La violenta radicalización de los Chalecos Amarillos

Los Chalecos Amarillos nacieron con una demanda muy simple –no aumentar el impuesto a los combustibles– que no fue escuchada. Esto dio pie a una serie de manifestaciones en muchas ciudades francesas. La exigencia siguió en el limbo y el gobierno respondió con agresiones que provocaron una respuesta violenta de los ciudadanos que a su vez llevó a las fuerzas del orden a reaccionar en la misma clave. Además, poco a poco el movimiento se ha ido radicalizando y sus exigencias ya son otras, si es que las hay, y tienen que ver con el racismo, la xenofobia y el odio contra la clase política y los medios.

París. Historiadores y observadores de la vida política francesa coinciden: el nivel de violencia que ahora sacude al país desde que nació el movimiento de los Chalecos Amarillos, no tiene precedente en la historia de la V República; destacan también tanto la brutalidad institucional como la de los manifestantes.

El movimiento nació en las redes sociales el pasado 17 de noviembre con una protesta por el alza del impuesto a los combustibles, a la que el presidente francés, Emmanuel Macron, y su primer ministro, Édouard Philippe, no le prestaron atención.

Esa sordera gubernamental llevó a los manifestantes, que enarbolan el chaleco fluorescente de seguridad que por ley cada automovilista debe tener en su vehículo, a ampliar sus demandas y endurecer su lucha. Al paso de las semanas su movilización se convirtió en una revuelta contra la baja del poder adquisitivo de millones de franceses y acabó con un cuestionamiento al sistema de democracia ­representativa.

Su primera marcha movilizó a 300 mil personas en toda Francia y terminó con enfrentamientos entre manifestantes y policías en la emblemática avenida de los Campos Elíseos. Siguieron cuatro sábados de protestas menos concurridas pero mucho más virulentas, con escenas de violencia urbana y actos de vandalismo. Y tras una breve pausa navideña, el movimiento está recobrando fuerza.

Recuento trágico

Según los datos oficiales –únicos disponibles, pues los Chalecos Amarillos no tienen un sistema fidedigno de conteo–, 50 mil personas volvieron a manifestarse en Francia el sábado 5; y 84 mil, el sábado 12.

De nuevo hubo escenas de gran brutalidad. Destaca el asalto, el sábado 5, contra el edificio del Ministerio de Relaciones y del Parlamento, de donde Benjamin Griveaux, vocero del gobierno, tuvo que ser desalojado por una puerta trasera.

Cifras manejadas por el gobierno y por grupos de la sociedad civil permiten medir el nivel de esa violencia, donde destaca que 11 personas murieron accidentalmente a raíz de los bloqueos viales que realizan los Chalecos Amarillos desde el 17 de noviembre.

No se sabe el número exacto de manifestantes heridos durante los enfrentamientos. El Ministerio del Interior habla de mil 700 civiles lesionados entre mediados de noviembre y el pasado jueves 10. Los internautas del sitio web Desarmémoslos estiman que la represión ha cobrado entre 2 mil 500 y tres mil heridos.

El matutino Libération documentó 94 casos de heridos de gravedad, 69 de los cuales lo fueron por disparos de LBD 40 –lanzadores de balas de goma– que empiezan a remplazar a los Flash-ball. Catorce personas alcanzadas por estos proyectiles perdieron ojos, 10 más quedaron con las mandíbulas destrozadas, mientras que otras acabaron desfiguradas. Se mencionan casos de “genitales pulverizados”.

El diario da la lista completa de las víctimas y señala casos de manos arrancadas por explosión de granada, traumatismos craneales por golpes de cachiporra, quemaduras profundas ocasionadas por gases lacrimógenos disparados a poca distancia…

El Ministerio del Interior reconoció que para enfrentar el “acto III” de los Chalecos Amarillos, el pasado 1 de diciembre, la policía disparó mil 193 balas de goma, mil 40 granadas de aturdimiento y 339 granadas GLI-F4, particularmente dañinas. Fue la primera y última vez que se publicó ese tipo de información.

