Sr. Director:
Muy bien que la revista Proceso aborde el tema del Tren Maya en la reciente consulta pública, y su impacto en la vida de las comunidades de esa extensa región del sureste mexicano, espacio de una de las grandes culturas de la humanidad. Y que lo lleve a cabo entrevistando a reconocidos investigadores de diversas ciencias, cuyo conocimiento sobre la región es imprescindible para la toma de las mejores decisiones y de un beneficio público perdurable.
La excelente periodista Judith Amador Tello (en el número 2195) entrevista al doctor Carlos Navarrete para que expusiera su pensamiento, palabras, experiencia y sabiduría de arqueólogo reconocido internacionalmente, en sus justificadas preocupaciones sobre la naturaleza y en las poblaciones de esa región.
El doctor Navarrete afirma que es deseable que antes del inicio de los trabajos de esa magnitud, se evalúen los posibles impactos ecológicos, económicos, sociales y culturales, sobre el patrimonio arqueológico y las condiciones de vida de los pobladores. Por ello, afirma que es un proyecto eminentemente turístico, sin una planeación cultural y sus impactos. Que los trabajos de investigación arqueológica han sido identificados sólo con relación al aspecto turístico, cuando la arqueología como ciencia histórico-social nada tiene que ver con el turismo, que es otra cosa: el turismo sólo vende. Pero, pregunto: ¿Sólo vende?, ¿la investigación de los arqueólogos sólo es para conocer la historia profunda de nuestros pueblos?
Encuentro que sus argumentos son la base para abrir el diálogo y los análisis críticos necesarios para arribar a conclusiones más objetivas, y enfoques de mayor amplitud. Y este enfoque es conveniente para analizar los trabajos de otros arqueólogos y científicos en su relación con las políticas públicas y de gobierno que se han llevado a cabo en decenios anteriores. Por ejemplo, los trabajos de grandes arqueólogos como Manuel Gamio, Alfonso Caso, Alberto Ruz, Román Piña Chan y muchos otros más.
Así mismo, analizar los grandes esfuerzos públicos para lograr recuperar Teotihuacán, Monte Albán, Palenque, Comalcalco, Edzná, Tulúm, Chichen Itzá, el Templo Mayor en la Ciudad de México y todos esos sitios emblemáticos en su relación con el turismo, la economía, la historia, y el desarrollo de valores e identidades.
Don Manuel Gamio, por ejemplo, desde la Dirección de Arqueología de la Secretaría de Agricultura (1922) impulsó los extraordinarios trabajos sobre la población del Valle de Teotihuacán, que sentó un precedente internacional por su visión integral, y su propósito para establecer políticas de buen gobierno. En esas investigaciones, el conocimiento no fue ajeno al impulso y ejecución de diversas acciones de antropología aplicada para el desarrollo económico y social de las poblaciones de la región: más escuelas, más profesores, capacitación de jóvenes para el trabajo, talleres de artesanías, mejoras en la comunicación, identificación y conservación de monumentos, protección de los sitios arqueológicos y coloniales conocidos y su historia llevada a las escuelas, los teatros escolares, festivales en la Plaza de la Ciudadela, etc., dado que el propósito principal era elevar los niveles de vida de los pobladores del Valle de Teotihuacán.
En pocas palabras: políticas de buen gobierno y de justicia social. Y la arqueología lo hizo posible. En la actualidad, son millones los visitantes de esa zona arqueológica, proyecto inagotable por su magnitud y sus resultados. Así como Gamio, los trabajos arqueológicos de Alfonso Caso en Monte Albán en los años 30 y sus efectos perdurables en un Patrimonio Mundial para la Humanidad y la creación y desarrollo del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en 1939.
En mi opinión, el proyecto del Tren Maya debe ser acompañado de estudios diversos sobre el pasado y el presente para desarrollar políticas públicas necesarias, teniendo como meta construir un mejor futuro para las poblaciones nativas –mayas o no– cada vez más asediadas por un voraz turismo internacional, que no es nuestro.
Creo que sí es posible y necesario ampliar el diálogo para la construcción de políticas públicas de buen gobierno.
Leonel Durán Solís, antropólogo








