“Made in Mexico”

Amedio camino entre una historia de jóvenes bien y un despliegue publicitario de turismo, la serie producida por Netflix, Made in Mexico, es un escaparate de la forma de vida de una clase media que se ha vuelto mundial y cuya ideología se circunscribe a los temas de la moda, los negocios, el entretenimiento, la ayuda humanitaria que más parece caridad cristiana.

Los personajes son todos del mismo corte: blancos, delgados, altos, guapos. Viven en departamentos de lujo con vista a los grandes edificios de la Ciudad de México, comen en restaurantes de alta cocina internacional, han viajado por todo el planeta, disponen de servidumbre uniformada, en resumen: habitan en una burbuja.

La serie se aleja de la monotonía de escenarios repetidos, pues deja claro que la capital del país contiene una zona exclusiva: Polanco, Las Lomas de Chapultepec, Reforma, Santa Fe, de inmenso tamaño, por la cual se mueven las familias de una cierta clase social cuya actividad es totalmente superflua pero muy rentable. El panorama se circunscribe a las distintas construcciones de 40 y más pisos que fueron edificadas en estos seis años del gobierno de Mancera y que eliminaron cualquier rasgo de identidad mexicana. 

Apenas asoman los monumentos emblemáticos como parte de la imagen: Castillo de Chapultepec, monumento a la Revolución, Ángel de la Independencia, las trajineras de Xochimilco, Coyoacán, El Zócalo, la Catedral. Se agregan vistas aéreas del corredor de Reforma. Un inmenso set, una ciudad anónima que no pertenece a nadie y en la cual no se viven los problemas sociales, ni siquiera se rozan. Casi un paraíso… una maqueta del lugar ideal.

Sentados frente a una cámara, los personajes se confiesan: cada cual enjuicia al otro, habla de sus preocupaciones, desahoga sus cuitas. E ilustra al respetable: a quien se le dice “güey”, sus significados. El sentido de la palabra “fresa”. Como todos son bilingües pero están en México, se comunican con frases mitad en inglés y mitad en español. Explican que las traducciones literales no sirven. Si organizan una subasta de obras, la puja es, por supuesto, en dólares. Pero es por una buena causa: ayudar a los damnificados del sismo de septiembre de 2017. Sus fiestas son también remedo de tradiciones, como el Día de Muertos, que interpretan a su manera. 

De pronto quieren ser autocríticos, se llaman a sí mismos “fresas” o “güeyes”, critican superficialmente sus valores. En realidad resultan petulantes, realmente insoportables, como toda la serie. Se afanan en presentar la banalidad de sus existencias como algo que no les atañe y difícilmente quieren modificar.

La serie está rodada en México, con actores mexicanos, pero la producción es estadunidense; lo mismo que el copyright, que pertenece todo a Netflix. Así, hasta el título es insultante: Made in Mexico.