“Un día seremos grandes”

Tres hermanos han sido abandonados por sus padres y se encuentran solos en un departamento, en el cual sus relaciones, miedos y conflictos se presentan ante la disyuntiva de qué hacer: dejar que regresen, rechazarlos, aceptar lo que están viviendo o negarlo rotundamente.

Un día seremos grandes, de Lisa Carrión, es una obra cruda que se emparenta a La noche de los asesinos del cubano José Triana, escrita a mediados de los sesenta. Muchos son sus puntos en común y también muchas sus diferencias, pero ponen en evidencia la descomposición familiar. Si bien en La noche de los asesinos los tres hermanos juegan a matar a sus padres, en Un día seremos grandes los hermanos se defienden del abandono. Unos no lo admiten y otros buscan justificar su ausencia. Hacen alianzas o se atacan entre ellos. Pelean el amor de los padres, viven los celos de quién es al que quieren más o quién ha sido el favorito del padre o la madre. Finalmente, mal que bien, se unen para enfrentar la presencia de una trabajadora social que los cuestiona.

Rafael y Ximena se hacen cómplices revelando sutilmente una relación incestuosa que no prospera pero que sí polariza la hermandad. Rebeca anhela salir de ahí, obtener una beca e irse muy lejos, a pesar de que los hermanos mantienen el pacto implícito de no separarse nunca. Ximena tratará de obstaculizar que Rebeca logre su objetivo y la debilidad de Rafael le impedirá tomar cartas en el asunto. Rebeca atenta contra su cuerpo haciendo cortes en su brazo con un cuchillo, Ximena miente y manipula la situación, mientras que Rafael, como veleta, busca refugio.

Las relaciones entre los hermanos están muy bien planteadas por la autora, la cual inserta el detonante de la visita de Caridad trayendo una orden judicial en contra del padre. Aun cuando es innecesario marcar este giro con un intermedio –ya que la obra bien podría estar contenida en un solo acto–, la presencia de esta mujer permite que la dinámica se modifique y que los hermanos, desde su inocencia y perversidad, traten de dar soluciones. El final es precipitado y un tanto a la fuerza, pero no deja de ser impactante.

La dirección de Anna Salas –también productora junto con Rodolfo Ortega– es ágil y eficaz, aunque su mayor debilidad está en la dirección de actores. Mariana Sanme como Rebeca, Damián Ruiz Curcó como Rafael y Natalia Ortega como Ximena son débiles en su interpretación. Su trabajo es todavía incipiente, y poco hay de profundidad y complejidad en el personaje que cada uno interpreta. El espectador no logra contactar emocionalmente con los conflictos internos que están viviendo.

La estética del cómic de Un día seremos grandes crea un espacio atractivo. Diseñado por Emilio Iturbe-Kennedy y la directora Anna Salas, nos coloca frente a un juego, como si subrayara la caricatura de la realidad. Se complementa con el video de Rodrigo Meyemberg, proyectado en un rectángulo como si fuera la vista que proporciona una ventana. Ahí también leemos los mensajes, los emoticones y los comentarios que los protagonistas se escriben entre sí y que poco a poco el espectador va armando como un todo.

Un día seremos grandes, que se presenta en el Teatro de la Capilla los viernes, es una propuesta con fuerza y que se sostiene por los conceptos que maneja, invitándonos a reflexionar alrededor de la soledad de los adolescentes y las herramientas que van construyendo para defenderse