Un grupo de militantes de Act-Up lucha contra la indiferencia del gobierno en torno al sida; a través de la relación que establece Nathan (Arnaud Valois), recién afiliado, con Sean (Nahuel Perez Biscayard), uno de los más combativos de la comunidad, el realizador franco marroquí Robin Campillo ilustra la batalla que se peleó, palmo a palmo, para que las instituciones de salud, junto con la población en general, tomaran consciencia de la devastación que provoca la epidemia a nivel colectivo y personal.
Como exmilitante del Act-Up, Campillo es testigo de primera mano, en 120 latidos por minuto (120 battements par minute; Francia, 2017); diálogo, ritmo de imágenes y secuencias funcionan como el electrocardiograma de un corazón agitado al doble, a veces a punto de reventar y otras a punto de detenerse. El compás resuena no sólo en la música y en la edición, el color palpita también al ritmo de las emociones. Por supuesto, el rojo se impone en su expresión más radical, la sangre preparada en tinas para que los activistas arrojen bombas contra los laboratorios o contra funcionarios pulcros y desligados de la realidad que padecen homosexuales, prostitutas, adictos e inmigrantes, y del riesgo para las nuevas generaciones.
120 latidos por minuto es una ópera de armonías complicadas. Campillo, el experimentado guionista y asistente de Laurent Cantet (El empleo del tiempo, 2001), compone una forma de contrapunto en cada nivel de su narrativa; desde el contraste entre la política interna del grupo con las instituciones, o la dinámica grupal en oposición a la relación de intimidad entre Nathan y Sean, seropositivo éste y seronegativo el otro, y sobra decirlo, entre amor y muerte.
La sangre es el fluido que resuena en estos acordes de imágenes y de voces; tanto la epidemia se siente como herida abierta que sangra a mares, la sustancia que ataca el virus, o el flujo que inunda las mentes de los contagiados o de los expuestos que caminan por el filo de la navaja pensando cada día en exámenes y conteos médicos; pero más que nada, las imágenes de sangre son la vida que agita la voz de estos jóvenes, tan aterrados como enojados, que piden ser escuchados, y que al mismo tiempo, contagiados o condenados ya, tienen que vivir y sentir. La batalla por la salud se ve sangrienta.
Lo que más impacta en esta cinta que cuenta la plaga, sus estragos, frenazos mortíferos y duelos, es la celebración de vida que transmite, de ahí el derecho a pelear; manifestaciones, festejos, sexo, ritos funerarios, vida cotidiana y baile de discoteca, se orquestan al ritmo del corazón. Pese al miedo y al dolor, estos jóvenes viven con entusiasmo su activismo político.
Campillo orquesta los debates del grupo como un microcosmo de lucha política, de dinámica revolucionaria, de protestas radicales que exigen respuestas eficaces; sin esfuerzo aparente, la presencia de nuevos activistas al principio de la película a los que alguien explica el propósito y la manera de funcionar de Act Up, se dirige al espectador para incluirlo en la dinámica política. Mucho de ideario revolucionario tiene 120 latidos por minuto: la broma, típica en las aulas de la Sorbona, de llamar a los descontentos de arriba como si fuera “la montaña” (les montagnards), marca un pequeño acento en la Revolución francesa.








