Ajuste de cuentas

En el trigésimo aniversario de Proceso, Julio Scherer publicó un emotivo recuento del origen e historia de este semanario, nacido luego del brutal golpe que desde la Presidencia asestó Luis Echeverría al periódico Excélsior. Y a pesar de ese recuerdo ingrato, el fundador de la revista dejó ver en dicho texto –que se reproduce en parte a continuación– la bonhomía que lo caracterizaba: lejos de insultar o difamar al expresidente, escribió que en todos los trabajos periodísticos de Proceso no le llegaba “el olor de la calumnia o su hermana menor, la difamación”.

Los aficionados al box sabemos que no hay golpe como el gancho al hígado. La violencia de su impacto trastorna el cerebro y descompone el cuerpo de la víctima. Sus piernas se aflojan y la guardia se viene abajo. Queda listo el espectáculo para la cuenta fatídica, los diez segundos.

En el ejercicio del periodismo como es, rudo por naturaleza, me estremecí al sentir el puño izquierdo hasta el fondo de la región hepática de un adversario irreconciliable. A la distancia de medio metro lo contemplé inerme y casi al instante se desplomó con un derechazo final en la quijada.

Luis Echeverría, boxeador sucio, perdió los grandes combates de su vida. El más significativo, Tlatelolco, lo marcó sin remedio. Firmado, dejó el testimonio de su participación en la tragedia: los muertos del dos de octubre también habían sido sus muertos. No se le ocurrió en aquel tiempo remoto que cargaría con la suerte adversa del criminal que olvida la pistola en el escenario que más tarde lo ­incriminaría.

En el informe al Congreso de la Unión, el primero de septiembre de 1969, el ­Presidente Gustavo Díaz Ordaz había asumido la responsabilidad única por los sucesos de la plaza mártir. Ante el enorme espejo de su soberbia se miró de cuerpo entero. Su amor a México y el pulso firme, el de un soldado de la República, habían abortado una conjura de rojo intenso contra la nación.

Al acecho del poder, Echeverría respiró a sus anchas. Las lenguas envenenadas que lo relacionaban con la matanza habían sido cercenadas por la palabra inapelable. El destino lo colmaba. Díaz Ordaz continuaría en su camino de lodo –“responsable único”– y él, Echeverría, avanzaría tranquilo al encuentro con la historia, Presidente de México.

Maquinador, urdió además su propia coartada: la tarde del dos de octubre, a la vista de todos, en Gobernación, se reuniría con David Alfaro Siqueiros. Así, cubierta la espalda por Díaz Ordaz y acompañado por el pintor comunista, nunca, nadie, podría escupirle a la cara: tú fuiste, “tú también”.

No había quien, en su sano juicio, pudiera imaginar al secretario de Gobernación ajeno a la plaza sangrienta. La lógica interna de los hechos lo señalaba con el índice rígido, inmóvil. Pero más allá de conjeturas y argumentos, faltaba la prueba sin réplica posible: la admisión de la culpa por parte de Echeverría, asesino y policía mayor en la década nefasta.

Los periodistas tenemos el azar de nuestro lado: tarde o temprano todo se sabe. 

Un rumor me llegó un día como un augurio alentador: el documento existía y habría que dar con él. No me sorprendió, poco después, que una mano generosa me confiara el pliego inestimable.

En el cenagoso lenguaje priista, el diez de noviembre de 1969, Echeverría expresó su adhesión a Díaz Ordaz. No hubo rubor para la loa. La mirada sin tiempo podría observarlos de nuevo en un abrazo estrecho, almas gemelas. El párrafo que cierra su carta lo muestra como es, entrecerrados los ojos, listo el cuchillo filoso de la traición.

