A mi admirado y querido Juan Rulfo lo conocí personalmente porque prácticamente fuimos vecinos en el sur de la Ciudad de México. Esto sucedió a finales de los años setenta y principios de los ochenta. Mi esposa Ani, mis hijos Anna Paola, Natalia y Luis Román y yo vivíamos en un departamento de la Avenida Revolución y Rulfo vivía en la colonia Guadalupe Inn. En 1976 me fui a esta metrópoli a realizar mis estudios de posgrado en El Colegio de México y en la UNAM. Mis encuentros con Rulfo eran casuales y platicábamos de cualquier cosa que no fuera política ni literatura. Era un hombre extraordinariamente sencillo, pero profundamente humano en el sentido de que nada le era ajeno de este mundo. Era un verdadero melómano de la música clásica barroca. En alguna ocasión me lo encontré en la extinta librería El Ágora, situada en la Avenida Insurgentes, y le pedí el favor de autografiarme cerca de una docena de sus dos magistrales libros; en algún momento pensé que podría enfadarse pero lo hizo con suma amabilidad y gentileza. Desde entonces guardo una profunda admiración a Rulfo como persona, pues a pesar de su gran fama nunca jamás se comportó, como suele suceder, como una diva literaria. Por supuesto, a Rulfo hay que valorarlo por su obra literaria, pero eso no nos impide valorarlo también como alguien humano, demasiado humano.
Mi admiración por Rulfo también se debe a que él, sin ser un militante revolucionario, tenía una profunda sensibilidad política democrática y clasista. Por ejemplo, él participó directamente en el movimiento del 68: “El 1 de agosto, cuando el rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, encabeza la primera gran marcha, José Revueltas decide participar tanto como le sea posible. El 14 de ese mismo mes se crea un Comité de Intelectuales, Artistas y Escritores, en cuya directiva figuran, entre otros, Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, Manuel Felguérez y, por supuesto, Revueltas” (Proceso 2115). Recuerdo haber visto una fotografía de una gran manifestación del 68 en la que participó Rulfo. Eso era admirable. Pero algo que nos puede conmover de él es, sin duda, la profunda percepción de la explotación de los trabajadores industriales, de la cual fue testigo directo y dio cuenta testimonial de ello.
Juan Rulfo, después de vivir algunos años en Guadalajara, regresó en 1946 a la Ciudad de México para entrar a trabajar en las oficinas de la empresa llantera Goodrich Euzkadi, ese año publicó su cuento “Macario” en la revista América, cuyo director era su gran amigo Efrén Hernández. En la fábrica llantera, ubicada entre las calles de Lago Alberto y Laguna de Mayrán, trabajó hasta 1952, laborando también como vendedor. La cuestión es que su experiencia en la llantera no fue satisfactoria para él, por el contrario, fue una experiencia muy ingrata en la que como supervisor de producción se dio cuenta de las terribles condiciones laborales de estos trabajadores que pertenecían al Sindicato Nacional Revolucionario de Trabajadores de Euzkadi (SNRTE). En una de sus cartas a su entonces prometida Clara Aparicio, Rulfo escribió: “Mayecita: ellos no pueden ver el cielo. Viven sumidos en la sombra, hecha más oscura por el humo. Viven ennegrecidos durante ocho horas, por el día o por la noche, constantemente, como si no existiera el sol ni nubes en el cielo para que ellos las vean, ni aire limpio para que ellos lo sientan. Siempre así e incansablemente, como si sólo el día de su muerte pensaran descansar. Te estoy platicando lo que pasa con los obreros de esta fábrica, llena de humo y de olor a hule crudo. Y quieren que todavía uno los vigile, como si fuera poca la vigilancia en que los tienen unas máquinas que no conocen la paz de la respiración. Por eso creo que no resistiré mucho tiempo ser esa especie de capataz que quieren que yo sea”. Al poco tiempo se convirtió en agente vendedor de la compañía, lo cual le permitió recorrer por carretera una parte de la geografía nacional y sus poblados en los que incursionó con su labor fotográfica.
Es obvio que el tema sobre la muerte era una constante en su obra y también en su pensamiento. De la misma manera podemos imaginarnos el universo rulfiano de los muertos vivientes o los vivos muertos como aquellos trabajadores “sumidos en la sombra” muy oscura, cual densa neblina que les impide ver el sol y las nubes. Rulfo también escribió lo siguiente: “A veces pienso que el diablo es más benigno que los hombres, porque al menos sabemos que todo lo que puede ser bueno lo quita, pero los hombres, creyendo que están dando algo, aparentando estar dando algo, nos quitan lo mejor que tenemos. Eso pasa con los señores de la Euzkadi, creen que el pan y la leche que comemos vale más, mucho más caro, que la pobre tranquilidad que estamos necesitando, y sobre esto están exigiendo más cada día, como si uno les perteneciera por entero, como si uno fuera la masa con que amasan sus negocios. Me dan ganas de decir muchas barbaridades en contra de ellos, por todo el mal que le han hecho a uno por la sacrosanta utilidad de la industria, que todo lo que nos hace ganar es perdiendo el poco valor humano que nos quedaba y que habíamos defendido tanto”.
Rulfo jamás se imaginó lo que sucedería con los trabajadores llanteros de aquella factoría, la cual cerró sus puertas a principios de los años noventa. La producción llantera se había trasladado a principios de los años ochenta a la nueva planta localizada en el municipio de El Salto, Jalisco. De la antigua marca sólo quedaba el nombre de Euzkadi pero la tradición sindical combativa clasista permanecía inalterada. En diciembre de 2001, ya en propiedad de la trasnacional alemana Continental Tire, la empresa decidió cerrar arbitraria e ilegalmente la planta, arrojando a la calle a mil 164 trabajadores, quienes realizaron una épica huelga de mil 142 días. La huelga fue un triunfo para los trabajadores, pues convirtieron la empresa en una cooperativa exitosa al día de hoy. Seguramente el propio Rulfo estaría hoy muy orgulloso de estos trabajadores, quienes con su ardua lucha desvanecieron la densa neblina de la explotación. De ello da testimonio fidedigno el libro Ellos sí pudieron mirar al cielo, cuyo autor es Enrique Gómez Delgado, asesor político del entonces sindicato y hoy de la cooperativa Trabajadores Democráticos de Occidente (Tradoc). El libro narra la historia de la victoria obrera y la constitución de la cooperativa que sigue siendo ejemplo nacional e internacional de solidaridad clasista por un sindicalismo democrático e independiente, tan necesario en estos días aciagos neoliberales.








