La visión integral de México, que el historiador Guillermo Tovar de Teresa abrevó inicialmente en los minuciosos estudios de la época novohispana, fue fielmente reproducida por él hasta en sus gustos personales. Se hizo así coleccionista de innumerables obras de arte, muebles, loza, libros… El rico acervo se expone en la casa porfiriana que remodeló en la colonia Roma-Condesa, y que el jueves 20 la Fundación Carlos Slim abrió al público como museo. Parte de su contenido se selecciona ahora, de un texto que el historiador Xavier Guzmán Urbiola escribió para el catálogo.
Un museo de exquisitez porfiriana e insólita riqueza artística abrió sus puertas al pueblo de México el jueves 20 en la calle de Valladolid número 52, colonia Roma-Condesa. Se trata del Museo Soumaya/Casa Guillermo Tovar de Teresa, mismo que gratuitamente recibirá a los visitantes todos los días de 10:30 a 18:30 horas.
El historiador, quien fuera Cronista de la Ciudad de México, habitó esta gema arquitectónica con 660 metros cuadrados y 990 de construcción desde 1997, cuando la remodeló hasta su muerte el 10 de noviembre de 2013.
Dentro permanecen muebles antiguos, significativas obras pictóricas y grabados de época, invaluables fotografías de la Ciudad de México, tapices bordados, vajillas extranjeras y libros únicos; mucho de ello herencia familiar, y también adquisiciones del refinado coleccionista que fue Tovar de Teresa, quien escribió:
El coleccionismo es un gesto cultural necesario para la creación y el acopio de objetos que, tarde o temprano, serán disfrutados por la humanidad; es una actitud íntima que refleja la fineza de una naturaleza eminente que sabe reconocer su valor sin tomar en cuenta su precio y capta en cambio su verdadero significado.
La Casa Museo está sobriamente descrita en el texto del historiador y arquitecto Xavier Guzmán Urbiola –que se reproduce en el catálogo de la obra expuesta– titulado La casa del coleccionista. Ahí, el actual subdirector del Patrimonio Artístico del INBA y autor de un bosquejo bio-bibliográfico sobre Tovar publicado en junio de 2013, cuenta que el inmueble, proyectado hacia 1910, era obra del ingeniero militar Gustavo Peñasco Hidalgo.
El vestíbulo destaca por el óleo del Arcángel San Rafael, obra de Miguel Cabrera (1695-1768); el retrato de Don Cosme Damián Flores Alatorre, de Martín Gaytán Villaseñor (ca. 1806) y el espejo monumental de cristal poblano (ca. 1811), “de Amozoc para ser más precisos”.
En la sala se encuentran algunas pinturas de las tantas de su adquisición, entre ellas las de su familia. Además, una Virgen de Guadalupe de porcelana Viejo París, obsequio de la emperatriz Carlota a las damas de su corte; la Vista de la Plaza de México, de Ximeno y Planes (1797), “corazón de la ciudad de sus intereses y amores, y un Pegaso, en vidrio italiano azul realizado con la técnica de soplado, emblema original de la Ciudad de México”.
Por el llamado “salón amarillo”, Guillermo Tovar se propuso recolectar los rostros de Nueva España y México, comprando cinco óleos de Hermenegildo Bustos. Del mobiliario sobresale una mesa adaptada con base en una laca del siglo XIX procedente de Olinalá, Guerrero, con la representación del águila devorando la serpiente, pieza hallada por su hermano mayor Rafael, quien le sugirió transformarla para su conservación.
Preside el “salón rojo” el óleo sobre lienzo Virrey Agustín Ahumada de Villalón, también conocido como La llegada del marqués de las Amarillas (ca.1755), que durante años engalanó la casa del Mesón de Jobito en Zacatecas. También se admira la fantástica Los cinco señores, del pintor, dibujante y miniaturista Luis Lagarto (1616) y el óleo sobre cobre de La Sagrada Familia con Santa Catalina, de Luis Juárez (1630). Cuenta Guzmán:
“Otras grandes piezas que se encuentran en este salón son el gabinete taraceado en marfil y carey esgrafiados con 9 cajones, el pequeño costurero de laca de Pátzcuaro, Michoacán, así como el escritorio de viaje de Olinalá (los tres del siglo XVIII)… usaba estos muebles y objetos para esconder valores e incluso dinero en sus compartimentos, secretos de origen, o adaptados por él.”
Pasando al “salón azul”, sorprenden tres óleos: uno sobre cobre que representa el Retrato de Don Juan de Palafox y Mendoza, de Miguel Cabrera (1764); otro sobre lienzo La Virgen Inmaculada, de Baltazar de Echave Rioja (ca. 1680), y uno sobre madera Dejad que los niños vengan a mí, de Vincent Sallaer (ca. 1535). Aparte, un Recipiente para guardar y transportar chocolate, en porcelana china del emperador Kangxi.