Dice:

“Hoy expreso a usted, como ciudadano mexicano, mi solidaridad sin reserva hacia todos los actos de su Gobierno y mi sincera admiración por la obra moral, cultural y material que ha desarrollado en estos años, para bien del país.” (…)

Echeverría hizo suya la convocatoria presidencial al crimen en 1968, citó a la muerte el jueves de corpus de 1971, participó en la guerra sucia, dejó sueltos a torturadores y asesinos, vulneró la libertad de expresión, acumuló bienes y ejerció la traición con la puntualidad de un oficio. En su biografía sólo faltó el ingreso a una celda de Almoloya.

Después de su artera intromisión en Excélsior en 1976, nació Proceso y más de una vez me pregunté si el periodismo del que dimos cuenta, implacable hasta donde nuestras fuerzas alcanzaban, tuvo su origen en una pasión vindicativa o en un encendido revanchismo. No eran tolerables sujetos como Echeverría, construido con materiales de baja calidad ni resultaba admisible nuestra defunción por decreto. Nos habían arrojado de un gran diario, pero no eran dueños de nuestro futuro.

Hijas de la misma hoguera, la venganza y la revancha se parecen hasta en el lenguaje y a la distancia pueden confundirse. Ambas son obsesivas y exigen un brutal desgaste de energía. La venganza se instala en el aborrecimiento y la revancha ronda por ahí, pronta a ceder a la tentación del “todo se vale”. En mi fuero interno, en las meras vísceras, deseaba para Echeverría un daño grande, él que tanto daño había causado a tantos. Yo traía en la memoria, como en una libreta de apuntes, los cuerpos descuartizados y los rostros sin nariz ni boca que había visto en el archivo fotográfico de Proceso con enfermiza o catártica frecuencia. También llevaba conmigo crónicas y reportajes de la corrupción impune.

La vida la había vivido en Excélsior y de pronto me vi fuera. De un momento a otro sucesos encadenados me plantaron en un patético exilio. Las calles perdieron su sentido, daba lo mismo el norte que el sur y aprecié el inconmensurable valor de la rutina. Las citas en busca de información cayeron muy bajo y el teléfono enmudeció, inútil, agresivo.

En el derrumbe interior fueron conmovedores los testimonios de solidaridad jurada y cumplida “hasta la muerte”, los abrazos que cercan el corazón, las húmedas pupilas como única e incomparable expresión de dolorosa elocuencia. Pero el reportero y director no existiría más. Yo simulaba entereza, dominio sobre mí mismo y trataba de restarle importancia a un desprecio que me acosaba. Había perdido un gran periódico “por pendejo”, me zaherían. “Te cogieron, hermanito, y quiénes”, escuché muchas veces.

Me presionaba con ánimo de completar la derrota y perderme en un largo sueño. Una mañana, vacío el estómago, la presión peligrosamente baja, insomne y exangüe, caminé horas y horas en reclamo de un infarto. Las piernas me temblaban y más de una vez me sentí a punto de caer. Recuerdo a Susana, iluminados los ojos verdes por la fiebre del amor y la angustia, que tenía para mí dos expresiones: “No te vayas” o, simplemente, “ven”.

En estos largos treinta años he revisado los materiales de Proceso y vuelto a leer y releer mi propio trabajo. Abiertos los sentidos, no me llega el olor de la calumnia o su hermana menor, la difamación. A otros posiblemente alcance algún hedor, autores como son de libelos y libros apócrifos, expertos en la amenaza solapada, hábiles en la intimidación que derive en pesadilla.

El tiempo hace suya la historia y la escribe sin retórica. De Echeverría sólo da cuenta de los malos momentos que padece, hoy, los últimos de su vida. Acaso subsista por ahí algún grupo que jure por su honor que el expresidente ha sido hombre de bien, patriota, “santo laico”, que así llegó a llamársele en la aurora de su poder.

He vuelto los ojos a mis propios sentimientos. No tendría sentido desviar las líneas que corren por su interior. Me ocurre pensar que si mirara a Echeverría a punto de dar un paso en el vacío, no tendría valor para gritarle: “¡Cuidado, Luis!”.