Hubo muchas señales de alerta: compañeros y autoridades de su escuela sabían que Nikolas Cruz golpeaba, amenazaba, robaba. En las redes sociales se llamaba “disparador profesional”, decía que los negros, judíos, inmigrantes y homosexuales debían morir y preguntaba si era lícito ir a la escuela usando un chaleco antibalas, señales todas que recibió, e ignoró, el FBI. Aun así, pudo comprar varias armas, una de ellas el AR-15 con el que perpetró la matanza del 14 de febrero en Florida.
Parkland, Florida.- A las 07:00 horas del pasado miércoles 14, Kimberly Snead tocó varias veces a la puerta del cuarto de Nikolas Cruz, sin recibir respuesta. No era normal. Desde que su esposo, James Snead, y ella acogieran al muchacho doblemente huérfano y lo convencieran de ir a un curso de formación vocacional para adultos, él había asistido disciplinadamente a todas las clases.
Ese día fue diferente. “No voy a la escuela en San Valentín”, dijo Nikolas a su nueva madre y se quedó en cama.
Así lo cuenta el hijo del matrimonio Snead, compañero de escuela de Nikolas Cruz y responsable de que su familia admitiera en casa al joven de 19 años al que nadie quería en la secundaria Marjory Stoneman Douglas, pero que acababa de perder a su madre.
La modesta vivienda de la avenida Loxahatchee en Parkland, condado de Broward, donde la familia Snead le destinó un cuarto a él –y un armario con llave en el que guardaba su rifle AR-15–, queda a siete minutos en auto del señorial complejo Town Parc at Miralago, donde Nikolas vivió junto con su madre Lynda Cruz. Pero salvo la cercanía, nada más tienen que ver.
Al salir cada día de su hogar adoptivo, Nikolas veía frente a sí una carretera estrecha y peligrosa para el doble tránsito. Cruzando las barras de contención, un canal de agua verduzca y cientos de hectáreas de tierra baldía. La vegetación peor atendida de Florida podría estar en ese barrio donde comenzó a atravesar Nikolas Cruz el duelo por su madre muerta de pulmonía. Antes, durante su primera infancia, su padre adoptivo había fallecido también.
“Sabíamos que estaba deprimido, pero pensábamos que era la depresión normal de cualquier persona que acaba de perder a su madre”, declaró un abatido James Snead al New York Times.
Ni él ni su esposa sospecharon que el chico al que ambos fueron a recoger a otra casa, donde le habían dado techo temporal, llevara dentro a un monstruo que gritaba, arañaba, peleaba desde hacía años por salir y al que nadie, absolutamente nadie, parecía querer escuchar.
“Los dos Snead y sus tres hijos deben dar gracias por estar hoy vivos”, dice Amanda Klaus, la vecina más cercana de la familia.
“Un disparador profesional”
Todavía a las 14:18 horas del miércoles 14, Nikolas conversaba por mensajes de texto con el hijo de los Snead, su nuevo hermano de adopción.
“No hay nada extraño o enloquecido en esos mensajes de texto”, admite el alguacil de Broward, Scott Israel. Cinco minutos después, a las 14.23, comenzaron a entrar las llamadas al 911 alertando de un tiroteo en la secundaria Stoneman Douglas.
Nikolas Cruz había salido de su casa a bordo de un Uber. La conductora fue la primera en identificarlo ante la policía, luego de que lo arrestaran. El viaje hasta la escuela tarda apenas 11 minutos. Se había vestido con gorra negra, pantalones y zapatos negros y una playera color vino con la cabeza de águila del equipo de futbol escolar bordada en una manga. En el pecho, las siglas “JROTC”.
El “ejército” JROTC (Junior Reserve Officer Training Corps) es uno de los grupos escolares que patrocina la Asociación Nacional del Rifle (NRA) para enseñar a los jóvenes estadunidenses a usar armas, mejorar la puntería y desarrollar reflejos para disparar.
Para reclutamientos en la filial JROTC de la escuela Stoneman Douglas, la NRA destinó 10 mil 827 dólares en 2016.
En ese mismo 2016 reclutaron a Cruz. Ahí aprendió a disparar como un experto. Ahí asumió el peculiar saludo con el que solía presentarse: “Hola, soy Nik, un disparador profesional”.
“Era buenísimo disparando”, recuerda Aaron Diener, de 20 años y participante también del programa JROTC en la misma escuela.
Además del rifle AR-15, Cruz, abandonado al nacer por sus padres biológicos –protagonista de actos vandálicos, como robar peces en la fuente de uno de sus vecinos o romper a patadas una ventana de la Stoneman Douglas–, adquirió otras seis armas de menor calibre y un chaleco antibalas. Todo esto a sus 18 y 19 años y de manera legal.
Al llegar a su antigua escuela esa tarde, llevaba sólo su rifle en un maletín negro y suficiente munición en una mochila a su espalda. No cargó con sus pistolas. Tampoco con el chaleco antibalas que tanto exhibía en sus redes sociales.
Entre los mensajes recién revelados a la prensa se lee a Nikolas preguntando a miembros de un grupo cerrado de Instagram si era ilegal asistir a la escuela con un chaleco antibalas. Solamente este chat integrado por siete usuarios habría servido para helar la sangre de cualquier investigador que hubiese sido alertado.
Allí Nikolas decía que los judíos, los negros, los inmigrantes y los homosexuales debían morir. A los afroamericanos, por ejemplo, decía que había que exterminarlos “simplemente porque son negros”. A los gays, cortarles la cabeza.
Catarsis colectiva
El primer encuentro de estudiantes de la Stoneman Douglas tras la matanza tuvo lugar a las 14:00 horas del día siguiente. El espectáculo fue impactante: más de 3 mil adolescentes abrazados, temblando de miedo y de dolor.
