“Deja de provocarme, Julio…”

Salón de banquetes del restorán Hacienda de los Morales, Ciudad de México. Siete de junio de 1976. Tarde.

En la mesa principal: Julio Scherer García incómodo, Julio Scherer García enojado, Julio Scherer García iracundo. 

Se puntualiza:

Julio Scherer incómodo por sentirse obligado como todos los años a participar en la ceremonia del Día de la Libertad de Prensa en la que se pronuncian discursos –uno del presidente de la República y otro del director de algún diario– que invariablemente deforman la realidad de la prensa mexicana; incómodo por la necesidad de compartir la comida e intercambiar saludos con periodistas venales, enemigos abiertos de Excélsior algunos de ellos y en general traidores a los deberes de la libertad de expresión; incómodo por mostrarse cómplice del desmedido homenaje al primer mandatario en turno a quien de manera explícita se venera como adalid de la prensa independiente.

Julio Scherer enojado porque este año el presidente de la República concedió uno de los premios nacionales de periodismo al locutor de televisión Jacobo Zabludovsky quien en los últimos meses ha encabezado la campaña televisiva contra Excélsior; enojado porque al honrar en la persona de Zabludovsky a una empresa al servicio de los intereses comerciales y políticos de un importante sector de la burguesía mexicana, contradice sus propias declaraciones contra el monopolio privado de la televisión; enojado porque con el otorgamiento de tal premio Echeverría desmerece en público la labor periodística realizada durante el año por el equipo de Excélsior y por el propio Julio Scherer, cuyos reportajes sobre la actualidad uruguaya –es un ejemplo– fueron presentados como pruebas testimoniales en el Congreso de Estados Unidos para exigir la suspensión inmediata de la ayuda militar norteamericana al gobierno de Uruguay.

Julio Scherer iracundo porque al terminar la comida Luis Javier Solana, subdirector de El Universal y presidente de la Asociación de Editores de Periódicos Diarios de la República Mexicana, organizadora del acto, se aproxima a Scherer para informarle en voz baja que ha sido incluido en la comisión encargada de entregar en ese instante a Echeverría un pergamino alusivo al acto.

–Yo no –rechaza Julio Scherer.

Luis Javier Solana se sorprende:

–El presidente nombró la comisión.

–Yo le entrego una chingada.

–Julio –exclama Solana y gira la cabeza de derecha a izquierda temeroso de que la expresión de su colega haya sido escuchada por los comensales vecinos. Insiste: –Por favor, Julio…

–Le entrego una pura chingada –repite Julio Scherer alzando la voz, y son varias las cabezas que ahora giran hacia él.

El director de Excélsior no acude a entregar el pergamino, pero acepta después formar parte de otra comisión (hubiera sido exagerar la rebeldía, jefe, ¿no es cierto? ¿de qué te ríes?) encargada de acompañar al presidente Echeverría del restorán Hacienda de los Morales a Los Pinos. 

Llega Scherer ante el mandatario ya puesto en pie, agradeciendo aplausos, y es el propio Echeverría quien atrae al periodista y le murmura en el momento de iniciar la marcha por el salón:

–Cógete de mi brazo. 

Julio obedece, pero en el instante mismo en que su brazo va a enjarrarse en el brazo del presidente un machetazo cae sobre la extremidad de Scherer: una mano de canto, golpe de karate, hace sentir al director de Excélsior que le han partido la muñeca. La voz del gigante es simultánea:

–¡Respete al señor presidente!

Julio Scherer se vuelve rápido hacia el guarura:

–No le estoy faltando al respeto –reclama–; me cogí de su brazo porque él me lo pidió.

Basta una mirada de Echeverría para ahuyentar al gigante, y la marcha prosigue: allá va el mandatario acompañado de Julio Scherer dolorido repartiendo sonrisas, cabeceos; los labios entrompados al pronunciar repetidamente el mu de muchas gracias muchas gracias que casi nadie escucha.

Disolvencia a: Interior. Camioneta blindada en movimiento. Día.

