“Mr. Selfridge”

La serie inglesa Mr. Selfridge se transmite en Canal Once. Puede verse también en Netflix. El original se estrenó en 2013 en Gran Bretaña; actualmente lleva ya cuatro temporadas, cada una de 10 episodios.

La historia gira en torno al empresario Harry Gordon Selfridge, quien establece la primera tienda departamental en el conservador Londres de principios del siglo XX. El almacén aún abre sus puertas en la elegante calle Oxford, junto con sus sucursales en otras dos ciudades de Inglaterra.

La ambientación es de época y al ritmo de la moda desfilan los años 1909 hasta los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial.

Ni superproducción, ni innovadora en su factura, interesa más por su contenido social que debido a la biografía. Selfridge, nacido en Estados Unidos, es un personaje de los muchos que surgieron a principios de 1900 y se hicieron ricos gracias a su arriesgada forma de hacer negocios, así como al auge del capitalismo de la primera mitad del siglo, antes de la gran depresión de 1929. Manejó su almacén de la misma osada manera en que jugaba a las cartas. Su riqueza le dio impunidad para conquistar y abandonar a bailarinas y tiples.

Más allá de la personalidad de Harry Selfridge, demasiado renovada en la actuación de Jeremy Piven, pues no caza con el tono de la época, la serie muestra el desarrollo del consumo entre las clases pudientes y medias.  Alude veladamente a los planteamientos de las sufragistas en lucha por la equidad entre los hombres y mujeres. La serie ilustra el tránsito de una comunidad anclada en los valores del mundo imperial a aquellos acordes con la sociedad de masas.

Destaca en la ficción comentada el uso creciente de la publicidad en escaparates, carteles, autobuses, periódicos, al tiempo que conjunta espectáculo con mercadotecnia, verbigracia: en las instalaciones de la tienda presenta un aviador con su aparato; a la bailarina Ana Pavlova improvisando algunos pasos de ballet. Son ganchos para atrapar compradores.

Mucho contribuyeron las tiendas departamentales a fomentar el consumo al convertirse en los primeros sitios de diversión con entrada libre, de paseo asociadas a la compra de lo superfluo, innecesario, para satisfacer el antojo ligado a la belleza, incorporado al placer. La cafetería adjunta permite ampliar las horas pasadas en el almacén.

El cambio fue especialmente apreciado por las mujeres de la burguesía, ir de compras se convirtió en un pretexto aceptado para salir de casa sin acompañantes, en parcial anonimato. Se pasó de la confección artesanal a la fábrica, del modelo exclusivo de alta costura al pret a porter.

Poco a poco el consumismo se instaló en la mentalidad de la gente, ya no sólo de quienes tenían alto poder adquisitivo, sino de todos pues mediante saldos, ofertas y descuentos hasta los de menos recursos podían adquirir algún artículo.