El anuncio de Donald Trump de que retirará a las tropas estadunidenses de Siria indignó a sus aliados y entusiasmó a sus rivales. Y además, su desconcertante oferta de crear una franja desmilitarizada de 32 kilómetros entre Turquía y Siria detonó un debate cuando Ankara se ofreció a llenar ese espacio. La zona en cuestión es la habitada por los kurdos, socios eficaces en la lucha de Estados Unidos contra el Estado Islámico y enemigos seculares de los turcos… y el presidente estadunidense se apresuró a amenazar al mandatario turco, su aliado en la lucha contra el yijadismo, si se atreve a ocupar la región. Mientras tanto, Vladimir Putin se frota las manos…
La política exterior de Estados Unidos depende de lo que tuitee cada mañana su presidente, Donald Trump. Una y otra vez, a lo largo de los dos años de su administración, a quien le toque ocupar en el momento las secretarías de Estado y de Defensa, y otros puestos relevantes, han debido apresurarse a controlar los daños causados y corregir lo que se pueda.
El 20 de diciembre Trump anunció el retiro de Siria de los 2 mil 200 soldados estadunidenses en un plazo de 60 a 90 días, sorprendiendo e indignando a sus aliados y entusiasmando a sus rivales. Alertado de algunas de las consecuencias negativas de su decisión, especialmente de que los kurdos –que con el apoyo de Washington han llevado el peso del combate contra la organización Estado Islámico (EI)– serían prontamente atacados por el ejército turco, quiso resolver con otro mensaje en redes, tan sencillo como una amenaza directa, contenida en apenas dos tuits, contra Turquía.
Y ésta, prontamente, respondió con un desafío.
Pero algunos de los actores políticos han detectado que las afirmaciones de Trump, por su desconocimiento de los temas, suelen ser tan generales que tienen lagunas que pueden ser aprovechadas por quien, en lugar de llevar la contraria, quiera llenar los vacíos con interpretaciones propias.
Ante la idea del estadunidense de crear un colchón de separación de 32 kilómetros de ancho en Siria, a lo largo de la frontera con Turquía, kurdos y turcos están compitiendo por darle forma a conveniencia. Recep Tayyip Erdogan, el presidente turco, presenta como casi un hecho que la implementación estará a cargo de su ejército, lo que sobre el terreno representaría la ocupación militar de la mayor parte de las ciudades kurdas.
Sus rivales replican que no, que la mejor propuesta es que no se trate de una “zona de seguridad”, como quiere Erdogan, sino de una “zona segura”, sin presencia militar, bajo la tutela de “garantes internacionales que prevengan una intervención extranjera”. El plan turco es inaceptable, advierten, pero de la otra forma, “nuestros combatientes están listos para ayudar”.
En el fondo está la supervivencia de Rojava, la región del norte de Siria que tiene mayoría kurda, que durante la guerra alcanzó una autonomía que desea conservar y que el gobierno turco quiere destruir. Y el ataque del EI el miércoles 16, el que más víctimas ha causado entre estadunidenses, demuestra que, contra lo que afirma Trump, los yijadistas no han sido derrotados.
Invasión con jardín
Ni kurdos ni turcos utilizan el sistema de longitud anglosajón, pero sus líderes hablan ahora de 20 millas (el equivalente de 32 kilómetros) porque eso fue lo que puso Trump en Twitter, sin explicar en 280 caracteres cómo es que llegó a la conclusión de que es lo necesario y suficiente.
El primer impulso de Ankara había sido confrontarse con la Casa Blanca, en realidad. Después de que Trump ordenó sacar las tropas estadunidenses, los militares turcos apresuraron los preparativos para lanzar una ofensiva contra las fuerzas kurdas, que a su vez –tras declararse “traicionadas” por la decisión de Washington– se acercaron a los gobiernos de Moscú y Damasco para ceder ciertos territorios y que los ocuparan brigadas sirias, que de esta forma complicarían el avance turco.
El consejero de seguridad nacional John Bolton dijo entonces que Turquía garantizaría no atacar a los kurdos, Erdogan replicó que por supuesto que nada de eso y Trump dio un manotazo en la mesa el domingo 13:
“Voy a devastar económicamente a Turquía si golpea a los kurdos. Crearé una zona segura de 20 millas…” tuiteó.
“Hemos dicho repetidas veces que no nos da miedo y que no nos intimidarán con amenazas”, respondió airado, el lunes 14, el ministro turco de Exteriores, Mevlut Cavusoglu. “Las amenazas económicas contra Turquía no van a ningún lado”. Estados Unidos “es un aliado en el que no se puede confiar”, añadió Yasin Aktay, consejero de Erdogan, quien añadió una descripción del desorden dentro del Washington de Trump con la que muchos concordarán: “Los problemas y malos entendidos (…) son resultado de la confusión y la cacofonía entre los actores en diferentes niveles de la administración y las instituciones de EU”.
En Turquía fue un escándalo: incluso políticos de oposición y los pocos medios relativamente independientes se alinearon con el gobierno en el rechazo a la amenaza. Se esperaba que Erdogan, que hablaría el martes 15 ante el Parlamento y ha creado una marca propia con su gusto por el conflicto y la retórica agresiva, reafirmara la actitud de confrontación.
Sorpresa: evadió el tema de la devastación económica anunciada por Trump. Se limitó a reconocer que “ese mensaje nos alteró a mí y a mis amigos”, pero todo se había arreglado en la noche del lunes, en una conversación telefónica con el estadunidense que fue “muy positiva”.
La frase “crear una zona segura de 20 millas” quedó suelta en el aire, sin compañía de alguna precisión. Los funcionarios trumpistas no sabían cómo explicarla. Su secretario de Estado, Mike Pompeo, que estaba saliendo a una gira por países aliados de Medio Oriente con la esperanza de tranquilizar a sus gobernantes por la súbita retirada de tropas, de pronto se encontró en dificultades para darle sentido.
