Sin mí, el arte mexicano hubiera sido diferente: Cuevas

El lunes 3 falleció en la Ciudad de México el dibujante, pintor y escultor José Luis Cuevas, creador de la Ruptura en los años cincuenta como reacción al movimiento muralista. Nacido en el corazón de la capital del país en 1934, fue un hombre polémico, siempre dispuesto a la autopromoción en los medios. En esta entrevista, realizada en 2003 para el volumen México: Su apuesta por la cultura. El siglo XX, testimonios desde el presente (Grijalbo/Proceso/UNAM), Cuevas se pinta solo.

Principia el siglo XXI y José Luis Cuevas recapitula. Reflexiona sobre su rompimiento con la Escuela Mexicana de Pintura y el muralismo, y califica como sorprendente a Diego Rivera:

“Es el más grande de los muralistas, la calidad de sus murales es de primerísima, sus obras de caballete también. De manera que soy riverista.

Cuevas, aquel que ha hecho de sí un personaje, se regodea hablando horas de su propia historia, sus propuestas plásticas, sus aportaciones al arte mexicano.

El enfant terrible de los años cuarenta se proclama iniciador de la llamada Ruptura y no se arrepiente del manifiesto “La cortina del nopal” en el que –recuerda– se fue duro contra los muralistas, contra David Alfaro Siqueiros, “quien aseguró que no había otra ruta más que la suya”.

Juzga que, en su momento, la Ruptura fue necesaria para renovar y buscar nuevos caminos al arte mexicano. Pero ya sin la furia de aquellos tiempos, admite:

“La presencia de los muralistas fue de una enorme importancia porque Diego Rivera ya venía de una etapa cubista de primerísimo orden. Yo creo que está entre los grandes cubistas, no fue el inventor del cubismo ni mucho menos, pero su obra cubista es efectivamente espléndida.”

Sopesa que, a su regreso a México, Rivera, junto con Siqueiros y José Clemente Orozco, creara un movimiento que rompió con las vanguardias europeas, lo que “viniendo de México, de un país latinoamericano, no deja de ser meritorio”.

Y expone que el llamado movimiento nacionalista abarcó mucho más que la pintura. Se extendió a la arquitectura, la escultura y otras expresiones artísticas, aunque “los reflectores se dirigieron a los muralistas”.

El también escultor recuerda que en la adolescencia se identificaba y dejaba influir por Orozco. De Siqueiros opina que fue un hombre de “una inventiva extraordinaria” que influyó en las vanguardias norteamericanas del siglo XX, como en el expresionista Jackson Pollock.

“Es esencial señalar la importancia de Siqueiros como un artista muy personal, innovador, autor de cuadros espléndidos de caballete, a pesar de que él no era defensor de la pintura de caballete sino de la mural.”

Y dice sin ambages:

“Yo diría que sus mejores obras están en la pintura de caballete.”

Cuevas no duda un segundo al afirmar:

“De los llamados tres grandes, definitivamente me quedo en primer lugar con Rivera, después con Siqueiros.”

Hasta el tercer sito coloca a Orozco, el ídolo de su juventud.

Su generación

Se le pregunta qué representó la Ruptura y cuáles fueron sus aportaciones.

Apenas medita para responder que el principal aporte fue la “actitud libertaria” de la pintura mexicana, de artistas como Manuel Felguérez, Vicente Rojo o el desaparecido Enrique Echeverría.

Sin embargo marca sus diferencias con ellos pues, dice, él se mantuvo haciendo figuración:

“No se conoce en mí ningún momento de coqueteo con el abstraccionismo, ni con las vanguardias europeas a pesar de mi admiración por los artistas vanguardistas europeos.”

–¿Se deslinda de esa generación de artistas abstractos?

–No me deslindo, hay una relación.

Se asume como una “especie de defensor de la libertad de expresión en el arte” y asegura haber sido el primero en pronunciarse en contra de los muralistas y luego a favor de los pintores abstractos de su generación.

“Tengo que defender el derecho de los de mi generación a pintar como quieran, como mejor convenga a su sensibilidad, lo que importa es la calidad, que sean buenos artistas. No los voy a atacar porque sean abstractos, porque entonces caería yo en las actitudes de Siqueiros y su frase ‘No hay más ruta que la nuestra’, que atacaba el abstraccionismo por el solo hecho de no ser nacionalista.”

Pero inmediatamente remata:

“Que no tengan proyección internacional es otra cosa.”

