, en rigor, un poeta en ciernes, un hombre que no se halla en su casa, demasiado sensible a la vulgaridad de sus padres, a la vida sin matices de los simples, un hombre que quiere conocerlo todo pero a quien repugna la iniciación sexual en el burdel. También en el amor carnal nuestro joven reclama la consustancialidad con el Espíritu. Y a partir de lo que una mujer, una enfermera, descubre al narrador-personaje, éste alcanza la visión de un misterio sin asideras: la entraña divina de Eros, que lo sume en la más radical contradicción. Como la enfermera que reveló la sustancia de lo erótico al monje Thomas Merton, así Alma –es el nombre de la enfermera– le revela el valor divino de lo humano. Entonces ¿qué hacer?
“Señor, sé que no tengo derecho a pedírtelo, pero dame una señal, necesito una señal tuya. Y perdóname…”
Y Alma es un alma gemela de la Sarah de Graham Greene que lo ha amado tanto, ella, una mujer normal que ha tenido, a su lado, la impronta de la Gracia: “No me importa renunciar a una vida sexual si estoy junto a ti, te lo juro”.
Y Solares nos hace experimentar y vivir la envidia que sienten tantos creyentes por aquellos, acaso los elegidos, a quienes el Señor mandó una señal a la que no podían resistir, como a Saulo el rayo en el camino de Damasco y una voz que lo dejó sordo como la luz lo había enceguecido.
Pero Solares es un novelista al modo de Mauriac, de Bernanos, de Greene. Y para su personaje la fe, como la escritura para Rulfo, es una condena. Un novelista de la condición humana, enraizado en el lodo, en la duda, enamorado, empero, de una luz que cuando menos la esperaba aparece y lo atraviesa.
El juramento es una novela que sólo en apariencia pertenecería a otros tiempos. Bastaría con armarse de valor, meterse en uno mismo, resucitar el ser y la nada para darse cuenta de que El juramento es una novela de una radical actualidad, esa que duerme dentro de cada uno de nosotros, esa a la que tenemos tanto miedo porque conduce, sin remedio, a la soledad. Y sólo en y desde la soledad el hombre se hermana con el hombre.








