El Foro Internacional de la Cineteca inicia con Paterson (EU-Alemania-Francia, 2016), una historia que se dice en unas cuantas líneas y un poema en el que caben la vida diaria de una pequeña ciudad, y grandes poetas junto con todo el cine Jim Jarmusch.
Conductor de autobús urbano, Paterson (Adam Driver), nació, vive y trabaja en Paterson, Nueva Jersey, recorre cada día la misma ruta, escucha conversaciones de los pasajeros, come su almuerzo preparado y decorado por Laura (Golshifteh Harahani), su mujer, con quien cena antes de sacar a pasear a Marvin, su perro (un héroe a la altura del arte), y acudir religiosamente a su bar preferido; en los intersticios de esa cotidianidad cerrada, Paterson escribe poesía. A Paterson conviene definirlo como un poeta que trabaja como chofer y no como un chofer que es poeta, aclaración importante porque en la ciudad de Paterson abundan los poetas: la niña de 10 años que es poeta y admira a Emily Dickinson (1830-1886), el rapero de la lavandería, o el turista japonés frente a las cascadas; en esa existencia compuesta de gestos y hábitos, a la manera de los trillones de moléculas de uno de los poemas (The Run), conducir un autobús parece el trabajo más apropiado para este poeta que escapa de los reflectores de la fama.
Paterson es el título de la película, el nombre del protagonista, el de la ciudad y también el título de un poema épico de William Carlos Williams (1883-1963), poeta admirado por Paterson personaje y por el realizador, a quien prácticamente le construye un monumento con Paterson. Ron Padget (1942), poeta asociado a la Escuela de Nueva York, es el autor de los poemas; la vanguardia de esta famosa escuela, que llena la pequeña biblioteca de la humilde vivienda de Paterson, reconocía a Williams como precursor. A este embalaje ultra referencial, Jarmusch opone la levedad de la vida que transcurre apacible.
Armada a la manera de oda donde los días de la semana semejan estanzas de versos libres, como los que compone Paterson, la narración capta el día a día, el transcurso de la vida, a base de desplazamientos de la cámara que sigue el camino de Paterson a su estación de trabajo; el ritmo de la ruta del camión, los acentos de la paradas y subidas de pasajeros, o la retórica de reflejos inevitables en los cristales.
Dentro de ese flujo de vida de la ciudad, tan ordinario que da vértigo, las epifanías, las revelaciones entre la metafísica y la trivialidad, como la poesía de Williams, o la de Frank O’Hara (1926-1966) –Paterson lleva los Lunch Poems de O’Hara en su cajita de almuerzo–, suceden por donde pase o voltee este héroe de la poesía.
Paterson ofrece claves importantes para los admiradores del director; el genio de Jim Jarmusch funciona con una ecuación imposible de resolver, el hacer sentir real lo irreal, e irreal lo real. Surrealismo destilado, el sueño de Laura sobre gemelos desata el azar de la experiencia inmediata en encuentros con gemelos; o la improbable, pero real presencia de Masatoshi Nagase (Mistery Train, 1989) con su alucinante pregunta: “Perdone, ¿es usted poeta?”