El presidente conversa con los periodistas de la comisión que lo acompaña hasta Los Pinos. Habla y habla y habla; calla de pronto, mira a Julio Scherer: 

–Se necesita hígado para aguantar a Excélsior (o algo parecido jefe, no me acuerdo; pudo haber dicho: mucho trabajo aguantar a Excélsior, o se necesita mucha paciencia. . ., en fin, el sentido era ése:) 

–Se necesita hígado para aguantar a Excélsior. 

–Hacemos el mejor periodismo que podemos, señor presidente, pensando en el país –responde Julio Scherer (o algo parecido jefe: trabajamos para el bien del país, nos esforzamos en hacer un buen periodismo, etcétera; pero eso dije y muy serio, encabronado:) 

–Hacemos el mejor periodismo que podemos, señor presidente, pensando en el país. 

Echeverría palmea a Julio, sonríe: 

–No estoy hablando en serio, Julio.

–Yo sí, señor presidente. 

Centro de Estudios del Tercer Mundo. Febrero de 1977. Personajes: Luis Echeverría, Luis Enrique Bracamontes, Vicente Leñero, Julio Scherer García. 

Echeverría tomó asiento en el sofá michoacano y junto a él se sentó Julio Scherer. Enfrente quedamos Bracamontes y yo, en sendos sillones.

–Disculpen –dijo el expresidente.

Sin pausas preguntó sobre nuestro recorrido por la Exposición del Tercer Mundo y el Salón del Sexenio, y sin pausas, antes de darnos tiempo a responder, inició un largo discurso en torno a la injusticia que vivían los países marginados (…)

Miré a Julio. Su rostro se había afilado y transparentaba tensión. Seguramente no escuchaba a Echeverría; más bien parecía hundido en los recuerdos de su carrera como periodista y en las ingratas relaciones con el poder. Por su parte, el expresidente se cuidaba de girar la cabeza hacia Julio. Tras el cristal ámbar de los lentes sus ojos me apuntaban, pero tal vez miraban sin mirar, extraviados en el remolino de su discurso.

Julio aprovechó una larga pausa de Echeverría para hablar por primera vez. Como si estuviera a punto de dar por concluida la entrevista, se refirió al reportaje sobre el salón del sexenio: quería saber si un fotógrafo y yo podíamos volver otro día a tomar datos con toda calma.

Echeverría miró al fin a Julio Scherer.

–Deja de provocarme –gritó de improviso–. ¡Qué necedad la tuya! Deja de provocarme, Julio, te lo advierto.

–No sé de qué me hablas –dijo Julio.

–Lo sabes. Me estás provocando. Supe que andabas preguntando qué tantas intrigas fragüé yo para el Nobel de la Paz y no sé cuántas otras tonterías. Mandaste a un reportero. Me estás vigilando. 

–Pero cómo te puedo estar vigilando –replicó Julio con una mueca. Se enderezó en el asiento.

–Me estás vigilando –gritó Echeverría–. Y te lo advierto, no me provoques.

–Tratamos de hacer unas entrevistas nada más, ésa no es una provocación. Somos periodistas. 

–Si quieres saber lo del Premio Nobel ven a preguntármelo a mí (…)

–No estoy inventando nada –dijo Julio. 

Echeverría había bajado el tono. Intentaba recobrar la serenidad y por medio de la ironía situarse por encima del periodista. 

–No me afectan tus provocaciones, Julio, no me llegan –quiso sonreír pero de su boca salió un ruido ronco–. Yo ya estoy fuera, déjame tranquilo y no me provoques porque no te lo voy a permitir –enfatizó–. Ya es tiempo de que nos olvidemos el uno del otro, ¿no te parece?

–Tú te puedes olvidar de mí pero yo no –dijo Julio–, porque aunque no seas presidente sigues siendo un hombre público y todo lo que haces es importante, periodístico. Yo soy periodista. l

Fragmentos tomados del libro Los periodistas (Joaquín Mortiz. 2003).