“A ocho columnas” y la corrupción en la prensa

Un periodista novato cree que la buena prensa es la que habla con la verdad, la que no está de lado de ningún poder y la que se rige por los principios básicos de la ética. Cree que escribir su primera nota es una oportunidad para mostrar sus capacidades y abordar un tema polémico en su momento. La realidad periodística del diario El Mundo no se lo permite porque ahí permea la corrupción; las notas se compran, los silencios se gratifican, el “chayote” –como comúnmente se le llama– es una práctica cotidiana; todo lo que practicó el PRI gobierno, en particular en 1951, que es el momento en el que se desarrolla la obra A ocho columnas, escrita por Salvador Novo, adaptada y dirigida por Fernando Bonilla y que se presenta en el Teatro Orientación del INBA, en su segunda temporada.

A ocho columnas, escrita en 1954, pone en evidencia el uso del periodismo para satisfacer intereses económicos y políticos particulares, y cómo es posible la manipulación de la información. El diputado sin ningún pudor puede negociar con el subdirector del periódico El Mundo para que esa nota que está preparando el periodista salga en los términos que él lo desea, para destruir la carrera política de su contrincante, aunque se traicione la verdad.

Salvador Novo escribió esta obra con la intención de poner en evidencia a uno de los periodistas más corruptos de su momento, Carlos Denegri, del periódico Excélsior, con el cual tenía una confrontación personal, tanto por sus prácticas periodísticas como por el menosprecio hacia las notas sobre teatro que Novo escribía en ese medio.

La obra A ocho columnas, con una visión crítica y social que poco utilizó Novo en su teatro posterior, está cargada de humor negro, ironía y sarcasmo, que en la versión de Fernando Bonilla se lleva a sus últimas consecuencias. Una farsa donde se exacerba el carácter de los personajes, tanto en el tono como en el estilo de actuación, emparentándolo con los personajes del cine mexicano de los 50. Las actuaciones del equipo son intencionadamente estereotipadas y responden a la idea de caricaturizar y contraponer a los personajes: el periodista ingenuo (José Carriedo, premiado por la ACPT y alternando con Jerónimo Best) y la secretaria buena gente (Alondra Hidalgo) terminan cayendo en las fauces de los malos: el subdirector Torritos (Luis Miguel Lombana, con una interpretación sobresaliente), el diputado chayotero (Arnoldo Picazzo), el amigo traidor (Pedro de Tavira) y la locuaz editora de sociales. Ellas no son bien tratadas por Novo, y el poder y valor de la historia recae en los caballeros.

Las actuaciones son de gran calidad y sostienen el desarrollo de la obra, aunque el autor se detenga demasiado en la presentación de los personajes y el mundo.

Es de gran disfrute el riguroso realismo para mostrar la estética de los 50, cuando el país entraba a la modernidad alemanista. La estupenda escenografía de Elizabeth Álvarez y el vestuario de Estela Fagoaga contribuyen en gran medida a la vitalidad de esta antesala del periódico El Mundo, donde el teléfono, la máquina de escribir, los sillones y cada detalle de los objetos y la ropa juegan activamente en la escena y permite las diferentes dinámicas de los personajes. La escenografía tiene además un exterior en sombras donde vemos a los personajes en el pasillo, antes de entrar a las oficinas.

A ocho columnas se actualiza con nuestra brutal realidad de la prensa en México donde se matan periodistas, se les amenaza y tienen que salir del país, como Lydia Cacho, y al mismo tiempo se sigue en la lucha por una prensa libre e independiente, comprometida con la verdad y la justicia. l