Un grupo de obreros alemanes se instala en un pueblo búlgaro, tierra de nadie cerca de la frontera griega, para montar una turbina hidráulica; al descampado y bajo el sol, los machos alemanes plantan su bandera como si trajeran la civilización a un pueblo comanche, rondan a las mujeres y beben cerveza. Entre el alemán y el búlgaro la comunicación es nula, el trato áspero, la desconfianza amenaza con estallar. Uno entre ellos, Meinhard (Meinhard Neumman, tipo taciturno con el rostro seco y lleno de surcos, busca conectar con la población local.
Con Western (Alemania-Bulgaria-Austria, 2017), Valeska Grisebach, de la ahora llamada escuela minimalista de Berlín, traslada a sus vaqueros a las fronteras de la Europa Oriental, siguiendo los pasos de Mare Ande (Toni Erdmann), que empalma el apetito de negocios de países más desarrollados con el territorio abierto por los socios más pobres de la Comunidad Europea; pero la fábula política, nacionalismo y xenofobia es sólo el terreno de base para observar el comportamiento masculino de alemanes y búlgaros, sus ritos y respuestas. ¿Y qué mejor manera de estudiarlo que el western, el género cinematográfico que más lejos ha llevado el mito de la hombría frente a la adversidad, ahí donde el hombre se enfrenta a balazos con otro en descampado, y la mujer es una posesión que hay que conquistar, pero nunca la recompensa buscada?
Vale notar que casi todo el equipo de creación y producción está compuesto por mujeres, y que casi todos los protagonistas de la película son hombres. En Western el género pesa en los dos sentidos de la palabra. Grisebach no caricaturiza a sus protagonistas: Meinhard, exlegionario que detesta la violencia, es un modelo de masculinidad compleja y da pruebas de ello, un desesperado por comunicar con los búlgaros, comparte su trago y ayuda en los trabajos; la soledad abruma, jactancia, peleas, juegos de cartas, son apenas maneras de aliviar un poco el ambiente cargado de testosterona.
Los componentes del western se muestran claros, Meinhard entrando al pueblo monta a pelo en un caballo, escena con carabina, cigarrillos, más la fantasía de desplazar a los indígenas para convertir en vergel toda esa vastedad de tierra; en las conversaciones de los búlgaros queda claro que esa tierra no es tan virgen, los alemanes ya la ocuparon hace 70 años, y en vez de arreglar las cosas, la precaria manera de comunicar provoca un atolladero. Grisebach aprovecha la expresión natural de su reparto, todos actores no profesionales, para hacer sentir la atmósfera de tensión y choque.
Un campo de estudio poco atendido ha sido la aptitud de los géneros en el cine para apoyar el discurso y la intensión de un realizador; más allá del placer lúdico que provoca en el público descubrir el esquema de un género tan frecuentado como el western, la propuesta del director, en este caso, estudio de masculinidad y oportunismo económico y cultural, no requiere de discursos explicativos ni del didactismo que exige el cine documental; la aceptación por parte del espectador de las reglas del juego y de la verosimilitud de las situaciones se da por hecho. Por supuesto, Valeska Grisebach eligió un género que además de asociarse mitológicamente a la épica de la conquista de la naturaleza y la sobrevivencia, no ha dejado de evolucionar como vehículo de comentario socio político.








