Pese a la beligerancia declarativa del Donald Trump candidato, que hacía más que evidente su islamofobia, el ahora presidente ha dado un vuelco: después de una gira en mayo por los países árabes, compró completa la versión de Arabia Saudita demonizando a Catar. El empresario metido a político tuiteó entonces su nuevo odio contra ese país, ignorando que Catar siempre ha sido aliado incondicional de Washington. La diplomacia estadunidense está alarmada, pues tales declaraciones rompen el de por sí endeble equilibrio en la zona, orillarán al pequeño emirato gasero a buscar alianzas con Irán, y la voluntad intervencionista de Moscú se avivará.
Al intervenir en la grave crisis interna entre los países del Consejo de Cooperación del Golfo, el presidente estadunidense Donald Trump se pareció más a Barack Obama, por su prudencia y moderación, que a sí mismo: el lunes 3 llamó por separado al rey Salman de Arabia Saudita; al príncipe heredero de Abu Dabi, Mohamed bin Zayed al Nahyan, y al emir de Catar, jeque Tamim bin Hamad al Thani; y el miércoles 5, al presidente egipcio, general Abdel Fattah al Sisi. A todos les habló de la importancia de la unidad en el combate al terrorismo.
No recordaba al Trump en campaña electoral de 2016, el que anunció una ofensiva política contra los musulmanes y apoyo total a Israel, al grado de adelantar que rompería un viejo tabú diplomático al trasladar la embajada estadunidense de Tel Aviv a Jerusalén.
Pero esta disimilitud tiene antecedentes: cuando viajó a Medio Oriente, en mayo, parecería haber prometido lo contrario: en Arabia Saudita firmó el mayor contrato de venta de armas de la historia, por 110 mil millones de dólares, y en Israel no llegó a algún avance significativo.
Los israelíes lo trataron con la deferencia que le conceden a cualquier presidente de Estados Unidos, lo mismo a Obama que a los Bush o Clinton. Los sauditas, en cambio, lo agasajaron como a los reyes, lo rodearon de príncipes y de los líderes de 55 países islámicos y lo hicieron sentir como sultán. Le explicaron, además, los conflictos regionales en su propia versión.
Y en ese momento, a sus anfitriones, Trump les compró cada letra, punto y coma de la historia. Según Wadaj Janfar, exdirector de la influyente cadena televisiva Al Jazeera, propiedad del emir de Catar, el inicio del conflicto está ahí: “La situación explotó con la visita de Trump a Arabia Saudita”, denunció en un encuentro con periodistas en Madrid, el martes 4. “En ella, el presidente dio luz verde a Arabia Saudita y sus aliados para manejar la región y eso se consigue bloqueando Catar”.
Actuar sin saber nada
La crisis comenzó un mes antes, después de que Trump se marchara de la región. El 5 de junio los sauditas, los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Baréin y Egipto sorprendieron al establecer un bloqueo aéreo, terrestre y marítimo sobre Catar, e imponerle un ultimátum, con movimientos que hacen temer un conflicto armado.
Desde la cuenta de Twitter @RealDonaldTrump, el empresario metido a político no se parecía ni al Trump en campaña ni al que este mes tuvo que actuar como si fuera un estadista: en ese momento no sólo les dio un apoyo inmediato, que replicaba la visión saudita de las cosas, sino que se robó el crédito de la operación:
“Qué bueno es ver que la visita a Arabia Saudita con el rey y 50 países ya está rindiendo frutos. Dijeron que tomarían una actitud dura sobre el financiamiento al extremismo, y toda referencia apuntaba a Catar. ¡Quizás éste será el principio del fin del horror del terrorismo!”
Alrededor del mundo, los diplomáticos y los analistas saltaron a preguntarse qué sabía Trump en realidad sobre estos países: Catar ha sido un sólido aliado de Estados Unidos durante décadas, que prestó su suelo para dirigir las operaciones clave de las dos invasiones a Irak en 1991 y 2003 y que alberga la base militar de Al Udeid, la más importante en la zona, sede del Comando Central del Ejército estadunidense y centro de operaciones aéreas para Siria, Irak, Yemen y Afganistán, con 10 mil soldados.
Por su lado, los EAU y Arabia Saudita han recibidos tantos o más señalamientos que Catar por financiar a organizaciones consideradas terroristas en Siria, Libia, Irak y otros lugares. En la memoria de Nueva York no se pierde el hecho de que los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron cometidos por sauditas, no por cataríes.
