“Buscando a Ingmar Bergman” en la Muestra

En honor al centenario del nacimiento de Ingmar Bergman (Upsala, 1918), la germana Margarethe von Trotta realizó un documental acerca de la vida y la obra de este gran poeta del cine sueco; aunque Buscando a Ingmar Bergman (Vermachtnis eines Jahrhundertgenies; Alemania-Francia, 2018) es apenas un exiguo homenaje para el autor de Fanny y Alexander, ofrece una serie de testimonios valiosos de varios directores de cine admiradores del maestro.

El documental reposa, sin desparpajo, en una serie de lugares comunes que, sin embargo, no pueden más que aplaudirse porque recorren la geografía mental de cualquier admirador de Bergman; todo comienza en esa playa fría, en el filo del tiempo, en realidad un cine parisino en 1960 donde la directora descubrió El séptimo sello (1957) en el cual un caballero andante juega ajedrez con la muerte. Difícil imaginar un preámbulo diferente sin caer en la pedantería, Bergman es bastante denso para complicarlo más. Y tan fuerte fue el impacto de la visión de esa partida con la muerte, que ahí Von Trotta decidió su vocación de cineasta.

Dentro del paisaje que pintan los directores entrevistados se ve un agujero negro, la impensable ausencia de Woody Allen, el más entusiasta e inspirado discípulo de Bergman; no cabe duda, de acuerdo con la importancia de los entrevistados, que todos llevan alguna marca suya, pero ninguno, sea Olivier Assayas o Carlos Saura, al grado de Allen. 

Buscando a Ingmar Bergman elude explorar a fondo el tema de su influencia artística en el cine, quizá porque dentro de una obra tan colosal existen varios Bergman, no sólo en el horizonte temporal –resultado de las diferentes etapas en décadas de trabajo–, sino que en cada película existen pasadizos secretos imposibles de recorrer a base de anécdotas.

También elude la cuestión más espinosa: ¿qué significa Ingmar Bergman para las nuevas generaciones?, ¿qué tan permeable son ahora los jóvenes al trabajo de este explorador de rostros y estados de alma, que además decía no creer en ella?

A cambio de estas carencias, Margarethe von Trotta comparte sabrosas conversaciones con varios de los colaboradores asociados a Bergman, entre ellos la actriz Liv Ullman, persona para siempre del cine, o Katinka Faragó, su script girl durante 30 años, para quienes el director de Escenas de un matrimonio representa la puerta al interior de sí mismos. El énfasis del homenaje reposa en la figura femenina en la vida y la obra del autor. Anécdotas como el culto que Bergman tenía por Victor Sjostrom –cuya Carroza fantasma (1921) veía cada año)– o su gusto de ver películas de acción de Hollywood en su casa, resultan siempre bienvenidas para un cinéfilo.

En una nota más personal, entrevistas con los hijos del autor, por ejemplo, que hablan de sus matrimonios y de los varios vástagos que tuvo con diferentes mujeres, lo exhiben como amante difícil y peor padre, hombre de terribles depresiones, amenazado de cárcel por evasión de impuestos; a nadie sorprende este retrato, pues sería extraño imaginar al director de Gritos y susurros de otra manera. Margarethe von Trotta realizó una buena silueta del maestro de la angustia, lo muestra sin explicarlo.