“Por primera vez en muchos años anoche dormí con mis padres en la misma cama”, confiesa un alumno de la misma edad y curso que Nikolas Cruz. Pide mantener su anonimato debido a otra confesión que hace, y que le sale con la mandíbula nerviosa y con una sonrisa lista para contener el llanto: “Me oriné en la cama”.
Entre los asistentes a esta catarsis colectiva están Christopher Chalita y Juan Mejías. Son hispanos, acaban de cumplir 18 años y como casi cualquier alumno de la Stoneman Douglas retratan a Nikolas como un vándalo incorregible a quien todos rechazaban por su agresividad, su propensión a causar disturbios en las clases y por esa carga de extrañeza e impredecibilidad que le brotaba por los poros, que le asomaba en los ojos grandes y expresivos. Le tenían miedo.
Pero Mejías dice que no ha dejado de preguntarse algo en particular: “¿Cómo es posible que nadie hiciera nada para detener a Nikolas, cuando todos sabían de lo que era capaz?”.
El abogado Howard Finkelstein, jefe del equipo de defensores públicos que representará a Nikolas, coincide con Mejías: “Todas las banderas rojas estaban levantadas y nadie hizo nada. Cuando dejamos que uno de nuestros niños se sienta desamparado, cuando ese niño está gritando por ayuda en cada forma que puede, ¿tenemos después el derecho a matarlo cuando antes podíamos haberlo ayudado, deteniéndolo?”.
La estrategia de la defensa se adelanta al peor escenario para Nikolas: el cargo criminal de asesinato premeditado conlleva a la pena de muerte en Florida. Él enfrenta 17 de esos cargos.
“Se cansó de pedir auxilio. Se cansó de revelar públicamente lo que tenía en su cabeza, los planes que concebía cuando el odio, la frustración, el dolor le ganaban a su frágil ecuanimidad”, dice Jane Hender-McConway, la consejera terapéutica contratada por el buró escolar de Broward para dirigir las terapias psicológicas de los sobrevivientes.
A diferencia de los lobos solitarios, imposibles de rastrear, como el Stephen Paddock que acribilló mortalmente a 58 personas en Las Vegas, o como Adam Lanza, asesino de 20 niños y ocho adultos en Sandy Hook, Cruz fue todo lo descuidado que pudo en la elaboración de su plan.
“Era tan evidente que no quería ocultar sus intenciones, que nos cuesta entender por qué nadie se lo tomó en serio”, se lamenta la terapeuta.
Uno de los episodios más groseros ocurrió el 24 de septiembre de 2017, cuando comentó con su propio nombre el video de un prestamista de fianzas de Misisipi llamado Ben Bennight: “Algún día seré un disparador profesional en mi escuela”. Bennight lo denunció. YouTube retiró el comentario. El FBI entrevistó a Bennight. Nada ocurrió.
Peor: el 5 de enero de este año, seis semanas antes de la carnicería, alguien cercano a Nikolas puso al FBI al tanto de que este chico “poseía armas, deseaba matar personas, tenía una conducta errática y todo el potencial de provocar una masacre en una escuela”.
La cita proviene del comunicado oficial emitido por el FBI, admitiendo que luego de recibir esta pista no se ordenó una investigación al buró de Miami ni se marcó siquiera bajo la categoría de “posible amenaza para la vida”. No movieron un dedo. El gobernador de Florida, Rick Scott, ha pedido públicamente la renuncia del director del FBI, Christopher Wray.
“Pero es que ni siquiera necesitábamos esas denuncias para saber que esto pasaría tarde o temprano”, dice Marlene Joy, de 18 años. “Ese monstruo nos amenazaba todos los días, gritaba sin motivo alguno, alardeaba en Instagram de sus armas y decía una y otra vez que él sería el autor de algo como esto. ¡Dijo explícitamente que sería un asesino de muchas personas y nadie lo detuvo!”.
Según publica CNN en su página en internet, cuando un hombre abrió fuego contra varias personas en Nueva York el verano pasado, Nikolas comentó en Instagram: “Hombre, yo lo puedo hacer mucho mejor”.
El alguacil de Broward admitió que al menos 20 llamadas fueron recibidas en su oficina durante los últimos siete años pidiendo ayuda policial para controlar a este joven.
Nikolas era tan temido en su escuela que le habían prohibido asistir con mochilas. Pero pudo comprar un rifle AR-15 y exhibirlo. Golpeaba, amedrentaba, amenazaba, robaba. Pero pudo comprar un chaleco antibalas, seis armas más y exhibirlo todo.
Nikolas fue expulsado de su escuela, perdió a su madre adoptiva, pasó de familia en familia como quien cambia de asiento en un aula, y ni al Departamento de Niños y Familias ni a la policía de Broward, ni al FBI ni a nadie se le ocurrió relacionar todos esos eventos con un potencial destructivo como el que este muchacho desató frente a todos y con el conocimiento de todos.
En la tarde del miércoles 14 Nicholas Cruz disparó más de 100 proyectiles de calibre .223 contra alumnos y maestros de su exescuela. Dejó el rifle abandonado en el campus y se confundió entre la multitud que huía despavorida. Tuvo tiempo para sentarse algunos minutos en un McDonald’s cercano y echar a andar rumbo a su casa, antes de ser por fin interceptado y arrestado.
Su obra maestra duró 82 minutos desde que llegó a la escuela hasta que le pusieron las esposas. En las fotos de su detención tiene una expresión de sorpresa en el rostro. La sorpresa de quien luego de levantar todas las banderas rojas posibles durante tantos años, llegó a creer que nunca lo arrestarían.








