Escotomas en la relación México-Estados Unidos1

Donald Trump sacudió el entendimiento entre México y Estados Unidos. Se abrieron los ventanales y pudimos observar las entrañas de una de las relaciones más complicadas del mundo.

En Insight. A Study in Human Understanding el filósofo jesuita Bernard Lonergan llama escotoma (scotosis) a esa actitud tan humana de evadir temas complicados o inquietantes. Al ignorar las “preguntas relevantes” somos incapaces de alcanzar una “opinión balanceada y completa” sobre esos hoyos negros del conocimiento. Si extrapolamos lo individual a lo colectivo, los escotomas de un líder político pueden expresar, reafirmar o influir lo que piensan y desean grupos sociales. Eso fue observable en la campaña electoral estadunidense de 2016.

Entre junio de 2015 y las primeras semanas de 2017 Donald Trump acusó a México de enviar a su país violadores, criminales y narcóticos. En su diagnóstico, los cárteles mexicanos, protegidos por gobernantes corruptos, se habían aprovechado de la tibieza del establishment estadunidense. Para el multimillonario la solución estaba en la deportación masiva de mexicanos y en la construcción de un “muro maravilloso e impenetrable” que tenía, como corolario, un desenlace de justicia retributiva: sería pagado por México. Fue aclamado por multitudes convencidas de que los mexicanos son un gran obstáculo a la reactivación de la grandeza estadunidense.

Cuando Trump llegó a la Casa Blanca se vio obligado a moderar su agresividad. El 12 de abril de 2017 The Wall Street Journal sintetizó lo sucedido en los primeros meses de ese año. “Las relaciones entre Estados Unidos y México pasaron por su peor crisis en décadas cuando los presidentes Donald Trump y Enrique Peña Nieto riñeron respecto a quién pagaría un muro fronterizo propuesto”. Sin embargo, influido por la opinión de su círculo más cercano, “Trump dejó de atacar a México” y se abrieron los espacios para el diálogo entre funcionarios de los dos países.

Es imposible saber si su agresividad terminó o está en hibernación. En junio de 2017 pueden sacarse tres lecciones de la sacudida: 1) Existe una visión negativa de México en un sector amplio de la sociedad estadunidense; 2) las actividades del crimen organizado siguen siendo la variable independiente que sacude periódicamente las relaciones; y 3) los gobiernos carecen de voluntad para modificar estos escotomas; es una tarea más apropiada para lo que Margaret Keck y Kathryn Sikkink han llamado “redes trasnacionales de cabildeo e influencia”.

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El discurso antimexicano de Trump está enraizado en el convencimiento estadunidense de su excepcionalismo, de ser, como escribiera Stanley Hoffmann, los “favoritos de la historia”. Para Thomas Jefferson eran la “esperanza del mundo”; para Abraham Lincoln, la “última y mejor esperanza sobre la Tierra”, y Ronald Reagan consideraba que los ciudadanos estadunidenses eran “más libres que otros pueblos”.

Si crecieron escuchando una y otra vez estas ideas, resulta lógica la reacción de amargura y rabia de aquellos estadunidenses maltratados por la economía de mercado. Es muchísimo más sencillo responsabilizar a los “otros”; en particular a esa trinidad de lengua extraña y piel diversa, México, China y el Islam. Sería irrisorio negar la corrupción o el poderío de los cárteles mexicanos (sin precedente en la historia). Sin embargo, tras el empoderamiento criminal aparece una y otra vez Estados Unidos. A partir de 1920 las familias de Nueva York y Chicago exportaron su modelo de negocios a los cárteles mexicanos. La adicción estadunidense a la droga ha enriquecido a los delincuentes mexicanos. Empresarios de Estados Unidos producen y venden las armas con las cuales los cárteles aterrorizan a la población y se enfrentan como iguales a las fuerzas armadas mexicanas.

En el tema de seguridad se ubican los escotomas más profundos y arraigados de la relación. Es lógico que en los discursos y documentos de la National Rifle Association jamás se hable del contrabando de armas a México y del costo humano que ello tiene. Es incomprensible que durante la campaña de 2016 ni Trump ni Barack Obama ni Hillary Clinton mencionaran un hecho evidente: Estados Unidos es corresponsable del poderío alcanzado por la delincuencia organizada mexicana.

