“El seductor”

Hacia el final de la Guerra de Secesión, mientras recolecta setas, una de las alumnas de la academia para señoritas del estado de Virginia encuentra un soldado herido, un yanqui; con la idea de entregarlo a los confederados, la directora, Miss Martha (Nicole Kidman) y su grupo de alumnas deciden cuidarlo hasta que sane, pero la presencia de este caporal norteño provoca la curiosidad, el deseo y las fantasías de este racimo de mujeres destinadas a cumplir el ideal de las buenas familias del Sur, de encajes y buenos modales en francés, de todos esos valores que el viento está a punto de llevarse.

En El seductor (The Beguiled; E.U., 2017) el material que la realizadora Sofía Coppola tiene en mano es dinamita pura: el sentido dramático de Thomas Collinan, autor de la novela homónima (1966), era punzante, empezando por el riesgo que supone acoger a un soldado, McBurney (Colin Farell), hambriento y urgido de sexo, dentro de una colección de mujeres que van desde la adolescente en pleno despertar, hasta la solterona, Edwina (Kirsten Dunst), junto con el hecho de tratarse de un combatiente del mando enemigo.

Por otro lado, la situación de indefensión del herido lo deja a merced de ellas y de lo que pueda despertarles.

No era de extrañar que en 1971 la versión de Don Siegel se haya sumergido en el aspecto más truculento de la novela, la brutalidad del macho, la perfidia femenina, el incesto mismo, una batalla entre los sexos al filo de la misoginia; entre gallo y coyote en el gallinero, Clint Eastwood, en el papel de McBurney, conseguía una densidad digna del gótico sureño. Pero en este año de gracia de 2017 no había manera en que Sofía Coppola compitiera con el director de Harry el Sucio, y menos aún Farell con Clint Eastwood. La salida era lógica: adoptar el punto de vista femenino y jugar un poco más con la imagen de este soldadito de plomo como objeto sexual.

Para apreciar la versión de Sofía Coppola habrá que insistir en que El seductor no es un remake de la película de Don Siegel, sino una nueva adaptación de la novela, como ella misma lo defiende. Claro, no debe pasarse por alto, en esta relectura, que la exclusión del personaje de la cocinera negra –representante de la esclavitud que defienden estas señoritas–, del hermano incestuoso de Miss Martha, o de la tentativa de violación de los soldados confederados, amortigua el aspecto político y los ecos de Faulkner que sí alcanzan a la novela de Thomas Collinan. El entorno femenino, de ambiente condensado con luces y encajes, donde incuba el huevo de la serpiente, corresponde mejor al gusto de la directora de Las vírgenes suicidas y de María Antonieta, esa especie de gineceo asfixiante como una prisión.

El seductor representa un paso importante en la carrera de una realizadora a la que le ayuda tanto como le pesa el privilegio de ser la hija de un director mítico; el lirismo de la imagen ha sido siempre su talón de Aquiles, pero la fotografía de Philippe Le Sourd logra la sensación de que este enclave de pulcritud y refinamiento está a punto de desbaratarse.