Kandinsky justifica el recorte presupuestal

En el sector correspondiente a las artes visuales, la reducción al presupuesto de Cultura para 2019, lejos de ser un factor negativo en su desarrollo, es una posibilidad para ordenar el derroche que impera en el ámbito museístico del Instituto Nacional de Bellas Artes. En concreto, en los museos Tamayo y del Palacio de Bellas Artes (MPBA).

Con ingresos mensuales para sus directores que rebasan los 100 mil pesos mensuales, ambos museos exigen una evaluación de desempeño que justifique tanto la generosidad de los salarios como la pertinencia, calidad, costo y erogación de las exhibiciones.

Para cerrar la programación del sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, el director del MPBA, Miguel Fernández Félix, eligió una muestra de Wassily Kandinsky que aparenta una grandiosidad que no tiene. Integrada por 60 piezas que en su mayoría corresponden a obras sobre papel –estampas, acuarelas, dibujos–, las 25 pinturas que se exhiben no pertenecen al conjunto de las grandes creaciones del fascinante pintor y teórico nacido en 1866 en Moscú.

Dedicado a organizar muestras monumentales de contenido internacional, el desempeño de Fernández Felix durante el sexenio se caracterizó por la realización de muestras disparejas en calidad y de muy alto costo, entre las que sobresalieron, por la mediocridad de su contenido y la falsedad de su comunicación mercadológica, las pésimas realizadas en 2015 con el título de Leonardo da Vinci y la idea de la belleza, y Miguel Ángel Buonarroti, un artista entre dos mundos. Esta última, con un costo totalmente injustificado de 11.6 millones de pesos (Luis Carlos Sánchez, Excélsior, 31 de octubre 2018).

Con un costo aproximado de 12 millones de pesos, la muestra Kandinsky, pequeños mundos, si bien tiene el acierto de presentar obras que abarcan toda la trayectoria del artista, decae en el contenido debido a las imprecisiones de la narrativa curatorial y la modestia de las piezas. 

Dividida en cinco núcleos curatoriales que en general coinciden con las estancias territoriales que marcan la vida creativa de Kandinsky, las dos primeras secciones plantean interpretaciones cuestionables al establecer diferencias entre las secciones Raíces rusas y la Inundación del color: desde sus años formativos en 1896 en Munich, Alemania, Kandinsky inicia una exploración formal, psicológica y espiritual del color. En sus narrativas vinculadas con paisajes y folclor ruso, la problemática pictórica no es el tema, es el color.

Sin abordar los niveles creativos y analíticos que Kandinsky definió como Impresiones, Improvisaciones y Composiciones, la muestra omite también la presentación del estupendo periodo del Jinete Azul en Munich  (1911-1914) mientras enfatiza, con numerosas piezas, el insignificante periodo de su regreso a Moscú (1914-1921). Su época como docente en la Bauhaus de Alemania (1922-1933) es lo mejor del conjunto y está representado por una selección de sus interesantes grabados denominados Pequeños mundos.

Trabajados en 1922 para la editorial Propyläen, los 12 grabados concebidos como entidades cósmicas autónomas y realizados en tres conjuntos con técnicas distintas, relacionan la punta seca con la precisión de la línea; la xilografía con la interacción entre la forma, el fondo y las texturas; y la litografía con la pictoricidad de las marcas y colores. 

Creador de una abstracción dinámica en la que líneas interactúan con cromatismos, círculos y espiritualidades, el artista vinculó el arte con la técnica y la naturaleza entre 1934 y 1944 durante el final de su vida, en París. Y a pesar de algunas atractivas piezas de este periodo, la exposición de Kandinsky no merece 12 millones.