“Se trata de asegurarnos de que la gente que peleó con nosotros tenga seguridad, y también de que los terroristas que actúan en Siria no puedan atacar en Turquía, son objetivos gemelos”. Pero, ¿cómo se va a llevar a cabo el plan? La “metodología precisa”, repuso, “está por definirse”.
El vacío ofrecía una oportunidad, casi una invitación a llenarlo. Erdogan aseguró que en realidad era una idea suya, que años atrás se la había propuesto a Barack Obama y que ahora la había discutido de nuevo en su charla con Trump, quien se había pronunciado a favor de ella.
La zona “será formada por nosotros”, añadió, y si Estados Unidos “nos da apoyo logístico y financiero, con la condición de proteger la seguridad de la gente, podremos establecerla”. Hasta con obsequios: “Podremos proveer servicios”, dijo después a la prensa, en entrevista de pasillo. “Mi plan es construir casas de dos plantas con jardines de 500 metros cuadrados para que los habitantes puedan construir una nueva vida”.
Turquía presiona
Las 20 millas que se le ocurrieron a Trump resultaron convenientes para Erdogan. Cinco de las seis ciudades bajo control kurdo se encuentran sobre la frontera o a menos de 32 kilómetros. Sólo Hassaka está a 60 kilómetros.
Pero no les vienen tan bien a los kurdos, a quienes les resulta difícil creer en las prometidas residencias verdes.
Las suspicacias se originan, sobre todo, en que Erdogan no ha demostrado, en el discurso y en los hechos, querer ganarse la amistad de los kurdos. En 2015, en vísperas de comicios, movilizó al electorado nacionalista rompiendo el proceso de paz que sostenía con el guerrillero Partido de los Trabajadores del Kurdistán, declarando el reinicio de la guerra y lanzando al ejército a ocupar las poblaciones kurdas.
Turquía ve con desconfianza que en Irak, a raíz de la lucha contra Sadam Husein, los kurdos lograron establecer una región autónoma, pero ésta se mantiene bajo soberanía iraquí y hasta ahora conviven con ella. Lo que no toleran, en cambio, es que en Siria, los kurdos no se alinearon con las fuerzas rebeldes ni con las del gobierno, sino que formaron una milicia propia, las Unidades de Protección del Pueblo (YPG), y con ella defendieron y consolidaron el control de las zonas donde son mayoría demográfica, en la franja norte, a lo largo de la frontera con Turquía.
La emergencia provocada por la irrupción del EI, que en 2014 se apoderó de gran parte de Siria e Irak, hizo que todos los bandos se unieran en su contra. En ambos países, fuerzas kurdas fueron las primeras que detuvieron el avance yijadista. Y las YPG, en particular, formaron la estructura militar que, en alianza con Estados Unidos, logró arrancarle casi todo su territorio en Siria a la organización extremista, bajo grandes costos humanos.
En su retaguardia, sin embargo, afrontaba la presión del ejército turco, que conquistó a sangre y fuego el cantón kurdo de Afrin (con saldo de 2 mil 500 muertos y 300 mil desplazados) y amenazaba con avanzar sobre la ciudad de Mambij. Para proteger a sus aliados kurdos, el Pentágono colocó a algunas de sus tropas entre los dos bandos, a manera de escudo.
Pero ya se las va a llevar. Pese a que el EI retiene un par de bolsones en Siria, y contra la opinión expresa de franceses, británicos, israelíes y sauditas, Trump declaró en diciembre: “Los hemos vencido” y ordenó la retirada.
Erdogan anunció entonces que la ofensiva contra Rojava se iniciaría apenas se retiraran las tropas estadunidenses, aunque advirtiendo que su paciencia tenía límites. Unidades blindadas turcas empezaron a entrar en Siria, para alinearse frente a las posiciones enemigas, y parte de su fuerza aérea se desplazó a bases cercanas. Los kurdos, que sólo cuentan con armamento ligero para resistir, empezaron a cavar trincheras.
La veloz respuesta de Erdogan pareció encontrar distraídos a los kurdos. Si Turquía imponía este contenido, los atraparía en su “zona de seguridad”. De entrada la rechazaron.
Pero también se dieron cuenta de que podían asentar su propia interpretación: Trump había escrito “zona segura”, no “de seguridad”. Tardaron 24 horas en revirar: “Ofreceremos todo el apoyo y la asistencia a la implementación de la ‘zona segura’”, anunciaron el miércoles 16, añadiendo un objetivo de carácter ético: “De forma que garantice que todas las sectas y etnicidades que coexisten sean protegidas de la aniquilación”.
La disputa entre Washington y sus dos aliados, que entre ellos son enemigos, complacía a las dos potencias rivales de Estados Unidos: Rusia e Irán. “Donald está en lo correcto”, había declarado el presidente ruso, Vladimir Putin, en diciembre, cuando se anunció el retiro de tropas.
Ahora, “estamos convencidos de que la mejor y única solución es la transferencia de estos territorios al control del gobierno sirio, de sus fuerzas de seguridad y estructuras administrativas”, sostuvo Sergey Lavrov, canciller ruso. De esta forma, “podrán volver a vivir bajo un solo gobierno, sin interferencia del exterior”.
La sangrienta disputa por el norte de Siria se encerró unos días en un debate ideológico y semántico. Pero el EI se hizo cargo de darles un golpe de realidad en forma de atentado con bomba en Mambij, el primero en esa zona en dos años, que mató a 19 personas, incluidos cuatro estadunidenses, el miércoles 16.