La vitalidad y tamaño de los hoyos negros ha sido posible porque las élites mexicanas rara vez recuerdan a Estados Unidos su corresponsabilidad. En los discursos pronunciados por Enrique Peña Nieto durante la campaña estadunidense de 2016 jamás apareció un rechazo explícito y consistente al diagnóstico verbalizado por Trump. La única excepción fue el discurso pronunciado por el presidente mexicano durante la conferencia de prensa realizada en la visita de Trump a Los Pinos.

Aquella mañana de agosto de 2016 Peña Nieto categorizó la visión de Trump como “incompleta (…) porque no toma en cuenta los flujos ilegales que vienen hacia el sur (con) armas y dinero en efectivo”. Ese tráfico, continuó, fortalece “a cárteles y otras organizaciones criminales que generan violencia en México y obtienen ganancias de la venta de drogas en Estados Unidos”. El presidente mexicano propuso la adopción de “un enfoque integral”. Fue una pena que esas ideas quedaran opacadas porque: 1) eran líneas perdidas casi al final del discurso, 2) se diluyeron en la tormenta desencadenada en México por la visita de Trump, y 3) porque las políticas del Estado mexicano están muy lejos de tener ese “enfoque integral” que se requiere para contener y frenar la amenaza sobre México, Estados Unidos y otros países de la región.

¿Cómo hacemos para acercarnos a esa solución regional e integral? ¿Cómo erradicar los escotomas y tapar los “hoyos negros” que impiden una política acorde con la magnitud del riesgo? El filósofo Lucien Goldmann ofrece una solución:

“Cada grupo –escribió– tiene un conocimiento adecuado de la realidad, pero ese conocimiento sólo puede llegar hasta un horizonte máximo, compatible con su existencia (es decir con los intereses e ideas heredadas o adquiridas). Más allá de ese horizonte sólo podrá recibir información si se transforma la estructura del grupo, tal como sucede con los individuos, donde en algunos casos podrán recibir información sólo si modifican su estructura psíquica.”

Para los dos países es un asunto de seguridad nacional y de respeto a la dignidad humana ampliar el “horizonte máximo” del conocimiento. En el corto plazo veo difícil que los gobiernos reduzcan los escotomas. Pueden incluso reaparecer fortalecidos si el presidente Trump reinicia su campaña de ofensas contra México. Es una tarea para la sociedad organizada, y en particular para las redes binacionales.

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En 1975 llegué a hacer estudios de posgrado a la School of Advanced International Studies (SAIS) de la Johns Hopkins University. Durante aquella década México también se abría al mundo y, por primera vez desde la guerra entre Estados Unidos y México de 1846-48, se creaban programas académicos para estudiar al vecino.

En 1975 mi manejo del inglés era el mínimo indispensable, y mi comprensión de la cultura, paupérrimo. En la SAIS tuve el privilegio de estar cerca de protagonistas que me educaron acerca de un debate sobre la esencia, misión y futuro de un Estados Unidos que vivía las secuelas de la Guerra de Vietnam, los asesinatos de los Kennedy y Martin Luther King, el movimiento por los derechos civiles, la rebelión juvenil y, por supuesto, Watergate. Habían sido golpes brutales a la creencia en su excepcionalidad. Con los años superaron algunas de esas fracturas y una parte de las élites y de la sociedad modificaron su percepción sobre México y los mexicanos.

En las cuatro décadas transcurridas desde entonces se han reducido las incomprensiones entre México y Estados Unidos. Ahora somos vecinos diversos y algunos grupos y sectores se comprenden cada vez mejor, aunque la profundidad del conocimiento se modifica dependiendo del tema. En este proceso inacabado, un parteaguas es el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que entró en vigor en 1994. El presidente Carlos Salinas de Gortari, conocedor de las reglas de la democracia estadunidense, convenció al establishment de aquel país de las bondades del tratado. En México, Salinas invirtió buena parte de las reservas que quedaban al presidencialismo autoritario para imponerle al país un cambio en el paradigma histórico. En la historia oficial, ser vecinos de Estados Unidos dejó de ser causa de lamentaciones para convertirse en motivo de celebraciones.

En esta historia persiste un hoyo negro gigantesco: la incapacidad de entender que tras el nacimiento y fortalecimiento del crimen organizado están las acciones y omisiones de los dos países. No hacerlo ha provocado que sea una variable que de cuando en cuando sacude la relación. La evidencia está a la vista: la Operación Intercepción de 1969, el asesinato de Enrique Camarena (agente de la DEA) en 1985 y el año y medio de insultos proferidos contra México por Donald Trump.

