El director Jung Byong-gil tiene en su haber un estupendo documental sobre los stunts (dobles en escenas de acción) del Action School de Seúl, Action Boys (2008), la misma escuela en la que él se entrenó a lo largo de un semestre, lo cual le ha ganado la confianza y admiración de los profesionales de este peligroso trabajo de acrobacia. La villana (The Villainess; Corea del Sur, 2017) es todo un festival de maniobras corporales en el que la historia de una mujer, entrenada para asesinar, sirve de pretexto para experimentar con imágenes de sangre y violencia.
La trama es sinuosa en tiempos de presente y pasado, con muchos personajes secundarios, donde todo provoca y conduce hacia la venganza; Soo (Ok-bin Kim) presenció de pequeña el asesinato de su padre, la mafia la entrena para matar y se casa con el gánster local (desaprovechado Shin Ha-kyun); traicionada, decide hacerse justicia por ella misma pero la policía la atrapa, la obliga a recibir un nuevo entrenamiento y la convierte en agente secreto; bajo una identidad falsa de actriz, Soo se relaciona con su vecino, otro agente dedicado a espiarla.
Jung embrolla los géneros, pasando de la acción del thriller a la comedia romántica y de allí deriva hacia la historia de venganza, uno de los géneros favoritos del cine coreano, de los que la Trilogía de Park Chan-wook (Sympathy for Mr Vengeance) es el mejor ejemplo; las historias de mujeres samurái, o de asesinas entrenadas, que Besson y Tarantino incorporan al cine occidental, derivan de la sexplotation del cine japonés (la Nikkatsu de los años setenta).
Claro, detrás se esconde la fantasía masculina de la dominadora, la mujer fálica que somete y castiga al macho, tema que ahora el cine de Hollywood explota disfrazado de heroínas invencibles, mera masculinización de la mujer que en nada contribuye a la liberación femenina. No sorprende, por lo tanto, que cuando un director como Jung Byong-gil (que destila su talento y libido en coreografías alucinantes, de mutilaciones, desmembramientos, puñaladas, golpes, y un estupendo catálogo de patadas) intenta humanizar a su personaje recurra al melodrama lloroso. El estereotipo de la vengadora se equilibra con el de la Cenicienta, la pura víctima. Lo curioso es que directores como él piensen que así le hacen justicia a las mujeres explotadas. En fin, todo sea por la adrenalina, el placer culpable de la ultra violencia y la venganza en el cine.
La ovación de cuatro minutos con el público de pie que La villana recibió en Cannes, en su presentación de media noche, forman parte ya de la leyenda de esta película que actualiza el tema de Nikita (Luc Besson, 1990), la mujer de aspecto vulnerable, con un pasado oscuro, que resulta policía y sorprende por su habilidad para matar. A esos cuatro minutos hay que agregar el vértigo de los 10 primeros de la secuencia inicial donde la cámara subjetiva, que hace que el espectador vea la acción desde la perspectiva del protagonista, nunca muestre el rostro de Sook; así, el público siente que ejecuta a esas decenas de tipos que se le atraviesan o intentan impedir que pase, y que las armas de fuego y espadas le salpican de sangre hasta las pestañas.
Una pelea de espadas en motocicleta refuerza la leyenda porque, hasta ahora, el director, que rehúsa emplear efectos especiales, no ha revelado cómo utilizó la cámara para grabar esta prodigiosa secuencia.








