Acaba de vivir el 25% del electorado nacional una jornada de sufragios. Hubo en ella ciertas lecciones por atender. Deficiencias y malas artes, que parecían ir siendo sepultadas, las vemos de nuevo vivitas y coleando. Y eso es mala noticia. En los jaloneos por esclarecer los resultados verdaderos andan los equipos participantes. Aún no se ha dicho la última palabra. Es pertinente entonces reflexionar y madurar sobre algunos aspectos de lo acontecido.
Se trató de elecciones intermedias en las cuales normalmente se desploma la participación ciudadana. Se esgrime como causa de tal descenso de interés a que no apuntan a la renovación total de los equipos de gobierno. No es elección de peso, se dice. No activan el resorte del estímulo central por conseguir algo. No vale la pena entonces gastar pólvora en zanates. De los seis estados con esta sanfrancia, se notó mayor interés en el Estado de México, aunque sólo se fuera a elegir gobernador, o quizás por eso. En Veracruz se contendió por la renovación de los ayuntamientos. Nayarit y Coahuila presentaron cartilla completa, pero pesan menos que los primeros mencionados. La jornada del Estado de México fue la que despertó mayor interés de seguimiento a la fauna política nacional. Es la que mayores audiencias registra.
Para los propios mexiquenses, a quienes no sólo les rozó la piel sino que les sacudió su humanidad completa, implicó no sólo interés sino definición. A pesar de ello es de notarse el abstencionismo que arrojan las cifras ya computadas. Nos dicen los responsables que apenas concurrió a las urnas un 52% de ese electorado. Es una cifra más que pobre. No se corresponde con el elevado interés que despertó a nivel nacional.
Más bien fue en Coahuila donde sí hubo afluencia masiva. Acudió a las urnas el 60% de los empadronados. ¿Dónde se quedaron entonces los sufragantes del sufrido estado mexiquense, si casi la mitad de ellos no atendió al llamado de las urnas? Se dijo en muchos foros que la jornada mexiquense vendría a ser el indicador clave para el encuentro que tendremos con el PRI en la elección federal del 18. ¿Podemos decir que fue expectativa fallida? ¿No indica nada positivo el hecho de que nuestros paisanos mexiquenses, de cada dos, uno se quedara en casa y no emitiera su sufragio? El abstencionismo elevado nunca será una buena noticia. En este caso particular no lo es. Aunque sí nos revela mucho de la pudrición en que estamos sumergidos.
Otra observación que no ha de pasarse por alto es la del comportamiento de las autoridades electoreras. El IEEM dio la cara apenas cuatro horas después de cerradas las casillas. Fue acuerdo de todos los partidos contendientes que daría las cifras obtenidas por conteo rápido. No sería cuenta final ni tendría carácter definitivo. Tomaría cuentas del muestreo obtenido en mil 800 casillas, el 10% de la contabilidad total. Ese fue el acuerdo. A las 10 de la noche apareció en los monitores el señor Pedro Zamudio, titular de dicho instituto electoral, y nos recetó el tal resultado parcial. Pero lo tomó de mil 300 casillas de las mil 800 acordadas.
Sus números dieron como ganador con ventaja de dos puntos a Del Mazo, candidato del PRI, con una intención del voto que superaba a su contendiente más pesada, Delfina Gómez de Morena. Si apenas se tenían los números del 70% de la muestra ¿Qué obligaba al señor Zamudio a salir a destantear al público nacional, interesado en conocer el derrotero de tales momios?
Lo menos que se puede afirmar de este espectáculo circense es que obedeció a una irresponsabilidad supina. Era obvio que “los beneficiarios” priistas se cogieran de tales cifras y salieran a festinar y soltaran las campanas a vuelo por el triunfo anunciado como inobjetable y contundente. ¿Dónde hemos escuchado antes esta misma cantilena? Una pifia más, de las muchas que estigmatizan a nuestras autoridades electoreras. Esta urgencia por declarar ganador al señorito del PRI se vivió en los mismos términos en Coahuila. Y allá se pintó con pinceles que tiñeron la maniobra como más burda todavía.
Tras estos anuncios de conteo rápido, vinieron las cifras dosificadas que va entregando el PREP. Según esos números, en ambos estados se confirman las cifras de los triunfos para los candidatos del PRI, ya cantados desde antes. El conteo final definitorio se obtiene hasta que se realicen las revisiones distritales. A tales cuentas se atiene el anuncio del ganador oficial. Empero, los primeros mazazos ya fueron dados. En la opinión pública menos avezada corre la impresión de que el partidote, invulnerable desde hace 90 años en esos dos estados, se volvió a salir con la suya. Y ya se sabe que la primera impresión es la que cuenta. Son viejos trucos de mañosísimos coyotes.
Los números finales revertirán o confirmarán los resultados ya rodando. Mas hay trapos sucios que no podrán ocultarse. Es denigrante el retroceso vivido en esta jornada. La intromisión del gobierno estatal y del gobierno federal, sobre todo en el Estado de México, vino a ser palmaria y ofensiva. El PRI volvió a desenmascarar su peor rostro, al que muchos suponían irle desapareciendo. Está claro que sigue siendo un partido de Estado. En Coahuila como en el centro nuestros paisanos enfrentaron una elección de Estado. Es retroceso doloroso.
Más grave aún que los elementos ya señalados de esta catástrofe, resulta observar al equipo mexiquense del PRD, festinando por la obtención de apenas un 18% de los votos emitidos. Es la presencia enclenque de la izquierda mexicana, que llegó a acariciar la posibilidad de desbancar de su bastión al PRI. Más que bastión, el Estado de México es la madriguera de lo peor del tricolor, el adefesio en que devino el antiguo Partido de la Revolución Mexicana.
Cuando empezó nuestra danza
de dizque la transición a la democracia, se entendió que Salinas convenciera a Diego Fernández, a Luis H. Álvarez y a Carlos Castillo Peraza de que no tenía caso que el PAN se siguiera enfrentando al PRI. Si el tricolor había abandonado ya los programas de reivindicación social, ahora gobernaba con los principios del panismo. Llegaron al acuerdo de mantener la pugna de siglas para alternarse los espacios de poder. No fue una traición al panismo tradicional, como lo calificaron muchos, sino la identificación de correligionarios, erróneamente enfrentados. Fue un nuevo abrazo de Acatempan. Así nació el PRIAN.
¿Qué anda haciendo entonces el PRD en tales danzas de alianzas con el PAN, que es la derecha declarada? ¿Ya olvidaron sus próceres que el PRD nació y se desmarcó precisamente del PRI por estos bandazos de Salinas? ¿No estuvo acaso en su origen corregir tal despropósito salinista? A lo que vemos, ya perdieron totalmente la brújula. ¿O de qué otra manera entender que festinen con tanta algarabía que, por sus votos, Morena no pudo tirar al PRI del poder en esta jornada? ¿Tienen la desfachatez de seguirse denominando vertiente política de izquierda y exigir que les identifiquemos como militantes de esta tendencia? Más seriedad señores perredistas, por favor. Vamos a esperar a que se tranquilicen las aguas de los números finales, para saber a qué atenernos.