¿Qué hacer? Estoy terminando un libro que compara la historia de las mafias estadunidenses y los cárteles mexicanos. Retomo algunas conclusiones de esa obra para sustentar el razonamiento formulado en este texto: 1) en ambos países las élites han hecho todo lo posible por negar al crimen organizado, 2) lo reconocieron por una mezcla de hechos escandalosos y por el esfuerzo de algunos funcionarios, académicos y periodistas, y 3) en las estrategias aplicadas ninguno asume a plenitud la naturaleza binacional (y regional) de la amenaza.

Estados Unidos negó que hubiera mafias desde 1920 hasta 1957, cuando se hizo pública la fallida cumbre mafiosa de Appalachian, Nueva York. Vino una larga etapa de búsqueda y en 1970 el Congreso aprobó las Leyes RICO y en 1986 se dictó sentencia en el macrojuicio de los capos de las cinco familias neoyorquinas. La política de descabezar y fragmentar a las familias fue relativamente exitosa porque estaba pensada para la institucionalidad estadunidense. Fue un error que transformaran su experiencia en la estrategia para toda la región. En México esa política ha sido un fracaso.

Miguel de la Madrid fue el primer presidente mexicano en declarar en 1987 que la principal amenaza a la seguridad era el narcotráfico. Era una medida obligada después de que se descubriera la protección que daban las policías mexicanas al Cártel de Guadalajara que ejecutó a Enrique Camarena en 1985. Los tres presidentes que siguieron se esmeraron en las declaraciones sin reconocer la gravedad del problema ni desarrollar una política adecuada para la magnitud de la amenaza.

Felipe Calderón Hinojosa (2006-2012) lanzó a las fuerzas armadas –última reserva de institucionalidad de un Estado deshilachado– a combatir a un enemigo que desconocía. La audacia con ignorancia provocó un baño de sangre y facilitó el aumento del poder de los cárteles. La estrategia gubernamental ha mejorado, pero sigue teniendo graves carencias: trata con indiferencia a las víctimas del conflicto y es incapaz de exigirle a Estados Unidos que asuma a plenitud la corresponsabilidad. No es ni integral ni regional.

Si los gobernantes no quieren o no pueden, corresponde a la sociedad exigirles que revisen a fondo estrategias y políticas. Es un problema enorme que involucra dimensiones altamente sensibles de la vida de los dos países. Si tomamos en cuenta la historia, el punto de partida debe ser cambiar el horizonte máximo de comprensión de las élites para de ahí pasar a las sociedades. El objetivo es que asuman a plenitud la corresponsabilidad.

Hay varias instituciones que pueden jugar un papel relevante. Menciono, a manera de ejemplo, el Mexico Institute del Woodrow Wilson Center for International Scholars. Fue creado en 2003 y en 2007 me invitaron a ser parte de su consejo. Los 10 años que he participado en el ejercicio me han permitido tener una visión razonable sobre las fortalezas y debilidades de ese organismo binacional.

Sus mayores virtudes son la pluralidad de su membresía, la flexibilidad de su enfoque y membresía y el acceso a los círculos de toma de decisión en los dos países. Es capaz de relacionarse y sentar a la mesa a figuras representativas de la política, la economía y la sociedad para discutir los temas más álgidos de la relación o de las realidades de cada país. Sesiona cada semestre: una vez en Washington, otra en la Ciudad de México. Tiene una presidencia igualmente binacional (en estos momentos, José Antonio Fernández Carbajal y Roger R. Wallace). Es también uno de los sitios preferidos para que los defensores del régimen y sus críticos presenten sus puntos de vista en Washington.

Hay otras instituciones que pueden jugar un papel fundamental en convocatorias binacionales. Esté quien esté en la Casa Blanca o en Los Pinos el crimen organizado seguirá siendo la principal amenaza para los dos países. La mejor apuesta es ampliar el horizonte máximo de la comprensión para combatir los escotomas, los hoyos negros, que impiden asumir lo obvio: la corresponsabilidad de los dos países. En lugar de responsabilizar al “otro”, profundicemos en desentrañar pasado, presente y futuro de un cáncer que se gestó en Estados Unidos y se expandió por la Cuenca del Caribe. México es por ahora el epicentro temporal de un problema que seguirá existiendo y desplazándose por esta parte del mundo. Lo frenaremos cuando aceptemos su existencia y entendamos que es un problema binacional. Así de simple y de complicado.

1 Una versión de este texto fue publicada en The Wilson Quarterly (primavera de 2017), The Woodrow Wilson Center for International Scholars. .mp/2rRzqif