El sábado 13 de julio, en la clausura de la segunda edición del Festival Danzatlán, se presentó el ballet antiguo Giselle, original de los coreógrafos franceses Jean Coralli y Jules Perrot y estrenado en París en la primera mitad del siglo XIX, pero con la versión del inglés Anton Dolin (1904-1983) del siglo XX.
Estuvo a cargo de la Compañía Nacional de Danza (CND) con Elisa Carrillo al frente como directora artística, junto a Cuauhtémoc Nájera. Fue una reproducción conservadora de la obra, sin propuestas o sentidos artísticos relevantes.
Esta versión de Dolin mantiene la simetría de la multitud de bailarinas y bailarines moviéndose al unísono, elemento muy característico del estilo coreográfico geométrico y monumental del siglo XIX. Y, el contraste tonal entre los actos I y el II, diferenciados por las dimensiones terrenal y espectral, respectivamente.
Su solo femenino en el acto I, cuando el personaje de Giselle es la representación de una campesina, es más recto, vertical y moderno que el original delineado con suaves inclinaciones hacia adelante y atrás de estilo romántico. Éste fue ejecutado para la ocasión, en el Palacio de Bellas Artes, por la bailarina rusa Kristina Kretova, quien actualmente es solista principal del Ballet Bolshoi.
Kretova, invitada especial, singularizó para bien el evento con una interpretación matizada de calidades de movimiento en el rol de espectro del acto II: Giros súper rápidos y centrípetos, contrastados con la lentitud para graduar la altura de la extensión del arabesque (símbolo iconográfico del romanticismo) en el equilibrio sobre una pierna, que requiere de mucho autocontrol.
Mas a pesar de su destacada presencia, el Giselle presentado fue una repetición garantizada de la misma fórmula artística del ballet. Ese cierre del encuentro Danzatlán 2019 se trató de un clásico de reconocimiento universal y gusto popular, incluso ultra remontado en todo el orbe. No hubo más allá en la visión de los actuales directores de la CND.
También, durante este mes, Danza de las Cabezas, estreno coreográfico de danza contemporánea de Benito González, estuvo presentándose en temporada en el Teatro Benito Juárez y tuvo una única función en el Centro Cultural de España de la Ciudad de México.
Sus seis ejecutantes, Fausto Jijón Quelal, Jorge Motel, Gisela Olmos, Edgar Pol, Inti Santamaría y Bryant Solís-María Krokodil, bajo la guía de los vaivenes de sus cabezas, confirieron a su cuerpo ser canal de las manifestaciones físicas. Enconchar la espalda, tensar las manos, bajar la pelvis, arraigar –con férrea resistencia– los pies al suelo, desde aquel movimiento de la cabeza.
Sus repetidos vaivenes, polirrítmicos –a veces lentos y otras más rápidos–, fueron coreografiados en varias direcciones del espacio, planos, y la combinación de simetría y asimétrica de las distribuciones espaciales del elenco, en el que resaltaba Gisela Olmos, la única mujer que lo conforma.
En la propuesta de Benito González, la repetición motriz de la cabeza y la estructura coreográfica tuvieron un sentido de rito modificante de la vieja idea de la división entre la mente y el cuerpo, reconciliándolos en un todo integral. En su dimensión concreta, la parte superior del cuerpo traía consigo al resto que lo constituye.
Y la estética oscura e industrial de la obra recordaba la película 1984, del director británico Michael Radford, basada en la novela del mismo nombre de George Orwell (1903-1950), que aborda la vigilancia de la vida moderna. l