El uso de los LBD 40 y de los Flash-ball hizo que el jueves 17, Jacques Toubon, el muy respetado defensor del Pueblo, volviera a exigir que se prohíban en operativos de mantenimiento del orden. Lleva más de tres años insistiendo en la alta peligrosidad de semejantes armas.

Según denuncias del vespertino Le Monde, el pasado 23 de diciembre el Ministerio del Interior adquirió mil 730 nuevos LBD 40.

Ante la creciente polémica sobre los estragos causados por estos lanzadores de balas de goma, Éric Morvan, director general de la Policía Nacional, envió telegramas a sus tropas para recordarles que sólo pueden apuntar al torso y los miembros inferiores de los manifestantes a una distancia mínima de 10 metros y que tienen prohibido disparar a la cabeza.

Más inquietante: se observó y grabó a CRS (efectivos del Cuerpo Republicano de Seguridad) armados con fusiles HK G36 durante la manifestación parisina del sábado 12. Es la primera vez desde el inicio de las protestas que esa arma de guerra es puesta a disposición de las unidades de lucha antiterrorista desde los atentados de 2015.

Detenidos y encarcelados

Hasta la fecha, 300 manifestantes han presentado quejas contra las fuerzas del orden ante la Inspección General de la Policía Nacional, 78 de las cuales desembocaron en investigaciones judiciales. Entre los demandantes hay no sólo manifestantes que fueron heridos por policías, sino también chalecos amarillos que consideran haber sido arrestados arbitrariamente.

Según datos oficiales, entre el 17 de noviembre y el 17 de diciembre, en toda Francia 4 mil 570 personas fueron detenidas y mantenidas bajo custodia; 3 mil 747 de ellas fueron condenadas a realizar trabajos de interés general o a llevar brazaletes electrónicos. A muchas se les prohibió participar en las manifestaciones y 216 acabaron en la cárcel.

Es un récord en los anales franceses de los movimientos de protesta y aún falta por publicarse el número de detenciones y condenas entre el 17 de diciembre y el pasado jueves 17.

Los defensores de los derechos humanos se muestran cada vez más preocupados por esa “judicialización” del mantenimiento del orden y por la creciente militarización. Las autoridades políticas y policiacas se justifican con el argumento de que tienen que enfrentar protestas de una violencia sin precedente en las últimas décadas.

El Ministerio del Interior habla de mil 50 policías, gendarmes y bomberos heridos, muchos –no precisa cuántos– de gravedad, y denuncia el uso de todo tipo de “armas” contra los representantes del orden: adoquines, barras metálicas, bates de beisbol, ácido, manoplas de metal, escombros, cocteles molotov, cohetones… También insiste en las escenas de “guerrilla urbana” y de pillaje que siembran pánico en muchas ciudades.

La franja más agresiva de los Chalecos Amarillos la forman activistas de organizaciones semiclandestinas de ultraderecha o de ultraizquierda, grupos anarquistas y manifestantes sin ideología que se radicalizaron en la marcha y que tienen una meta: atacar al mayor número posible de policías. Esto es lo que reivindican ellos en las redes sociales.

Se multiplican videos virales de conatos de linchamiento de policías y bomberos. Uno de los más populares en internet es el de Christophe Dettinger, excampeón de boxeo, grabado en París cuando tundía a puñetazos a un CRS el pasado sábado 5. Se supo después que había “reforzado” con plomo sus guantes. El pugilista acabó entregándose a la policía el lunes 7 y hoy está en la cárcel, en espera de juicio.

Los internautas abrieron una página web de solidaridad con su “héroe”, lo que les permitió recaudar 114 mil euros en dos días. El gobierno ordenó el cierre del sitio al tiempo que Renaud Muselier, dirigente regional de Los Republicanos (organización de derecha), abrió su propia página de solidaridad con los policías heridos y juntó más de 1 millón de euros en escasas 48 horas.

Contra diputados y periodistas

Los policías no son los únicos blancos de la corriente más violenta de los Chalecos Amarillos. También lo son los diputados de La República en Marcha (LREM), partido
en el poder. Se calcula que alrededor de 50 han sido víctimas de agresiones.

