Mara Ordaz (Graciela Borges) se alimenta de sus glorias pasadas en el cine argentino, de la gran diva que algún día fue; vive en una mansión envejecida con un trío muy peculiar: Pedro (Luis Brandoni), su marido, exactor de segunda, postrado en silla de ruedas, un director de cine y su guionista, Norberto (Óscar Martínez) y Martín (Marcos Mundstock), retirados todos desde hace mucho tiempo. Entre ironías y sarcasmos, el cuarteto se lleva pesado pero con cierta armonía, hasta que llega una pareja de jóvenes, profesionales en el arte de la adulación y la mala intención.
Con El cuento de las comadrejas, Juan José Campanella (El hijo de la novia, 2001) regresa al cine con un remake y con la intención declarada de rendir homenaje a su maestro, José Martínez Suárez, autor de una cinta de culto, Los muchachos de antes no usaban arsénico (1976), comedia negra que pese a su misoginia funcionaba como sátira contra el régimen castrense de la época.
Puede ser muy cómodo, en una reseña, decir homenaje, como si esto lo explicara todo, pero aquí Campanella utiliza explícitamente el término en entrevistas y comentarios, una especie de deuda con su mentor y con el cine argentino de su época dorada; por ello esta lectura es obligada para apreciar cómo el realizador logra hacer suya la ofrenda e imprimir su estilo propio. Aunque más complaciente con el público, el disfrute de esta comedia depende mucho de claves externas, algo pesado para quien no se interese tanto en el juego meta-cinematográfico.
Los temas se actualizan, el encontronazo no es tanto entre los sexos, sino generacional, y si la original tomaba un tanto de la comedia inglesa (The Lady Killers) y al personaje inspirado en el de Gloria Swanson en Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses), El cuento de las comadrejas se apoya aún más en ese clásico de Billy Wilder, director admirado por Campanella. Mara Ordaz es más la Swanson, luce la misma tocada en la cabeza, adorno un tanto faraónico que en 1950 recordaba a la gran diva del cine mudo; esta Mara es menos amargada que la original del 76, pero más letal y apasionada.
Entre los comentarios se escucha la queja de la teatralidad, de demasiado discurso en esta versión, pero los diálogos son ingeniosos y vivos. Campanella aprovecha la experiencia y la perspicacia de cuatro de los mejores actores argentinos; hubiera sido una lástima no ponerlos a interpretar sus parlamentos y no ponerlos a jugar a manera de partidas dobles de tenis. Este cuarteto de comadrejas refleja años de trabajo en cine y teatro, y toda la densidad de la convulsionada histaria de su país.
También hay que reconocer que Los muchachos de antes no usaban arsénico es una cinta que envejece mal, el remake era muy pertinente, pero se lamenta la pérdida de esa ironía ácida e implacable cercana a García Berlanga (El verdugo) de la época franquista como forma de desahogo a la represión política. Campanella sucumbe frente a lo políticamente correcto para contar una historia romántica. l








