En su historial, traiciones y matanzas

En el año 2000 el viejo régimen del PRI estaba por caer, pero Luis Echeverría Álvarez seguía vigente. Hacía un cuarto de siglo que había dejado la Presidencia, pero aún recibía en su residencia de San Jerónimo a personajes políticos, en una práctica que incomodó a quienes lo sucedieron en Los Pinos.

José López Portillo y Miguel de la Madrid tuvieron que actuar para detener el protagonismo del expresidente, quien desde que salió de Los Pinos rompió una de las reglas del sistema: el silencio de los exmandatarios.

López Portillo lo mandó lo más lejos que pudo: lo nombró “embajador plenipotenciario” en Australia, Nueva Zelanda y las Islas Fiji, para contener sus ímpetus en la política nacional.

Acabada la “misión diplomática” de Echeverría y de nuevo éste en México, De la Madrid de plano le dijo que sus tiempos ya habían pasado y arremetió contra sus políticas económicas. Era la franca ruptura de la familia del régimen surgido de la Revolución Mexicana.

De la Madrid, quien empezó a derribar las políticas estatistas de los sexenios anteriores, se valió de dos de sus secretarios para defenestrar a Echeverría: Carlos Salinas de Gortari, de Programación y Presupuesto, y Francisco Labastida, de Energía, Minas e Industria Paraestatal.

El propio Salinas de Gortari, ya en los noventa, acusó a Echeverría de estar detrás de lo que, dijo, era una campaña en su contra, tras haber dejado la Presidencia en medio de una crisis política, financiera y militar, con el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en enero de 1994, contra el que también declaró el habitante de San Jerónimo.

Tlatelolco y San Cosme

Echeverría encarnó la discordia entre los priistas incluso antes de asumir la Presidencia, el 1 de diciembre de 1970. Gustavo Díaz Ordaz, a quien le debió “el dedazo” en el rito sucesorio del régimen autoritario, vivió hasta el final de sus días arrepentido de haberlo hecho mandatario. 

En plena crisis por el movimiento estudiantil de 1968, Echeverría, secretario de Gobernación, trató de hacer ver a Carlos A. Madrazo como instigador de los estudiantes. 

Madrazo, quien había sido presidente del PRI en el primer año de gobierno de Díaz Ordaz, murió en un accidente aéreo en Monterrey, en junio de 1969, en plena lucha por la sucesión presidencial.

Como secretario de Gobernación Echeverría fue responsable de la Dirección Federal de Seguridad, la policía política del régimen priista, encargada del seguimiento a los líderes del movimiento estudiantil que fue aplastado en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.

Aunque Díaz Ordaz asumió la responsabilidad de la represión al movimiento, los estudiantes siempre señalaron a Echeverría como una de las cabezas detrás de la matanza. Lo mismo hizo, en 2002, la fiscalía encargada de investigar los delitos cometidos por el régimen del PRI, que lo procesó por genocidio; hasta ahora ha sido el único expresidente mexicano sometido a un proceso judicial, con un cargo tan grave y por el que pagó incluso prisión domiciliaria en 2009, a los 87 años. 

Obtenida la candidatura presidencial en 1969, Echeverría se deslindó de la represión y se disculpó por la actuación de los militares en la matanza, razón por la que Díaz Ordaz sopesó la idea de bajarlo de la candidatura.

Nunca se lo perdonó. La familia del expresidente tampoco. Cuando Díaz Ordaz murió, en 1979, Echeverría se presentó al sepelio. Apenas estuvo cinco minutos, ante el rechazo de los deudos.

El 10 de junio de 1971 ocurrió una segunda matanza de estudiantes, cuando Echeverría ya era presidente. Esta vez no fueron los militares sino un grupo paramilitar entrenado por el general Manuel Díaz Escobar en lo que era el Departamento del Distrito Federal (DDF). En San Cosme, Los Halcones reprimieron a los estudiantes que salían por primera vez desde la masacre de Tlatelolco. 

Echeverría negó la participación gubernamental y responsabilizó a los propios estudiantes. De paso se sacudió a uno de sus principales opositores, Alfonso Martínez Domínguez, el jefe del DDF, a quien le pidió la renuncia después de solicitarle que organizara una magna manifestación en apoyo al presidente ante la nueva matanza estudiantil. A Díaz Escobar lo mandó a Chile como agregado militar. 

Aspiraciones frustradas

Dos años después Augusto Pinochet derrocó al gobierno chileno de Salvador Allende, a quien Echeverría apoyaba en su discurso público, pero a quien consideraba, como a Fidel Castro, una amenaza para América Latina.

Martínez Domínguez tampoco lo perdonó y en un relato publicado por Heberto Castillo en este semanario (Proceso 136) contó, en 1979, cómo en junio de 1971 Echeverría había ordenado llevar los cadáveres de San Cosme al Campo Militar Número 1 para borrar toda evidencia sobre la matanza de estudiantes, a quienes había acusado de querer “calar” a su gobierno.

La Fiscalía para los Delitos del Pasado lo acusó de genocidio por las dos matanzas. Ninguna de las acusaciones prosperó. Aunque la justicia reconoció que en el caso del 2 de octubre sí hubo genocidio, no encontró pruebas para inculparlo. 

Los estudiantes tampoco lo perdonaron. Todavía como presidente, en marzo de 1975 fue a Ciudad Universitaria a inaugurar el curso escolar. Salió del lugar en vilo, protegido por el coronel del Estado Mayor Presidencial Jorge Carrillo Olea, después de que una pedrada lo descalabrara.

Un mes después, como desagravio, la Universidad de Guadalajara le dio el doctorado honoris causa, mismo que le quitó cuatro años después por considerarlo “autor intelectual y responsable histórico del asesinato de Carlos Ramírez Ladewig, primer presidente de la Federación de Estudiantes de Guadalajara.

En las postrimerías de su gobierno, bajo la bandera de lo que definió como el Tercer Mundo –ni socialista ni capitalista, en la era de la Guerra Fría–, abrió su Centro de Estudios del Tercer Mundo. Desde allí pretendía construir una plataforma para llegar a la Secretaría General de la ONU.

Logró que el entonces secretario de las Naciones Unidas, el austriaco Kurt Waldheim, pusiera la primera piedra del centro, en San Jerónimo, muy cerca de la casa de Echeverría. 

A la postre se conoció el pasado nazi de Waldheim.

Años después también se supo de la traición de Echeverría a Allende y Castro. Kate Doyle, responsable del Programa México de los National Security Archives, logró desclasificar las grabaciones de un encuentro que en 1972 tuvieron Echeverría y el presidente estadunidense Richard Nixon.

Ahí acordaron que el mexicano se convirtiera en “la voz de América Latina” para contrarrestar la influencia de Allende y Castro. Echeverría incluso le compartió al estadunidense información sobre las actividades de activistas de Estados Unidos, como Angela Davis, a favor de comunidades mexicanas en ese país.

Los planes de ambos mandatarios se vinieron abajo con el Watergate, que derivó en la renuncia de Nixon, y con la revelación de que desde que era secretario de Gobernación, Echeverría había sido cooptado por la CIA y se había sumado a los planes anticomunistas en América Latina. Su nombre clave fue Litempo 8.

Sin apoyo internacional y confrontado con sus sucesores, Echeverría vio cómo se cayeron sus planes para ser dirigente mundial.

El final de su gobierno quedó marcado por el golpe que en julio de 1976 le dio al periódico Excélsior, dirigido por Julio Scherer García. El periodista y sus principales colaboradores fueron expulsados de la cooperativa y en noviembre de ese mismo año publicaron el primer ejemplar de la revista Proceso.