Destaca el caso de Jean Francois Mbaye, diputado de origen senegalés, quien denunció el viernes 4 haber recibido una carta plagada de insultos racistas. ‘Te vamos a disparar una bala en la cabeza. Te vas a morir’, concluyó el autor anónimo de la “misiva”.

El 14 de diciembre unos 40 chalecos amarillos se reunieron frente a la casa del diputado Bruno Questel y dispararon al aire. El legislador tuvo que pedir protección a los gendarmes. “Hoy constatamos un rechazo global de los poderes públicos y una falta de respeto para con los elegidos, vistos todos como enemigos”, denunció.

Según el historiador Christophe Bellon, citado por el vespertino Le Monde, esa multiplicación de agresiones virulentas contra diputados, que no tiene antecedentes en la V República, recuerda las violentas revueltas campesinas de los treinta: “Siempre se dan ese tipo de brotes antiparlamentarios cuando se juntan crisis sociales, crisis económicas y un contexto internacional demasiado tenso”, advierte.

Cada vez más diputados de LREM presentan demandas judiciales contra sus agresores, varios viven ahora con protección policiaca y algunos se dicen a punto de renunciar a su cargo.

Los periodistas no escapan a la agresividad de los chalecos amarillos más radicales. Numerosos reporteros, fotógrafos y camarógrafos de canales de TV y agencias de noticias cubren las manifestaciones de los Chalecos Amarillos protegidos por guardaespaldas. La violencia desatada en su contra alcanzó su clímax durante las marchas del sábado 12.

Como denunciaron los directivos del grupo televisivo privado TF1, uno de los equipos del Canal LCI, integrado por dos reporteros y dos guardaespaldas, fue atacado por chalecos amarillos en Rouen. Uno de los dos agentes de seguridad agredidos acabó desfigurado. En París, una periodista de la misma cadena fue golpeada y tirada al suelo por manifestantes. Fue rescatada por manifestantes que se enfrentaron con sus pares enfurecidos.

Una videasta de la cadena televisiva estatal France 3 y dos fotógrafos fueron expulsados de una manifestación en Marsella y se les impidió hacer su trabajo.

El caso más dramático se dio en Toulouse. Perseguida por manifestantes, una reportera del diario La Depeche du Midi logró huir y encerrarse en su coche. Se salvó gracias a manifestantes que intervinieron en el momento en que sus perseguidores intentaban forzar las puertas del vehículo mientras amenazaban con violarla.

En la noche del viernes 11 al sábado 12, chalecos amarillos impidieron la distribución del diario La Voix du Nord en la ciudad de Valenciennes, al tiempo que otro grupo bloqueó los camiones repartidores del diario L’Yonne Républicaine en el noreste del país.

En todas partes los activistas justificaron sus “ medidas punitivas” acusando a los medios de manipular la información y de estar al servicio del poder.

“Sin duda se dio un salto sumamente peligroso durante el acta IX de las manifestaciones de los Chalecos Amarillos”, denunció el domingo 13 Christophe Deloire, secretario general de Reporteros sin Fronteras, quien rindió homenaje a los manifestantes que protegen a los periodistas al tiempo que condenó el radicalismo de quienes “ejercen un chantaje antidemocrático inaceptable”.

“Nos dicen: ‘Si no cubren los acontecimientos tal como nosotros lo queremos, tenemos derecho de molestarlos, agredirlos e inclusive de lincharlos’”, enfatizó Deloire.

Dos días después, el Sindicato Nacional de Periodistas y 30 asociaciones gremiales de prensa difundieron un comunicado de protesta, ¡No, la prensa no debe ser un chivo expiatorio!, en el que recuerdan tanto a los manifestantes como a las fuerzas policiacas que “impedir que los periodistas hagan su trabajo significa impedir que se informe a los ciudadanos y amenazar la democracia”.

Según los últimos recuentos extraoficiales, unos 30 reporteros fueron heridos por la policía. Aún no se tiene el número exacto de periodistas atacados por chalecos amarillos.