En 1982, el jovencito Arturo Ramón Vargas ganó el concurso Carlo Morelli, y al siguiente año debutó en la Ópera de Bellas Artes en Falstaff de Verdi. Allí arrancó una carrera que siempre en ascenso lo convirtió en uno de los más importantes tenores, ya no sólo de México sino del mundo, teniendo que olvidarse del Arturo para pasar a ser sencilla y planetariamente Ramón Vargas.
Cantante de polendas, necesariamente tuvo que irse a residir a Europa y allá sigue, sólo que siempre busca algún motivo para regresar a cantar aquí porque, como sucede con la mayoría de nuestros artistas residentes en el extranjero, su mexicanidad así se lo exige.
Y esto fue lo que sucedió el domingo recién pasado cuando en un concierto Entre Amigos (que así lo tituló), ofreció una muestra más de por qué es presencia permanente en las principales casas de ópera del orbe. En estos momentos está cumpliendo temporada en la Ópera de París con Cosí fan tutte del Divino Mozart, pero se abrió un huequito para dar el recital que nos ocupa en el que estuvo acompañado por el pianista cubano-mexicano Ángel Rodríguez, quien se está perfilando como el pianista acompañante imprescindible para nuestras grandes figuras.
Motivo altruista del concierto en el que el tenor marchó de las sutiles exigencias de Mozart y las claras demandas de Verdi, a las sonoridades de las populares canciones “napolitanas” y hasta las finas canciones mexicanas, fue el recaudar fondos para la fundación que, en recuerdo de su pequeño hijo Eduardo, fallecido a los siete años y quien naciera con parálisis cerebral, fundara el tenor para asistir a niños que padecen el mismo mal.
El Teatro de las Artes del Cenart se vio en ese sentido afortunadamente lleno porque, supongo, se cumplió el propósito financiero, y artística y musicalmente todos tuvimos una tarde de auténtico agasajo.
Empezó Ramón con la fina y aparentemente fácil aria “Il mio tesoro intanto” del Don Giovanni de Mozart que es sutil y envolvente y pasó a “Una aura amorosa” de Cosí fan tutte y “Se all’impero, amici dei” de La clemenza di Tito, ambas igualmente mozartianas; y después de un breve respiro en el que Ángel revoloteó con la dinámica obertura de la L’italiana in Algeri de Rossini, Vargas abordó la tremenda “O figli miei…ah! La paterna mano” de Macbeth de Verdi, y de este mismo “O inferno…cielo pietoso rendila” de la ópera Simón Boccanegra.
Intermedio y fuera corbata para dar nueva dimensión a conocidas canciones como “Ideale”, “Parlami d’amore Mariú” y “Core ‘ngrato”, y ya de regalo las gustadas mexicanas de Lara y Grever.
Compositores, épocas, estilos e intenciones muy diferentes en cada una de las piezas escogidas, pero una sola calidad verdadera en el cantante que maneja una técnica por demás depurada y sabe utilizar su voz de manera admirable con pianos perfectos y mantenimiento del “color”, tanto en medio como arriba en una demostración a todo lo largo del concierto de qué es lo que significa “El arte del Canto”.
Dos años tenía el maestro Vargas de no cantar en México, qué bueno que pudo hacerlo ahora para estar entre amigos, que auténticamente esa fue la tónica del concierto, mismo que se desgranó entre música y charlas. Qué grata y sabrosa tarde.








