Dos colegas se necesitan; dos astrónomos compiten y al mismo tiempo coinciden en su obsesión por conocer los secretos del universo. Johannes Kepler y Tycho Brahe, dos hombres renacentistas que marcaron el curso del conocimiento de los astros y que siendo contemporáneos mantuvieron, siempre, una rivalidad.
Kepler, teórico alucinado, y Brahe, empírico sobresaliente; el primero queriendo probar que la tierra gira alrededor del sol, y Brahe teniendo las tablas de medición necesarias para hacerlo.
En La desobediencia de Marte, Juan Villoro, su autor, rescata este conflicto de personalidades –enriquecido por la coincidencia de intereses–, y lo lleva por senderos que nos permiten conocer los anhelos y las problemáticas de cada uno de ellos. Con diálogos inteligentes que indagan en el mundo de la metáfora y el conocimiento, los personajes se encuentran en un callejón sin salida por la necesidad que tienen uno del otro. Villoro los confronta sin polarizarlos, los enfrenta y crea puentes a la vez.
Los vericuetos de la dinámica relacional es intensificada por el autor al plantearnos una realidad metateatral: el encuentro entre dos actores, uno joven y uno viejo, uno pulcro y otro contaminado, ambos con una mujer compartida, madre para uno, amante para el otro.
La desobediencia de Marte transita por dos niveles: la vida de los actores y la de los astrónomos. Tycho Brahe es Joaquín Cossío, y Johannes Kepler es José María de Tavira, bajo la dirección de Antonio Castro. La interpretación de ambos es contrastante y cada uno brilla a su manera. El actor de mayor edad, como protagonista, no tiene empacho por regodearse en su estrellato e interpretarlo estruendosamente. El actor joven conserva la timidez que oculta la ambición, y el arrojo juvenil se combina con el dolor por el abandono.
Si bien en un principio predomina el choque entre los dos hombres de ciencia, conforme avanza la obra llegan a predominar los secretos que guardan los actores. Saltan a la luz las verdaderas intenciones del exitoso actor y se dejan ver sus zonas oscuras y angustiosas. La pérdida de memoria, el desamor y el desasosiego ante el final, propician la resignificación del actor de mayor edad, creando, entre ambos, la posibilidad filial de padre e hijo. El hijo, que cuestiona al padre hipotético, profundiza la relación y abre un vértice más en los vínculos poliédricos que Juan Villoro significa en La desobediencia de Marte.
El espacio escénico confirma las metáforas planteadas en el texto respecto al macro-universo estelar y el micro-universo personal. El astrolabio, el sextante y otros instrumentos que Brahe usaba para determinar las posiciones de las estrellas y los planetas, son los objetos que caracterizan el lugar y lo dotan de gran belleza. A la estupenda propuesta escenográfica de Damián Ortega se suman la iluminación de Víctor Zapatero y el vestuario de Edyta Rzewuska.
La desobediencia de Marte, que se presenta en el Teatro Helénico, tiene humor y complejidad tanto en su estructura dramática como en la construcción de los personajes y sus situaciones intrincadas. Salta de una realidad a otra y nos adentra en las misteriosas trayectorias de los planetas y de los astrónomos que las intentan descubrir.








