Francois Ozon cambia una vez más de registro con un sinuoso drama de posguerra, Franz’ (Francia, 2016), donde la fotografía en negro y blanco refleja el maniqueísmo de dos formas de nacionalismo, uno alemán y el otro francés, y donde los destellos de color asumen fantasía y sueños. El juego de espejos incluye a un soldado pacifista, otro acosado por el remordimiento, mentiras y redención imposible.
En un pueblo alemán en 1919, con la herida abierta de la derrota, Ana (Paula Beer), que lleva el duelo eterno de muerte de Franz, su prometido desaparecido en la guerra, descubre que alguien acude a llevar flores a su tumba; el misterioso personaje resulta ser Adrien (Pierre Niney), un francés que habría sido amigo del difunto; Ana lo presenta con los padres de Franz, quienes lo rechazan al principio por encarnar todo lo que aborrecen del enemigo; ‘cada francés es asesino de mi hijo’, acusa el dolorido progenitor.
Todo cambia cuando el padre comprende que los franceses también perdieron a sus propios hijos en las trincheras, y la familia adopta al joven, Ana comienza a enamorarse de él, entonces la terrible confesión de Adrien brota de la tumba vacía del soldado.
En la primera parte, Franz es la adaptación casi literal de Broken Lullaby (1932) de Ernest Lubitsch, basada a su vez en la obra de 1925 del francés Maurice Rostand (prolífico escritor hijo de Edmond); la segunda parte, que ocurre en París, proviene por completo de la imaginación del director. El itinerario importa porque a Francois Ozon le interesa el vaivén de la historia tanto dentro de la película como alrededor. Además de que las trincheras de la guerra estaban aún frescas, la declaración de pacifismo la víspera del ascenso del nazismo tenía un peso que no es fácil imaginar ahora. El viaje a París de Ana en busca de Adrien, donde se repiten en simetría los prejuicios contra el país vecino, completa el círculo entre ambas naciones, y abre el horizonte femenino.
La seducción del director por personajes de mujeres se expresa aquí de manera sutil: el cambio de foco de la historia del vínculo entre Franz y Adrien hacia Ana es casi imperceptible; además de que, como en Rebeca, el personaje del título está muerto antes de contar la historia, el entusiasmo por Hitchocock –con el inevitable homenaje al maestro en casi todas sus películas– lo lleva a hacer de Ana una especie de James Steward en Vértigo, la conciencia de la joven se tambalea con imágenes falsas en las que un hombre sustituye al mismo; pero el misterioso espejismo y la mentira abren el camino hacia la realidad.
Franz’ es todo un laboratorio donde Francois Ozon experimenta con esquemas formales de cine en blanco y negro, una reproducción cuidadosa de época, música y alusión a la pintura de Manet (El suicidado), pero al deformar la trama original descubre que la tensión entre verdad y mentira, el bien y el mal, deseo y frustración, permite una visión de lo humano más rica que una simple fábula pacifista.








