El presidente francés, Emmanuel Macron, enfrenta desde hace semanas un dilema: ¿Cómo desactivar una situación tan explosiva?
Muy a pesar suyo hizo concesiones. El 5 de diciembre canceló el alza del impuesto a los combustibles; cinco días más tarde se dirigió al pueblo francés para comunicar su decisión de destinar 10 mil millones de euros al aumento de su poder adquisitivo y su intención de organizar un debate nacional para convertir “el coraje de muchos en soluciones para todos”.
El lunes 14 publicó una carta abierta para dar a conocer las grandes líneas de ese debate que se llevará a cabo en todo el país, se prolongará hasta el 15 de marzo y girará alrededor de cuatro grandes temas: fiscalidad y gastos públicos, organización de los servicios públicos, transición ecológica y democracia, ciudadanía e inmigración.
Un día después Macron lanzó oficialmente esa consulta inédita en Grand Bourghtheroulde, pueblito de Normandía de escasos 3 mil habitantes, durante una reunión de seis horas con 600 alcaldes de la región. Luego pasó el relevo a sus conciudadanos.
Organizado a marchas forzadas y de forma muy improvisada, ese “gran debate nacional” tomó a todo mundo por sorpresa, plantea muchas interrogantes y genera mucho más escepticismo que esperanza.
Muchos lo ven como una estrategia para dividir y aislar a los Chalecos Amarillos, que contaban con el apoyo de 85% de la población gala al inicio de su movimiento y que hoy todavía sigue inspirando simpatía a 51% de sus compatriotas.