El 6 de junio, mientras Trump se dedicaba a otros asuntos, los departamentos de Estado y de Defensa se dedicaban a tratar de deshacer los entuertos creados por el presidente, aunque fuera necesario contradecirlo.
El vocero del Pentágono, Jeff Davis, declaró que Catar “es el anfitrión de nuestra muy importante base de Al Udeid”. La del Departamento de Estado, Heather Nauert, fue más directa: “Reconocemos que Catar continúa esforzándose para detener el financiamiento de grupos terroristas”. La embajadora Dana Shell Smith tuiteó, vía la cuenta oficial @USAmbQatar, que “#Catar es un fuerte socio en combatir el financiamiento terrorista y seguiremos trabajando juntos”, y finalmente renunció al puesto.
El problema no era grave sólo porque el apoyo explícito de Trump a la operación de los sauditas y sus aliados ponía en peligro las relaciones con Catar, empujándolo a acercarse a Irán.
Lo más complicado era que el presidente estadunidense, acaso sin quererlo, por desconocer los intrincados códigos de la diplomacia internacional, parece haber propiciado esta abrupta y peligrosa alteración del ambiente en una de las regiones más explosivas del mundo: al asumir en público y en privado el relato saudita de la situación, sus monárquicos anfitriones se habrían sentido con permiso e incluso alentados a tomar medidas tan agresivas como inesperadas.
Mismas medidas que el establishment diplomático estadunidense ni deseaba ni aprueba, por su grave impacto en la línea de flotación de los equilibrios de poder y de la estabilidad regional. Pero el daño estaba hecho y, a base de tuits y declaraciones, los burócratas de Washington no pudieron regresar el tiempo ni neutralizar los hechos consumados.
Lucha por la supremacía
La vieja y de alguna forma simple división de Medio Oriente en dos bloques enemigos, el israelí y el árabe, empezó a convertirse en historia pasada con los acuerdos de Campo David de 1978, con los que Estados Unidos garantizó la cooperación entre Israel y Egipto a base de cañonazos de dólares: mil 300 millones cada año para El Cairo y 2 mil para Tel Aviv. Siempre y cuando los invirtieran en compra de armamento a compañías estadunidenses.
Desde entonces la lucha de los palestinos contra la ocupación empezó a perder importancia en la medida en que las naciones que solían apoyarla fueron cambiando de prioridades.
Viejas potencias regionales venidas a menos, Turquía e Irán, empezaron a recuperar sus capacidades y ambiciones; las demandas del pueblo kurdo por un Estado propio ganaron presencia; Catar utilizó su creciente capacidad económica para buscar influencia propia, rebelándose ante la hegemonía saudita en la península arábiga; y los israelíes y saudiárabes, que solían ser enemigos declarados, identificaron el emergente poderío iraní como la amenaza principal, común y más urgente.
En el ámbito de las potencias mundiales, el debilitamiento percibido de la fuerza y la determinación de Washington ha sido acompañado de una mayor voluntad intervencionista de Moscú, lo que también tiene un impacto en los equilibrios.
La guerra en Siria, que empezó en 2011, y la ofensiva relámpago con la que la organización autodenominada Estado Islámico (EI) conquistó parte de ese país y de Irak en 2014, tomando las ciudades de Raqqa (capital de lo que llaman “califato”) y Mosul, creó una situación de urgencia que obligó a todas las partes en conflicto a cooperar para derrotarla.
Tres años más tarde Mosul ha sido prácticamente recuperada por el gobierno iraquí, Raqqa está bajo asedio y las tropas del EI pierden terreno (en compensación, sus simpatizantes se han vuelto muy activos cometiendo atentados en otros países).
La sensación de que la emergencia desaparece está volviendo a poner las rivalidades y enemistades en el primer sitio de todas las agendas. De manera destacada, la de Riad, capital saudita, y Teherán, la iraní: aunque tiene fuentes milenarias, desde que las sectas chiita y sunita del Islam se enfrentaron a muerte en el siglo VIII, muchos analistas la ven como una clásica lucha por la primacía en la región y entre los países musulmanes. Por la que también trata de competir la República de Turquía, cuyo presidente, Recep Tayyip Erdogan, es llamado “sultán” por sus simpatizantes.
Para sus ambiciones, los sauditas cuentan con mantener la hegemonía sobre los países más pequeños de la Península Arábiga, que se estructuran a través del Consejo de Cooperación del Golfo.
