Aquí se recogen tres testimonios contrapuestos en torno al conflicto que afectó la relación familiar de José Luis Cuevas a partir de su segundo matrimonio. Habla el poeta Homero Aridjis, quien en el homenaje de despedida en Bellas Artes tomó espontáneamente la palabra para pedir información sobre la muerte de su amigo; habla quien fue un cercanísimo curador de arte del pintor, en su defensa; y habla Alberto Cuevas para lamentar la conducta de su hermano menor.
El poeta y novelista Homero Aridjis, sin dudarlo, vuelve a las interrogantes, que ya había lanzado ante el micrófono en el homenaje póstumo de su amigo el artista plástico José Luis Cuevas, el pasado 4 de julio, en el Palacio de Bellas Artes:
“De qué murió?, ¿cómo murió? y ¿a qué hora murió?…
“Planteo estas preguntas porque Cuevas no era un hombre privado. ¡Él era público! Y esos detalles son parte de la historia del arte en México.”
Argumenta en entrevista el también activista ambiental que ese día fue al palacio de mármol a despedirse del artista por su amistad con él durante muchos años:
“Tomaba café con él en la Zona Rosa (barrio que el mismo dibujante nombró), cuando estaba de moda en los años setenta el Café Tirol. Era siempre un hombre muy vivaz, muy irreverente, con gran humor. Lo que dije ahí no fue para lucirme, es una preocupación.”
Rememora que en los últimos años que logró verlo por coincidencia, lo notó raro:
“Su personalidad estaba borrada, estaba secuestrado, no se podía hablar con él. Al final la mala relación con sus hijas, Mariana, Ximena y María José, fue muy dramática y muy cruel, las conocí de niñas en su casa.”
Las tres, a decir suyo, no vieron a su papá desde 2013. Según la cineasta Ximena, desde que el escultor se casó en 2001 con la pintora Beatriz del Carmen Bazán, empezaron los problemas. Para marzo de 2013 –que lo encontró “tirado y mal” en el baño de su casa, y lo internó con la aprobación de su tío Alberto Cuevas– se agudizaron los problemas con la cónyuge. A tal grado que el mismo Cuevas anunció meses después que no quería ver a sus hijas ni a su hermano, y no los perdonaría (Proceso, 1918).
–Usted dijo en el Palacio de Bellas Artes: “¡Queremos la verdad!”. ¿A qué se refiere? –se le pregunta a Aridjis.
–A que la Secretaría de Cultura investigue de qué murió, cómo murió y cuándo, porque no sabemos si falleció un día antes o tres días antes o una hora antes, y no sabemos tampoco de qué murió.
La segunda esposa de Cuevas, Bazán, dijo a Radio Fórmula que el artista padecía cáncer en el intestino, el cual se desarrolló en otras partes del cuerpo.
“Sólo pido que la información sea más transparente, creo que también sus hijas merecen esa atención”, finaliza el autor de Mirándola dormir.
Ficción vs realidad
El curador de arte Ricardo Camacho escribió en su cuenta de Facebook el artículo El mito José Luis Cuevas. Ficción vs Realidad, donde relata que acudió el 4 de julio pasado al homenaje y “lamento sobremanera que un acto solemne se haya convertido en la continuidad de ‘dimes y diretes’ generados principalmente por las hijas del maestro Cuevas, nos guste o no aceptar esta realidad”.
Sigue con otras líneas:
“Los que asistimos escuchamos los gritos de ¡Bertha!, ¡Bertha!, ¡Bertha!, ‘¡las Cuevas!’ y ‘¡no están solas!… Me pregunto: ¿cuántos de estos gritones han sido ‘testigos presenciales’ de los hechos?”
Luego va con Aridjis:
“No dudo que efectivamente haya sido un gran amigo de José Luis Cuevas, porque según indicó lo visitaba con relativa frecuencia cuando estaba casado con Bertha Riestra. Sin embargo, el maestro Cuevas llevaba casado con Beatriz del Carmen 15 años, repito: ¡15 años! Y en ese tiempo acontecen infinidad de hechos que van generando un estilo de vida, y quien se base en un pasado tan antiguo para juzgar un presente ¡está fuera de lugar!”
