La 63 Muestra Internacional de la Cineteca inicia con Cartas de Van Gogh (Loving Vincent; Polonia-Reino Unido, 2017), una animación sobre la vida del pintor realizada a partir de sus cuadros más famosos; a los directores Dorota Kobiela y Hugh Welchman les tomó siete años de producción, con más de 100 pintores que fabricaron 65 mil imágenes, fotogramas pintados al óleo, para recrear el mundo y los personajes del legendario artista.
Cuantificar en números, tiempo, equipo y producción importa, porque Cartas de Van Gogh ostenta el esfuerzo formidable de su realización, un verdadero experimento plástico que honra la destreza y el impulso colosal de la ejecución del pintor que produjo cientos de obras (¿800?) en un periodo de ocho años (siguiendo la tendencia estadística que publicita la película). El resultado permite acceder al universo visual del fundador del arte moderno (fauvismo, expresionismo) que, para algunos, sería el más grande pintor después de Rembrandt; todo un viaje alucinante al interior de su pintura.
La trama, un tanto detectivesca, se concentra en los últimos días de la vida de Van Gogh, un intento por resolver el misterio de su supuesto suicidio, e involucra a personajes reales de su entorno entre Arlés y Auvers-sur-Oise, en el sur de Francia, donde vivió su última etapa; los directores utilizaron la técnica de la rotoscopía (rotoscoping) para calcar acciones de actores reales. Un año después de su muerte, Joseph Roulin, cartero amigo del pintor, encarga a su hijo Armand (Douglas Booth) entregar la última carta que Van Gogh escribió a su hermano Theo; renuente, el joven acepta la misión y poco a poco cambia la visión que tenía del aparentemente intratable artista.
Los personajes figuran literalmente los representados por el pintor; sus mismas posturas y expresiones faciales, formas y colores sugieren el carácter que Van Gogh captó en ellos. La historia se refuerza con una tendencia didáctica para ilustrar lo que cualquiera sabe de este artista, aunque sea de paso, su desequilibrio emocional y mental, su extraordinaria capacidad de trabajo; el mérito de esta historia más bien convencional, reposa en la intención de dejar atrás el lugar común del genio loco, y a cambio ofrece el perfil, a manera del delineado que sobresale en sus cuadros, de un hombre vulnerable y ansioso por vincularse afectivamente.
Claro, el misterio no está en la biografía del pintor, sino en su propia obra. La trama aporta muy poco, los personajes no pasan de ser meros perfiles, contornos acentuados. El retrato que de ellos logró Van Gogh ofrece más volumen sicológico que el que propone la película; pero difícilmente podría esperarse otro resultado: la carga vital de la pintura de Van Gogh, la fuerza de cada pincelada, no puede narrarse, los cuadros están desde siempre animados; interesante paradoja que, sin proponérselo, los directores crearon un cine de sombras animadas, y la sombras tienen menos luz que su fuente.
En el caso de Cartas de Van Gogh sí que debe hablarse de homenaje puro; coordinar y animar cada pincelada que decenas de pintores reprodujeron de la técnica del maestro, y el esfuerzo por internarse en el alma de este tremendo animal de emociones y colores es un tributo formidable.








