EL PASO, TEXAS.- Los números lo demuestran: las armas son parte del tejido social de Estados Unidos y para un amplio segmento de su población, el poseerlas los identifica como ciudadanos.
Según datos del Servicio de Investigación para el Congreso (CRS) y de organizaciones no gubernamentales, Estados Unidos tiene el mayor número de propietarios de armas en el mundo y ocupa, además, el primer lugar en posesión por persona.
Con base en estadísticas de la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos, el CRS encontró que en los últimos 30 años la tenencia de armas por persona se duplicó, pasó de una por cada dos individuos en 1968 a una por persona a finales de la primera década del 2000.
Para finales de 2009 había más de 310 millones de armas disponibles para los estadunidenses; de las cuales 114 millones eran pistolas; 110 millones, rifles automáticos y semiautomáticos; y 86 millones, escopetas. La relación de los estadunidenses con las armas es tan vieja como la fundación de su país y tiene su origen en la Segunda Enmienda a la Constitución, que protege el derecho de los ciudadanos a tenerlas y a portarlas. Es un derecho que está vinculado con las libertades individuales y la defensa propia.
Brian J. Phillips, profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas, explica en entrevista que el factor histórico y cultural es importante para entender el debate alrededor del tema. “La idea de que es aceptable poseer armas data de mucho tiempo atrás, pero hay una nueva idea, que no todo mundo acepta, que es la de portarlas de manera oculta”, dice.
Un sondeo reciente del Pew Research Center indica que una característica definitoria de los propietarios es la manera en que asocian su derecho a poseerlas con su libertad personal. La mitad de ellos considera que el tener una es importante para su identidad.
“Para los propietarios, el derecho a tenerlas rivaliza de cerca con otros asentados en la constitución estadunidense; tres cuartas partes de ellos considera ese derecho como esencial para su sentido de libertad”, expone el centro Pew.
Para los propietarios de filiación republicana, ese derecho es equivalente al de la libertad de expresión, a votar, a la privacidad y al de la religión, agrega.
Los datos del centro de investigación revelan, además, que uno de cada tres estadunidenses tiene un arma, es decir, un tercio de la población. Sin embargo, el sondeo de la Northeastern University indica que la mitad de los cientos de millones de armas disponibles en territorio estadunidense está en manos de 3% de sus habitantes.
“La posesión se ha concentrado más”, afirma Matthew Miller, profesor de Ciencias de la Salud y Epidemiología de la Northeastern University. Mientras la mayor parte de los propietarios tienen dos armas, 8% de ellos, más de 10, destaca.
Miller y su equipo de investigadores encontraron también que los propietarios son, en su gran mayoría, hombres blancos que residen en áreas rurales del sur de Estados Unidos.
La idiosincrasia y particularidades de los poseedores de armas ha tenido un impacto directo en la política estadunidense. En las elecciones de 1994, por ejemplo, los demócratas perdieron más de una docena de curules en el Congreso después de que el presidente Clinton firmó la ley conocida como Federal Assault Weapons Ban, que prohibió la manufactura, transferencia o posesión de armas semiautomáticas, incluyendo cargadores de alta potencia.
“El mismo Clinton reconoció que la pérdida estuvo relacionada con esa prohibición”, dice Phillips. “Éste es uno de los asuntos más polarizados en Estados Unidos y es muy difícil para los demócratas, porque muchos de ellos dependen del voto rural en áreas donde las armas tienen gran importancia”.
Pesimismo
Phillips llevó a cabo un análisis sobre las masacres perpetradas con armas de alto poder en Estados Unidos y encontró que durante los años en que estuvo vigente la prohibición (1994-2004) no sólo hubo una reducción ligera de tiroteos masivos, sino que también el número de víctimas mortales fue menor.
Antes de la ley, el número de personas heridas o muertas durante un tiroteo masivo fue en promedio de 18, y de más de 19 en los años posteriores. “Sin embargo, durante el periodo de la medida, un tiroteo masivo mató o hirió a menos de 11 personas”, dice Phillips en su estudio.
Aunque el veto de las armas semiautomáticas caducó en 2004, cada vez que ocurre una nueva masacre en Estados Unidos resurgen voces que piden su reinstalación. Las posibilidades de que eso suceda son pocas, dice.
“Creo que veremos cambios importantes este año, pero volver a tener la prohibición de esas armas es muy difícil”, advierte Phillips. “Es interesante ver lo que está pasando en Florida con esta nueva generación de personas que desde que estaban en el jardín de niños han escuchado o vivido tiroteos masivos. Es posible que ellos digan ya basta y que impulsen cambios importantes”, considera.
Phillips cree que los huecos o deficiencias en el proceso de revisión de antecedentes de posibles compradores deben ser atendidos como prioridad. “Si compras un arma en internet, en una reserva, en una feria de armas o con un particular, no te harán ninguna revisión de antecedentes. Y puedes comprar de cualquier tipo”, cuenta.
Para el investigador, otra prioridad debe ser la prohibición de cartuchos de alta capacidad. “Cuando hablamos de armas semiautomáticas no sólo hay que pensar en el AR-15. Hay que incluir los cartuchos que incrementan su capacidad de fuego al triple”, agrega.








