Ante el repliegue del Estado Islámico, los “aliados” atizan sus diferencias

El martes 4, mientras entre 200 y 300 combatientes del Estado Islámico (EI) se atrincheraban en las últimas manzanas de Mosul aún en su poder, en la ciudad siria de Raqqa, que los yijadistas proclamaron su capital en 2014, tropas kurdas y árabes, apoyadas por fuerzas especiales de Estados Unidos, se abrían paso hacia el casco antiguo, a través de dos brechas en la muralla medieval, abiertas por los intensos bombardeos de la aviación estadunidense.

El EI ha tratado de resistir atrincherándose entre los civiles e impidiéndoles huir, y se estima que todavía retiene a entre 50 mil y 150 mil personas en Mosul y unas 100 mil en Raqqa, donde cuenta con unos 2 mil 500 militantes armados. Decenas de miles de personas han abandonado sus hogares y muchas más han perecido en los combates.

Sin embargo, líderes globales y regionales –sobre todo Donald Trump– se apresuran a atribuirse el mérito de la derrota del autoproclamado “califato” de Abu Bakr al Baghdadi.

Y una cumbre celebrada el miércoles 5 en Astaná, Kazajistán, y filtraciones de una reunión entre el secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, y el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, han servido para sugerir que se abren vías para la pacificación de Siria e Irak.

Pero los hechos indican lo contrario: en Astaná, rusos, iraníes y turcos (que gozan de gran influencia en Siria y que en estas reuniones han excluido a países como Estados Unidos, Arabia Saudita y Catar) fracasaron en su intento de llegar a un acuerdo para concretar la creación de cuatro “zonas de desescalamiento”, donde regiría un alto al fuego permanente y los civiles podrían hallar refugio seguro, y desde las cuales se podría seguir “desescalando” la violencia en las áreas contiguas.

Los desacuerdos se hacen más profundos en la medida en que las organizaciones kurdas de Irak y de Siria salen política, militar y territorialmente reforzadas, y expresan sus aspiraciones de establecer un Estado independiente.

Confusiones “trumpeanas” 

El factor con mayor potencial de sacudir el tablero, sin embargo, habita la Casa Blanca.

El martes 4 Tillerson recibió a Guterres en el Departamento de Estado. Según tres fuentes diplomáticas conectadas con el intercambio, que cita sin dar nombres la revista Foreign Policy, el estadunidense le habría dicho al portugués que los destinos de Siria y de su presidente, Bashar al Assad (cuya renuncia o derrocamiento había reclamado Washington desde 2011), quedaban en manos del presidente ruso, Vladimir Putin, pues Estados Unidos sólo tiene “objetivos tácticos limitados”, como “disuadir del uso de armas químicas y proteger” a sus fuerzas aliadas en el combate al EI, y “no debilitar al gobierno de Assad o fortalecer la capacidad negociadora de la oposición”.

Esto causó confusión, como ya es costumbre en la era de Trump, acerca de cuáles son las verdaderas intenciones de Estados Unidos. Sobre el terreno, su ejército acaba de colocar a 400 soldados de tropas especiales, además de los 500 que ya había.

Y el 18 de junio las fuerzas estadunidenses hicieron lo que no se habían atrevido a hacer durante la presidencia de Barack Obama: derribar un avión del ejército sirio (además de tirar un dron iraní el 20 de junio), lo que fue respondido con amenazas rusas de derribar cualquier aeronave de la coalición que se aventure al este del Éufrates.

Mientras esto ocurre en el norte de Siria, en el sureste hay una carrera entre milicias apoyadas por Washington y otras con el respaldo de Moscú y Teherán, para controlar el cruce fronterizo de Al Tanf/Al Waleed. Por ahí pasa la carretera número 2, que comunica directamente a las capitales siria e iraquí y que tiene un valor estratégico fundamental en el esfuerzo de Irán por asegurarse una conexión sin obstáculos hasta Beirut, en Líbano, donde opera Hezbollah, su milicia aliada: es lo que los analistas denominan el “arco creciente chiita”, una pesadilla para sus enemigos sunitas en Arabia Saudita y para el gobierno Trump.

Oleada silenciosa 

En Estados Unidos, especialistas en Medio Oriente publican artículos preguntándose a dónde va llevar una política sobre la que el presidente y sus secretarios dan señales contradictorias, y que en el terreno no parecen conducir los diplomáticos, sino los generales.

Además señalan que en su país se acostumbra debatir sobre las guerras en las que intervienen, pero que en esta ocasión es al revés, pues se trata de una “oleada silenciosa” (silent surge) de fuerzas estadunidenses en Irak, Siria, Yemen y Somalia, como la describió John Podesta, consejero de los presidentes Bill Clinton y Barack Obama, y jefe de la campaña de Hillary Clinton, en un artículo publicado el 20 de junio en The Washington Post.

Max Fisher y Amanda Taub, analistas de The New York Times, identifican seis objetivos básicos de Estados Unidos en Siria: destruir al Estado Islámico; acabar con otros grupos extremistas, como las filiales de Al Qaeda, que también combaten al EI; debilitar al gobierno sirio para que flexibilice sus posiciones en las negociaciones de paz; desescalar el conflicto para aliviar la crisis de refugiados; reducir la influencia rusa e iraní en Siria; y conseguir la ayuda de Rusia y Siria para acabar la guerra.

Son muchas metas y algunas son contradictorias, admiten Fisher y Taub, pero “más que una acumulación de deseos”, una política es “una articulación de prioridades. Lo que nos trae una pregunta sin respuesta: ¿Cuál es el objetivo principal de la política de Estados Unidos en Siria?”.

Hasta donde se sabe, no se ha definido. Y en el papel quien está a cargo de aplicar esta política es Jared Kushner, el enviado especial a Medio Oriente: se trata del esposo de Ivanka Trump, un joven empresario que jamás se había parado por ahí, carece de experiencia en relaciones internacionales y, como el canciller mexicano, va a aprender.

Pero su mesabanco es un polvorín. Ni siquiera puede dar por muerto al EI: si bien al caer Mosul y Raqqa esta organización perderá gran parte del atractivo que le daba gobernar sobre un amplio territorio y miles de súbditos, y volverá a ser una organización guerrillera, es improbable que deje de golpear con dureza. Un informe de junio del Centro para el Combate al Terrorismo, ubicado en West Point, detectó cientos de ataques yijadistas en áreas de donde habían sido expulsados, pues en las ciudades “liberadas” se mantienen células durmientes. Eso no se va a acabar.

En general, sostiene Podesta, “no está claro que la administración Trump haya meditado a cabalidad sobre qué cosas podrían salir mal”. Entre tantas, un solo ejemplo sería “resbalar hacia una guerra directa con Irán”.