En la segunda mitad del siglo XVIII, durante el reinado de Luis XVI, lucía en la corte francesa y prácticamente en todas las de Europa, una pequeña orquesta compuesta en mucho por músicos masones pertenecientes a la Logia Olímpica, razón por la cual adoptó el nombre de Concert de la Loge Olympique.
Obtuvo un gran prestigio y desapareció de la escena musical después de la Revolución. Hace apenas dos años, el violinista galo Julien Chauvin retomó el nombre y conjuntó una nueva que, con instrumentos de la época, se aplica a revivir antiguas glorias. A México llegó acompañando al contratenor más destacado del momento en el mundo, Philippe Jaroussky, con el cual ofreció un único concierto que estuvo a reventar en Bellas Artes.
Artista fuera de serie, Jaroussky es sin duda un “super star,” y su presencia no sólo llena las salas sino es garantía de que se escuchará algo diferente y fuera de lo común, tal como aconteció en un programa integrado exclusivamente por obras de un compositor que le es particularmente grato, Georg Friedrich Händel. Esta elección nos complació mucho a muchos, ya que es más acorde a su voz, pues el año pasado durante su primera visita no nos concedió, dado que interpretó a autores básicamente del siglo XX.
Esta vez pudimos escuchar una selección de recitativos y arias de óperas que para nada son recurrentes en nuestros conjuntos ni solistas: “Son pur felice y Bel contento”, “Privarmi ancora” y “Rompo i Lacci” de Flavio, “Son stanco y deggio moriré, oh stelle” de Siroe, “Se potessero i sospir miei” de Imeneo, “Viene d’empieta y Vile, se mi dai norte” y “Ombra cara” de Radamisto, “Chi mi chiama alla gloria” y “Se parla nel mio cor” de Giustino, e “Inumano fratel” y “Stille amare” de Tolomeo.
Por su parte, Le Concert de la Loge, a más del acompañamiento respectivo en estas obras, tocó por sí sola la “Obertura” de Radamisto, dos espléndidas piezas, el Concerto grosso en sol menor, opus 6 número 1, y una hermosa selección de la más famosa de sus composiciones, Música acuática.
El concierto estaba ya redondeado, la orquesta que toca sin director en el pódium había dejado clara constancia de lo que un grupo de auténticos profesionales comprometidos y gozosos pueden lograr en apenas un poco más de un año, y el cantante igualmente había refrendado el porqué de su prestigio. Sin embargo, fue en los encores que generosamente ofreció donde la audición alcanzó la categoría de excelencia y de inolvidable, cuando el contratenor y más que eso, sopranino, nos acercara como nunca a lo que debió ser el canto maravilloso de los castrati al interpretar, también de don Jorge Federico por supuesto, “Lascia ch’ io pianga y ombra mai fu” que fueron una auténtica apoteosis.








