“Apóyate en mí”

De los géneros más azucarados en el cine, el del niño con el caballo es sin duda el más abusivo, pues explota los emblemas de inocencia, vulnerabilidad y nobleza con puro llanto fácil; así repugna, de entrada, el título y el tema que anuncia Apóyate en mí (Lean on Pete; Gran Bretaña-Estados Unidos, 2017), pero el nombre del director, el británico Andrew Haigh –quien sorprendió con la magnífica 45 años (2015) en la que obtuvo una de las mejores actuaciones de Charlotte Rampling y Tom Courtenay– invita a hacer a un lado los prejuicios.

Adaptada por el mismo Haigh de una novela de Willy Vlautin, la historia sigue el camino de Charley (Charlie Plummer), un chico de 15 años que llega a vivir a Portland, Orergon, madre ausente y padre disipado; el adolescente solitario, prácticamente abandonado, se refugia en el deporte; un encuentro casual con Del (Steve Buscemi), irascible dueño de caballos de carrera, le ofrece un trabajo. Charley miente sobre su edad y aprende el oficio, ahí se liga con Lean on Pete, un caballo lastimado que ya vio sus mejores carreras y ahora sólo puede competir el cuarto de milla; sólo es cosa de que pierda la siguiente carrera y su destino será México, eufemismo del rastro.

Haigh no concede escenas de ternura almibarada, la cámara no enfoca los ojos tristes del animal, ni hay pactos de amor y fidelidad entre caballo y niño; el vínculo se forma poco a poco, Charley y Pete comparten una fractura, el caballo es el animal explotado por lucro hasta reventar, el daño del adolescente es social, la incapacidad de la familia para funcionar en una cultura desarticulada, en la desazón de la pobreza creciente.

El tono es contenido, las razones de cada uno de los personajes se sienten válidas en su contexto; padre sustituto, Del sólo funciona como modelo de negocios y cinismo, apenas se rescatan un par de consejos; el padre real es un tipo quebrado, y la jinete que encarna Cloë Sevigny sabe que ella misma puede desbaratarse en una caída, el mejor consejo que se le ocurre para Charlie es que no se encariñe, un caballo de carreras no es una mascota.

Hay que escapar, el viaje es necesario, Charley no puede soportar que eliminen al animalito así de fácil, pero la verdad es que necesita un compañero con quien hablar a lo largo de la odisea que le espera, ir a buscar a esa mítica tía que vive en Woyoming. Nada de qué alarmarse, aquí el road picture funciona como metáfora de novela de aprendizaje, la búsqueda de una figura maternal que pueda compensar la pérdida del niño, abandonado al nacer, funciona a base de giros inesperados, pero lógicos e inevitables.

Aunque seducido por la vastedad del territorio y del paisaje americano como tantos directores europeos o asiáticos, Haigh logra un tono que evoca la mirada de Steinbeck y de Sam Shepard, Charley y Pete son un par de desesperados en un western donde el jinete no puede montar al caballo, como si el héroe tuviera que cargarlo. El mejor talento del director es la capacidad de escenificar la intimidad de una pareja, como en 45 años o en Weekend, aquí lo logra con un adolescente y un caballo, un alma emergente en medio de la devastación.