Unos opinan que se trata de la mejor película del año, lo cual haría indiscutible el premio del Oscar, mientras otros la califican de la peor; entonces, por más que sorprenda Christian Bale con su régimen de engorda para personificar al sinestro Dick Cheney en El Vicepresidente (Vice; EU, 2018), su recompensa no pasaría de la actual nominación al codiciado premio.
El problema no es tanto que esta cinta de Adam McKay merezca o no sus Oscar, sino que aún falta suficiente distancia para estimar los estragos de la política americana y su guerra contra el terrorismo en lo que va del siglo; McKay, escritor y guionista de la película, emplea un exceso de subterfugios para asegurar su mensaje: un falso final felíz a mitad de la película a manera de desarticulación del código del biopic; además, un epílogo donde reprocha al público su gusto por Rápido y furioso en vez de pelear por sus derechos, y así hace recuento de los males del país, masacres en las escuelas, entre muchos.
Como de la vida privada del oscuro y elusivo vicepresidente de Bush se sabe poco, en realidad Vice se desata en imaginar escenas que habrían tenido lugar entre Bush II y su brazo derecho; la sátira política que resulta tiene momentos hilarantes; Sam Rockwell personifica a un Bush con síndrome de atención a quien sólo le preocupa la aprobación del padre, situación que Cheney capta y transmite apenas con un movimiento de párpados. Vale la pena ver la cinta una segunda vez para apreciar el juego de ojos y miradas que orquesta McKay, experto en sátiras (La gran apuesta), con el gabinete de Bush.
Bale declara que se inspiró en una imagen del diablo para su trabajo, pero resulta obvio que el Padrino de Marlon Brando participa también en la construcción del personaje.
Dos mensajes quedan claros: El primero es una simple reflexión de por qué tamaño cachalote, como Dick Cheney, alcohólico de partida, sin formación académica, se filtró y llegó a convertirse en el vicepresidente norteamericano más poderoso de la historia; el segundo mensaje es didáctico, muestra cómo Cheney formó su propio equipo de abogados para modificar y promover leyes que terminaron por otorgar al mandatario supremo algo así como la infalibilidad del Papa y propiciar de esa manera el advenimiento de un gobierno como el actual.
Ambos mensajes apuntan a un personaje que no requiere ser nombrado, sólo faltaba que Cheney, en vez de ser aficionado a la pesca, lo fuera del golf; además de referirse al puesto, Vice, el título en inglés, es vicio, sí, la adicción al alcohol, pero más la depravación del poder; aunque excesivo, el juego de diálogos shakespirianos entre Cheney y su esposa (Amy Adams) en pentámetros yámbicos, propone una lectura de Lady Macbeth. La inspiración diabólica de Christian Bale tendría mucho sentido.








