Curador de un prestigiado museo de arte contemporáneo en Estocolmo, Christian (Claes Bang), divorciado y buen padre de familia, es hombre de buenos principios que maneja coche eléctrico y defiende las grandes causas de la humanidad, todo un modelo de lo políticamente correcto. Ahora prepara una exposición bautizada como The Square, una instalación que incita a los visitantes al altruismo y a compartir el deber hacia el prójimo.
Un par de incidentes, sin embargo, demuestran que no es nada fácil vivir en congruencia con tales principios, la crisis existencial lo espera a la vuelta de la esquina.
Basta con tratar de resumir la trama de The Square, la farsa del arte (The Square; Suecia-Alemania- Francia-Dinamarca, 2017) para caer en cuenta que la cinta del sueco Ruben Ostlund, por complicada que se presente con sus giros y excesos narrativos, graciosos y chocantes es, en realidad, una comedia moral (morality play); no que el director se lo haya propuesto conscientemente, fue sólo lo que resultó entre la toma de conciencia de su protagonista y la ruindad disfrazada de una sociedad tiesa y pretenciosa en cuestiones de arte y moral.
Es el sermón, seguramente, lo que incomoda a muchos con esta cinta premiada con la Palma de Oro en Cannes, pero Ostlund basó su guión en situaciones personales y anécdotas verídicas; bajo la estructura extralógica del contraste entre lo civilizado y lo animal, la sensatez y el absurdo, se adivina la furia contra los estereotipos sociales; de ahí el leitmotiv del simio, como la mascota de Ann (Elizabeth Moss), la periodista americana, que tiene un chimpancé en su departamento, o la personificación del gorila en la instalación de El Square asediando a los asistentes en la cena de gala.
Resulta más divertido asomarse a The Square desde la perspectiva del drama moral, donde todo representa un concepto, en vez desde la ironía antropológica del animal humano anclado en sus ancestros monos, la farsa cabe de un lado y otro; Ostlund construye sus escenas y secuencias como si fueran simulacros e instalaciones de museo. La presencia del mono en el departamento de Ann provoca inquietud tanto en el protagonista como en el espectador, apunta al juego de poder sexual del macho, y todo se resuelve en farsa cuando ella le pide el condón para tirarlo a la basura y él rehúsa dárselo.
El robo de la cartera y del celular de Christian, engatusado tratando de rescatar a una mujer, da pie a otra forma de performance, la aplicación para encontrar su celular, paquetes, un niño perverso, escaleras y basura; altruismo desdicho por un sistema de clases sociales, sentido de propiedad, miedo al escándalo.
Más graciosos son los sainetes que provoca el marketing del arte; la necesidad de seducir a los donadores del museo, las conceptualizaciones disparadas acerca del arte contemporáneo, el delirio por ser originalidad, los guiños de ojo a teóricos del arte como Bourriaud acerca de la producción y el desperdicio. Al igual que Paolo Sorrentino (La Grande Belleza, Youth), Ruben Ostlund forma parte de una tendencia de cineastas atraídos por el artexplotation, la inconsistencia de fronteras entre la nulidad y la originalidad del arte contemporáneo.