En el mismo documento señala que conoce y convive de manera cercana y frecuente con los artistas de la denominada Ruptura o de esa época, “curando exposiciones individuales o colectivas”, como Vicente Rojo, Manuel Felguérez, Francisco Toledo, Gilberto Aceves Navarro, Roger von Günten, Leonardo Nierman, Guillermo Ceniceros y Gustavo Arias Murueta, y del mismo Cuevas, entre otros. Para dar pasó a una argumentación:
“Cuando se presentó y acrecentó esta lucha de sus hijas hacia Beatriz del Carmen en 2013, yo estuve personalmente acompañándola en Medica Sur porque me preocupó la manera en que los noticiarios habían difundido ‘la noticia’. Sólo estábamos ella, el doctor que atendía a Cuevas y Cuevas mismo, nadie más. Escuché de viva voz del médico el cuadro que presentaba el maestro, ajeno totalmente a lo que se pasaba de voz en voz, de oídas…”
Después rememora sobre las últimas exposiciones que curó para ellos (Cuevas y Bazán), una individual (a finales de 2016 y todo enero 2017) y una colectiva (en abril y mayo de 2017).
“Y siempre estuve frente al maestro, con un José Luis Cuevas entero, sin ningún indicio de haber bebido toloache o estar drogado, por el contrario, lúcido, dueño de sus actos, a veces cansado o harto de la situación del país. También recuerdo momentos divertidos.”
Continúa:
“¿Cuál es el caso de esta familia Cuevas? solamente ellos lo saben y deberían, como coloquialmente se dice, ‘lavar la ropa en casa’.”
Finaliza:
“Lamentablemente, en el Palacio de Bellas Artes no asistí a un homenaje, sino a un capítulo más de una historia de ficción.”
En entrevista se le pregunta si al redactar que lamenta que un acto solemne se haya convertido en la continuidad de “dimes y diretes”, generados principalmente por las hijas del maestro Cuevas, se trata de una acusación hacia ellas de lo que sucedió ahí.
–Es incorrecto, no estoy acusando a nadie… Sino que desde 2013 se han generado diversos comentarios que propiciaron estas reacciones.
–¿Cree que Aridjis buscaba protagonismo, como lo dice en su texto?
–No sé, pero de que si era una acción un tanto protagónica sí, porque no estaba enfocado a lo que era el homenaje.
La tristeza del hermano
El psiquiatra Alberto no vio a su hermano José Luis en los últimos cuatro años.
“Después de su internado en 2013, regularon las visitas. No todo mundo podía entrar a su casa. Dejaron, creo, entrar uno o dos días a Ximena y después le cerraron las puertas. Mi hermana Lupita, quien era monja, lo visitó algunas veces y al final ya no le permitieron la entrada.”
Relata abatido:
“Lupita fue como una madre amorosa para José Luis. Cuando él tuvo fiebre reumática, a los ocho años de edad, ella se entregó a cuidarlo. No creí que me afectara tanto la muerte de mi hermano, pero lo que más me ha dolido es lo que le hicieron a mi hermana Lupita.”
Rememora que, en una visita, el artista, a quien le gustaba los salmos, le pidió a su hermana que le cantara algunos:
“Eso dio lugar a que, en la siguiente visita, la señora (Beatriz del Carmen) le dijera a Lupita que con esas tonterías religiosas ponía nervioso a José Luis, y le pidió que ya no fuera. Lupita, ya enferma de cáncer en la vejiga, fue otra vez a ver a José Luis, acompañada de otra monja, y mi hermano le dijo que se quedara a comer. La mujer le dijo: ‘No, Lupita, no puedes quedarte a comer porque no hay comida’. Y José Luis, callado. Él no pudo defender a su hermana que lo adoraba. Eso me da tristeza. Lupita dijo que no se preocuparan, pero pidió un vaso de agua, y ella se lo negó, porque el agua que había era especial para José Luis. Mi hermana le expresó que no era bien recibida en esa casa, y esa mujer le dijo: ‘Efectivamente, no tienes nada que hacer en esta casa’”.
Permanece un instante callado, con lágrimas en los ojos pide disculpas, y agrega:
“Mi hermana Lupita murió hace un año y no sé si mi hermano se enteró de su fallecimiento. Era la hermana con la que vivió su infancia, conmigo no había la gran relación, quizá porque yo era cuatro años más grande. Ellos se llevaban menos de dos, por eso tuvieron una convivencia estupenda. Mi hermana, como lo quería mucho, hasta el final lo justificó. Lo interpretó en el sentido de que estaba tan dominado por esta mujer que tenía miedo de hacer algo en contra de sus decisiones y disposiciones. Decía mi hermana: Es bueno y me quiere mucho, pero está secuestrado.”