El arranque de la escalera resguarda el cuadro San Francisco en éxtasis acompañado por ángeles, anónimo novohispano del siglo XVIII y, en la trabe, los mosaicos del siglo XVI.
En torno a la Catedral de México, de la cual era profundo conocedor y que consideraba el conjunto más importante de la Colonia en el Nuevo Mundo, “él localizó y reunió un raro grupo de grabados, algunos provienen de libros o folletería, que representan los túmulos funerarios que durante los siglos XVII al XIX se levantaron dentro de dicho monumento; son rarísimos y fabulosos… que pueden verse aquí”.
Comedor, aposentos, biblioteca…
Las lozas europeas, asiáticas y novohispanas eran objeto de adoración para Guillermo Tovar de Teresa, y es “notable” –para emplear una de sus palabra favoritas– su colección de talavera poblana, así como piezas de La Granja, en la Vitrina Mexicana de marquetería y repisas.
Frente a su cama para dormir se ubica el Ropero de madera tallada (siglo XVIII), con compartimentos secretos. En la Vitrina mexicana de nogal del siglo XIX colocó tesoros en miniatura, camafeos, relicarios, guardapolvos, medallas, monedas, y el escudo de monja realizado en óleo sobre cobre El Nacimiento de Jesús, en marco de carey con 12 clavos de oro (ca. 1750); otro de miniatura en vitela de la Inmaculada Concepción con San Francisco, San José y el Niño, pintado por Antonio Rodríguez Juárez (ca. 1670), y la Mancerina de talavera para tomar chocolate. Se distingue también el Portarrelicario, de Lagarto. Además:
El estofado novohispano de la Purísima Concepción del siglo XVIII; un óleo sobre cobre de Francisco Antonio Vallejo (ca. 1770); Coronación de la Virgen con San Gabriel, San Juan Nepomuceno, Santa Teresa, San Francisco, San Ignacio y Santa Gertrudis la Magna; dos grabados que representan la Biblioteca Palafoxiana de Puebla, de José de Nava, montados en marcos de marquetería.
En la amplia biblioteca lucen, nada más y nada menos, dos ejemplares de primeras ediciones de Inundación castálida de sor Juana Inés de la Cruz (Madrid, 1689), Autorretrato de Edouard Henri Theophile Pingret (1852), con tomos como: La grandeza Mexicana de Bernardo de Balbuena (1604), La historia verdadera de la conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo (1632), La geográfica descripción de Burgoa (1674), La historia de la conquista de México de Antonio de Solís (1684), Teatro americano… de José Antonio Villaseñor (1746-48), los volúmenes ilustrados de Wilhelm von Humboldt y tomos de liberales o conservadores: José María Luis Mora, Lucas Alamán, Carlos María de Bustamente y Lorenzo de Zavala. Finalmente expresa Guzmán Urbiola:
“Guillermo Tovar pasó de la imagen pictórica a la fotográfica. Procedió por analogía viniendo de la pintura. En el vestidor de esta recámara guardaba algunas de sus colecciones de fotografía en elegantes cajas que le hacía Fernando López Valencia, el encuadernador del Palacio Real de Madrid, quien llegó asilado a México en 1939 y Guillermo Tovar alcanzó a conocer, tratar y ser su cliente, y luego, cuando López Valencia murió, del maestro Antonio Martínez, quien fuera ayudante del español. Primero se acercó a los daguerrotipos…
“Terminó por hallar la colección casi completa de Enrique Fernández Ledesma, aquella con la que dicho autor ilustró su libro titulado La gracia de los retratos antiguos. Adquirió todos los que pudo; llegó a poseer cerca de treinta y cinco daguerrotipos… Su colección de fotografía, aquella ya impresa sobre papeles salados, luego industriales, o los primeros álbumes fotográficos, es importante, pues incluyó los archivos de Michaud, pero están también los libros de Claude Joseph Désiré Charnay, la escuela De Barbizon y su relación con México, Alfred Saint-Ange Briquet, Willam Henry Jackson, Charles B. Waite, y un largo etcétera… Por supuesto logró reunir una nutrida colección de fotos originales de la Ciudad de México, que consolidó de manera formidable con otra serie de compras y la herencia de fotos familiares que provinieron de sus tíos José (su tío Pepe) de Teresa y de Teresa, y Carmen, así como su hermana, Margarita de Teresa y Alfaro; con aquel corpus decidió emprender su libro La ciudad de los Palacios: crónica de un patrimonio perdido.”