El emirato de Catar, sin embargo, se ha desmarcado de este control y ha desarrollado una política exterior independiente y a veces contraria a la de Arabia Saudita: aunque es muy pequeño (tiene 313 mil habitantes nativos y 2 millones 300 mil extranjeros), los emires aprovechan las inmensas riquezas que les dan sus reservas de gas, las terceras más grandes del mundo, para comprar influencia de poder suave a través de los deportes (están en riesgo de perder la Copa Mundial de Futbol de 2022 por haber sobornado a países para ganar sus votos en la FIFA) y la televisión (la influyente cadena Al Jazeera), y también duro, financiando grupos civiles y armados de inspiración religiosa extremista en Siria y otros países.
Es lo mismo que hacen los sauditas y los emiratíes. Pero sus clientes son distintos: Catar apoya, por ejemplo, a la poderosa organización Hermanos Musulmanes, que fue derrocada y aplastada en Egipto en 2013 por el sangriento golpe militar que dio el actual presidente, y que es crítica de la monarquía saudita; también respalda al grupo palestino Hamas, dominante en la Franja de Gaza y que ha perdido la simpatía de los saudiárabes.
Arabia Saudita, los EAU y Catar coincidían en un esfuerzo militar conjunto en Yemen, donde sus tropas combaten contra las milicias de la tribu houthi, de la secta chiita. Pero el pequeño emirato fue expulsado de la coalición el mismo día en que fue declarado el bloqueo en su contra.
Su máximo pecado, según parece, es que en su afán de mantener su independencia, Catar se ha negado a asumir la línea dura contra Irán que exigen los sauditas; para éstos, es indispensable garantizar la disciplina en sus filas ante el enemigo.
Emirato aislado
El bloqueo impuesto a Catar, que es una península del tamaño del estado mexicano de Querétaro, significa el cierre de la única carretera que lo une al continente a través de Arabia Saudita; que los barcos que lleven su bandera y cualquier nave que provenga o se dirija a sus puertos no pueden atracar en los de Saudiarabia, los EAU, Baréin y Egipto, como solían hacer casi todos; y lo mismo ocurre con los aviones en los aeropuertos, además de que tampoco pueden entrar en los espacios aéreos de esos países.
En consecuencia, todo el comercio debe buscar rutas más largas y complicadas, incluidos el gas, del que dependen las economías de otras naciones, y los alimentos, que necesita la población catarí: en un país que es 99% desierto, prácticamente todo lo que comen tiene que ser importado. Hasta ahora, 40% provenía de Arabia Saudita y en adelante será necesario adquirirlo en otros sitios. Además, decenas de miles de personas que vivían como expatriadas en los países en conflicto están viendo sus vidas –y sus familias– destruidas: cataríes en el exterior y extranjeros en Catar.
Tres días después de sus tuits de apoyo al embargo, Trump volvió a afirmar en público que “históricamente Catar ha financiado al terrorismo en un nivel muy alto”. Después se calló.
El 15 de junio Estados Unidos firmó un contrato para venderle 36 aviones de combate F-15 a Catar, por 12 mil millones de dólares. El 20, el Departamento de Estado emitió un comunicado oficial que llamó la atención por la firmeza con la que le daba la vuelta a la posición que había establecido Trump: “Nos preguntamos si las acciones fueron realmente al respecto del supuesto apoyo de Catar al terrorismo o tienen que ver con las viejas discrepancias entre los países del Consejo de Cooperación del Golfo”.
Una lista de 13 demandas presentadas por los sauditas y sus aliados el 23 de junio, en la que se le exigía a Catar desligarse de los turcos, cerrar Al Jazeera y otros medios, entregar a enemigos políticos de los sauditas, pagar una suma no especificada por compensaciones y renunciar a una política exterior propia, fue rechazada por los cataríes.
Sus rivales habían establecido un ultimátum, pero cuando venció, no parecían saber qué más hacer. Catar salía reforzado tras un mes de bloqueo, gracias a su riqueza, en tanto que el presidente Trump, enfrentado a la realidad, ahora daba la impresión de preferir que todo esto no hubiera pasado.
Tras reunirse con sus aliados en El Cairo, el miércoles 5, el canciller saudita expresó su indignación porque su ultimátum no fue acatado, confirmó que mantendrían las sanciones y amenazó con “nuevas medidas contra Catar”. Pero no pudo dar fechas. Las impondrán, explicó, “cuando el momento sea apropiado”.