Mejor que Toledo

La Ruptura sin embargo no logró trascender al movimiento nacionalista, se le comenta, y se le interroga el porqué.

Se debe a esa expresión abstracta, asegura. Menciona entonces que algunos críticos lo sitúan, junto con Toledo, como los únicos de la generación de los cincuenta que alcanzaron prestigio internacional.

Esgrime que su aceptación en los medios internacionales se debe a nunca haber negado sus raíces provenientes del arte mexicano, de la influencia de Orozco en su juventud y de la admiración por José Guadalupe Posada.

Su mirada verde claro, la sonrisa por la que asoman sus dientes manchados de tabaco y el tono de su voz, cambian para dar paso al Cuevas egocéntrico, quien desa­prueba que la crítica sitúe a Francisco Toledo por encima de él en cuanto a proyección internacional.

“Quien ha tenido mayor proyección internacional soy yo, definitivamente.”

Y añade para enfatizar:

“Yo vengo exponiendo desde los 20 años periódicamente en París. He tenido largas residencias en el extranjero, la mayor parte de mis coleccionistas son extranjeros, tengo poco coleccionismo en México, con excepción de Carrillo Gil.”

–¿Usted se considera por encima de Toledo?

–Definitivamente sí. Las cosas hay que decirlas como son, yo hasta podría decir que Toledo fue invento de Rufino Tamayo para fastidiarme.

De inmediato aclara que no está diciendo que Toledo sea mal artista “ni mucho menos”, pero piensa que el “toledismo” es mexicano, no internacional, incluso es más bien regional, “oaxaqueño”.

Insiste en que habla de asuntos “históricos”, no personales, y que ambos, sin ser amigos, comparten algunos elementos artísticos como dar prioridad al dibujo, a la línea.

Cuestiona el que para afirmar el reconocimiento internacional de Toledo la crítica se base en su presencia en las subastas de arte latinoamericano. De ser así, quiere dejar en claro que sus obras no están en la categoría latinoamericana de las subastas de la Sotheby’s por decisión propia debido, esgrime, a que constantemente se rematan obras falsas.

Narra que indignado escribió una carta a la casa de subastas para ofrecer que él mismo podría certificar la autenticidad de sus cuadros; como no recibiera respuesta, optó por exigir salir de esa categoría, pero dice que se mantiene en las subastas internacionales.

En su recapitulación, el autor de la escultura La Giganta, pieza que se ostenta en el patio del museo que lleva su nombre en el Centro de la Ciudad de México, expresa admiración por el Tamayo de sus primeras etapas, aunque reconoce que tuvo antipatía por él. La razón:

“Le caía yo mal, no era santo de su devoción.”

En la amplitud de su estudio, en el piso superior de la casa de San Angel donde se apilan libros por doquier, evoca que cuando escribió el manifiesto de la Ruptura elogió a Tamayo, lo consideraba entonces un ejemplo para los jóvenes.

A su regreso de Nueva York, cuando tenía entre 20 y 21 años de edad, buscó encontrarse con él y se topó con un hombre “poco generoso, poco cordial conmigo”, a pesar de lo cual siguió –cuenta– hablando bien de la obra de Tamayo.

Cuevas hace una valoración de sí mismo y su trascendencia. Afirma que en el arte plástico sudamericano hay un “cuevismo” y aprovecha para volver a Toledo:

“No podemos decir que Toledo haya influido en nadie de América Latina ni de ninguna parte.”

Se ve a sí como un artista de fama internacional que a diferencia de Rivera no ha provocado escándalos internacionales, aunque sí en México, y al hablar de las nuevas generaciones antepone:

“Sin afán de ser pretencioso, yo digo que sin mi presencia en el ambiente artístico el arte mexicano hubiera sido diferente, no sé si mejor o peor, pero puedo asegurar que hubiera sido otra cosa. Mi influencia es poderosísima en el arte figurativo.”

Para Cuevas lo que ahora se presenta en México como novedad, por ejemplo las instalaciones, ya se hacía cuando él vivió en Italia en la década de los setenta.

Se ufana de ser precursor de este tipo de expresiones al haber decidido tomarse una fotografía diaria, el mural efímero que realizó en 1967 en la Zona Rosa de la capital mexicana, la exposición en la cual incluyó su semen encapsulado, el electrocardiograma que se hizo mientras hacía el amor, y su propuesta de 1978 de crear arte vivo procreando un hijo con aquellas mujeres que se dejaran embarazar por él, a lo cual por cierto nadie accedió.

Así es José Luis Cuevas.